Durante la década del ochenta y parte de los noventa desarrollé un proyecto de investigación que se vio plasmado en una obra en dos tomos, (Bonantini C., (1994, 1996) Educación y Sociedad. Historia social de la educación media argentina. Tomos 1 y 2 UNR Editora, Rosario.) en la que realicé un estudio comparativo entre el desarrollo económico social de Argentina y las diferentes propuestas educativas.
De la investigación surgió que no existe una correspondencia absoluta entre los momentos socio-históricos y las propuestas educativas, situación que denominé relaciones de interdependencia y asimetría.
La educación fue un tema central desde los orígenes de la nacionalidad y a lo largo de nuestra historia se desarrollaron diferentes proyectos educativos. Han existido notables proyectos, como los de Sarmiento y Alberdi, que buscaban el desarrollo de los hábitos industriosos en un momento en que la industria en Argentina era casi inexistente.
También, es un dato importante, el hecho de ser la educación considerada a lo largo de estos años, como un motor de igualación social.
Tuvimos un Congreso Pedagógico a fines del siglo XIX impulsado por Sarmiento y presidido por Onésimo Leguizamón que fue capaz de debatir la educación y elaborar la ley 1420 de educación universal, laica y gratuita, ley señera en América Latina y tal vez en el mundo.
Cuando en 1993 terminé el proyecto y me reorienté a otros temas, en Argentina el 27% de la población se encontraba en algún punto del sistema educativo formal. Con tasas de analfabetismo muy bajas (no eran superiores al 3%) Argentina constituía junto a Cuba, Uruguay y Costa Rica los países con mayor nivel de alfabetización de América Latina.
Otro dato importante está determinado por las características estables (podría decirse de inmovilidad) de las curriculas de formación en nuestro país. Solo a modo de ejemplo, la currícula de formación de bachilleres prácticamente no sufrió modificaciones entre 1863 año de la fundación del Colegio Nacional de Bs. As y la década del 70 en el siglo XX cuando empezaron a realizarse cambios.
Es que el desarrollo de la ciencia y la tecnología tenían largo tiempos.
Después de la segunda guerra mundial, los desarrollos tecnológicos fueron cada vez más acelerados, de manera tal que las tecnologías de uso frecuente comenzaron a acortar sus tiempos de vida. Por dar un ejemplo, el sistema de discos de pasta tuvo una duración de más de 70 años, su sucesor no tuvo tanta suerte, poco más de una década.
En la actualidad hemos ingresado en lo que muchos estudiosos denominan la era exponencial, es decir, los cambios tecnológicos se aceleran cada vez más y las
tecnologías de uso frecuente duran cada vez menos.
Este dato es muy importante porque los cambios científicos y tecnológicos impactan en forma directa sobre el mercado de trabajo y las demandas educativas que interpelan a la educación.
Muchos empleos que parecían eternos, hoy son inexistentes, por ejemplo, los fabricantes de sulkys ya no existen, los artesanos que realizaban los relieves de los edificios tampoco, más cercano a nuestros días, están desapareciendo lo letristas y cartelistas y podríamos citar muchos más, el detalle es que estas ocupaciones eran, en muchas oportunidades, heredadas por los hijos y constituían tradiciones familiares que perduraron a lo largo del siglo XX, en cambio, las profesiones que hoy existen y las que están apareciendo tendrán mucho menos suerte, y por lo tanto una vida más corta.
Según los expertos, de las profesiones que hoy existen en menos de 50 años, muchas habrán desaparecido, se calcula que alrededor del 80% las profesiones actuales dejarán de existir.
La característica de la sociedad exponencial es que los cambios son tan vertiginosos que resulta muy difícil al actor poder introyectarlos, se trata de una sociedad de cambios violentos, que se complejiza a cada momento y cuyo signo es la incerteza.
Mientras que en las cómodas sociedades pastoriles e industriales de los siglos XVIII, XIX y XX podíamos planificar nuestras vidas con horizontes de visibilidad de 50 o 60 años, hoy ello ya no es posible y por lo tanto necesitamos ir transformando nuestro expertis al ritmo de la sociedad.
A comienzos del siglo XX un obrero solo necesitaba para poder trabajar algún conocimiento de lecto-escritura (no determinante) conocimientos rudimentarios de las operaciones matemáticas y algún que otro conocimiento cultural (conocer la letra del himno, por ejemplo), en la actualidad el mismo trabajador no podría conseguir empleo y necesita para poder desempeñarse en la producción conocimientos de computación, si es posible de idiomas, conocimientos de tecnologías automatizadas y conocimientos culturales más amplios.
Esta situación es de suma importancia a la hora de pensar la educación en Argentina, dado que es frecuente que los diferentes gobiernos hablen mucho de educación y hagan poco por ella.
En primer lugar, es necesario cambiar la matriz neoliberal que piensa a la educación como un gasto y no como una inversión, la educación junto a la ciencia y la tecnología son las inversiones más importantes que puede realizar un país que pretende crecer y ubicarse entre los más desarrollados, es por ello que nunca existirá un presupuesto adecuado en educación, ciencia y tecnología, siempre se requerirá más.
En segundo lugar, es necesario pensar que se entiende por educación y por calidad de educación.
Si se observan los discursos de los políticos y funcionarios en el área de educación, necesariamente uno tiene que colegir que la calidad de la educación consiste en tener 180 días de clase al año, es un número mágico y nadie podría decir porque no 179 o 181. Medir la calidad de la educación por la cantidad de días de clase es un verdadero desatino. Un alumno puede pasar 365 días dentro de la escuela y ello no es indica que reciba una buena formación.
La calidad de la educación está en relación con la capacidad del sistema educativo de dar respuestas a los desafíos que impone la sociedad en materia de formación de recursos humanos.
Una educación será de calidad cuando forme profesionales en las diferentes áreas capaces de brindar los servicios necesarios que la comunidad requiere.
Por ejemplo, si formamos albañiles, el resultado de la formación que brindamos deberá constituir a los beneficiarios en profesionales de la albañilería capaces de desempeñarse en la construcción con los conocimientos necesarios para realizar edificaciones (conocimiento de los materiales, de las normas de seguridad, de las operaciones necesarias para construir, etc.).
También la calidad de la educación tiene que ver con las características de formación desde el punto de vista de la subjetividad de los educandos, y este es un punto de vista muchas veces ignorado. Cuando hablamos de subjetividad nos referimos a la manera que tienen los grupos humanos y sus unidades elementales de vincularse socialmente, de reconocer el ambiente en el que se mueven, de tomar decisiones basados, tanto en las normas, como en los usos y las costumbres.
La calidad de la educación guarda relación con la estructura y funciones del sistema educativo. En nuestro país lo dominante es la estructura formal, organizada por niveles (pre escolar, primario, medio y superior -universitario y no universitario-) Es una estructura muy rígida que no permite ingresar a la misma por ningún punto que no sea el primer nivel y exige al educando tener el nivel anterior completo para acceder al siguiente.
Esta rigidez del sistema educativo formal tiene una fuerte función expulsiva del sistema, ya sea porque por características de vulnerabilidad el educando debe abandonar el sistema para ganarse la vida o porque directamente no resiste las condiciones de disciplina exigente que el sistema tiene.
Muchos autores han desarrollado las críticas a lo que se denomina el sistema bancarizado, en el cual los alumnos son dispuestos de manera tal que solo pueden ver la nuca de su compañero y todos ven a la maestra. Por el contrario, la maestra, a la manera de un panóptico, puede ver a todos los alumnos, con lo cual se coloca en una posición de poder, que desde el comienzo, nos brinda una excelente explicación de cuál es el objetivo fundamental de la educación formal, disciplinar.
Pavlov hablaba de lo que denominaba el reflejo de investigación, reflejo que los seres humanos tenemos desde nuestro nacimiento y que nos permite conocer el mundo circundante y lograr nuestra individuación. El niño, desde el nacimiento, desarrolla un interés por conocer todo y lo realiza de la manera más simple, con la experiencia, sus manos, su boca, sus pies, su cuerpo en general se constituye en una caja de herramientas en la aventura del conocer.
Por lo tanto, el desarrollo del conocimiento no requiere como principal elemento de la disciplina, sino de la libertad. Solo en un ambiente de libertad, el niño puede crear sus propios programas de conocimiento, realimentarlos con sus logros y formalizar nuevos programas, el educador (padre, maestro) se constituye en un guía, que no otorga el conocimiento, por el contrario, genera alternativas para que el educando pueda escoger en libertad sus propios caminos de conocimiento.
Es la familia la encargada, por medio de la represión, de iniciar el largo camino de cercenamiento de este reflejo de investigación, por ejemplo, los niños reconocen su sexualidad a través de tocarse los genitales, esta actividad, lejos de ser algo malo, se constituye en una vía de conocimiento eficaz que generalmente es reprimida por las figuras parentales o familiares cercanas.
La escuela continúa esta represión sistemática sobre el niño, en la escuela encontramos todo un arsenal de medidas punitivas destinadas a amedrentar al educando que van desde las sanciones (amonestaciones) a la extorsión mediante los sistemas competitivos de evaluación. Al poner nota desarrollando la competencia entre pares y discriminando a los más vulnerables, la evaluación es desnaturaliza en su carácter esencial, dado que la misma constituye un momento más del aprendizaje en el que el educando reflexiona sobre el porqué y para qué de los conocimientos adquiridos. En cambio, la prueba, el examen, esos curiosos instrumentos de tortura que posee la escuela moderna, no buscan determinar los conocimientos desde la perspectiva de su utilidad y uso, sino desde la posibilidad repetitiva de un discurso enunciado por el docente que sacraliza un cierto saber existente sin posibilidad de ser cuestionado.
Imaginemos que un alumno realiza un profundo cuestionamiento a lo que el docente desarrolló en las clases, y más allá de si lo que el alumno dice es correcto o incorrecto, lo importante es que ese alumno ha desarrollado su pensamiento reflexivo y crítico, y aunque ahora se equivoque, en el futuro seguramente tendrá muchos logros.
En nuestra escuela, la crítica es vista desde una perspectiva negativa, el alumno que critica incomoda el saber sacralizado y es reprimido, y se le dejan dos caminos, continuar con su rebeldía siendo castigado por ello, o adaptarse a las exigencias represivas de la escuela repitiendo aquello cuyo significado ignora.
Un ejemplo, (a+b)2=a2+2ab+b2, esto es un binomio cuadrado perfecto, sé que es correcto, pero no sé porque, no entiendo que es lo que hace que sea así, y ello porque en la escuela me enseñaron repetitivamente ese dato. Mi promedio en Análisis Matemático era 10 en la escuela secundaria, sin embargo, hoy no sé qué es un límite, una derivada, una integral, todos ellos contenidos esenciales de análisis matemático.
La calidad de la educación sería una función que permite al sistema la flexibilidad para poder facilitar el desarrollo del pensamiento reflexivo y crítico, en definitiva, para incentivar la autonomía del educando en la construcción de su propio conocimiento.
Por supuesto que desarrollar una calidad desde esta perspectiva exige una mayor inversión que la que se dedica en los sistemas bancarizados actuales, en los cuales el principal objetivo es disciplinar la futura fuerza de trabajo, y facilitar a los trabajadores actuales (los padres) el desarrollo de sus actividades productivas mediante el encierro disciplinar del educando en la escuela.
Una propuesta de libertad implicaría necesariamente romper el sistema educativo formal, o por lo menos flexibilizarlo para que pueda servir a las diferentes subjetividades en juego en la escuela.
Esto no es una utopía, en algún momento, en el gobierno de Carlos Menem, durante la gestión de Susana Decibe, se trataron de implementar los Trayectos Técnicos Pedagógicos (TTP) propuesta que pretendía introducir alguna flexibilidad en el rígido sistema formal, dado que estos trayectos, dirigidos a trabajadores en actividad, no requerían del secundario completo y como se organizaban por módulos, el alumno podía acreditar uno o más módulos sin tener que hacer todo el trayecto.
En general en los diferentes países europeos se implementan formas de educación de este tipo, orientadas a formar a las subjetividades que por diferentes motivos no resisten el disciplinamiento escolar (cantidad de horas por día, cargas de trabajo, necesidad de acreditar todos los conocimientos, etc.), donde el alumno, en muchos casos, es el que determina su propia trayectoria de aprendizaje.
Porque se sostiene la obsolescencia de un sistema educativo rígido y tan poco eficiente, simplemente porque para la burguesía la educación es un gasto y desde esa perspectiva fija límites a ese gasto.
La perspectiva renovadora que estoy comentando requiere el desarrollo de infraestructuras mucho más onerosas que las ruinosas existencias edilicias actuales.
Las escuelas públicas son noticia frecuente en la prensa, pero no por la excelencia de sus servicios, sino por los accidentes producto de instalaciones eléctricas defectuosas, mamposterías en mal estado, vidrios rotos, falta de calefacción. En la Universidad Nacional de Rosario, durante más de veinte años asistimos a clases en un ambiente degradado en el que en invierno pasábamos frio y en verano calor, con aulas que eran viejas construcciones precarias, techos de asbesto y sin ningún tipo de recursos tecnológicos para el dictado de clases. El anterior gobierno construyó un nuevo edificio, pero no es suficiente.
La calidad de la educación requiere de un ejercicio docente renovado tanto en lo técnico, como en lo pedagógico. Este es otro punto al que los gobiernos no prestan atención. No son pocas las oportunidades en que los docentes para asistir a cursos de formación deben hacerlo en horas extra clase porque los 180 días de clase impiden licencias formativas. Pero además estos cursos son enlatados que no responden a las necesidades regionales, ni prestan atención a las características y determinantes subjetivos de los alumnos. Por lo general, en el burocratizado sistema de administración de la educación, los cursos no son la búsqueda de nuevos conocimientos, sino la búsqueda de certificados que acrediten puntos en la carrera docente. Los cursos de formación docente no interpelan el conocimiento existente, no constituyen al docente en un actor de producción de nuevos conocimientos, solo reproducen la conservadora relación áulica entre el docente y sus alumnos, solo que acá el docente es el alumno que asiste pasivamente a exposiciones que en la generalidad de los casos no le sirven para mejorar su práctica profesional.
Y si la formación docente deja mucho que desear, mucho peor es las condiciones y medio ambiente de trabajo, que además de un hábitat lamentable, como señalamos más arriba, implican cargas psíquicas onerosas que someten al trabajador de la educación a un intenso sufrimiento psíquico. Existen una multiplicidad de estudios realizados en nuestro país referidos a este tema. Malestar docente, accidentes cardiovasculares y cerebrovasculares, burn out, síndrome de desgaste por empatía, gastroenterocolitis, cefaleas frecuentes, etc., son algunas de las causas por las que los docentes se ven obligados a pedir licencias frecuentes en el mejor de los casos, tareas pasivas en casos más problemáticos y en el peor de los casos observamos hasta muertes por esas condiciones de trabajo.
La pobreza y la indigencia desvirtúan la finalidad de la escuela, la que se transforma en un espacio de sobrevivencia de los niños que concurren a la misma más por la necesidad de la copa de leche o una comida diaria que por el afán de conocimientos. Algún antropólogo recogió en sus registros de campo una frase nítida de la situación, una maestra decía que antes los padres preguntaban al niño, cuando este regresaba de la escuela, que aprendiste hoy, en cambio ahora le preguntan qué comiste hoy.
El docente siente en su sensibilidad más profunda esta situación (que por cierto no está lejana de su propio deterioro económico, producto de los salarios miserables que recibe) y sufre tanto la violencia de un entorno desesperado por las necesidades básicas insatisfechas, como la presencia en el aula de niño que violentados ejercen violencia, el bulling se enseñorea de las relaciones entre los educandos.
Estos son temas que nunca se discuten en los ministerios de educación, o si se lo hace es solo como formalidad, porque la realidad nos indica que no se destinan recursos para remover las causas del deterioro de la salud de los docentes.
Calidad de educación implica curriculas construidas por todos los actores del proceso educativo, es decir considerando las características y necesidades regional y local. En cambio la discusión de las reformas educativas son discutidas hoy de manera centralizada por los “expertos” que poco saben de los problemas reales de la educación, y son convidados de piedra en ese debate los padres, los actores territoriales, y hasta los propios docentes y alumnos.
Hace muchos años la Red Cualitativa de Investigaciones en Educación desarrollo un importante instrumento que permitía a los docentes investigar su propia práctica, los talleres de educadores, en lo que el saber técnico solo aportaba conocimientos para el debate de las condiciones y medio ambiente de trabajo y de la práctica docente. No he vuelto a escuchar de ellos.
Calidad educativa también supone la apertura del aula, que debe extenderse más allá de los muros de la escuela y poner a los educandos (sobre todo a los más pequeños) en contacto con la naturaleza, a comprender y amar el ambiente, a reconocer el valor de las redes solidarias, a tener una experiencia viva de su entorno inmediato y mediato, a valorar a todos los seres vivos, a reconocer sus derechos y los de los demás, aun de aquellas criaturas que no portan conciencia.
Calidad de educación es formar al niño en nuevos y viejos valores, como la cooperación para el logro de objetivos comunes, la no discriminación por razones de sexo, etnia o capacidades diferentes, la solidaridad expresada en la vocación de servicio al que lo necesita y la lucha contra las expresiones de violencia, cualesquiera que sean.
Pero no, para nuestros políticos conservadores, radicales, liberales, socialistas, lo más importante son los 180 días de clase, no importa que durante ellos el niño se comporte como un salvaje metropolitano, que se destruyan unos a otros para subir un video a las redes sociales, que se desfigure a la compañerita porque es más linda (como si la belleza fuera un valor único e inmutable), que la violencia se dé entre pandillas juveniles que ni siquiera saben cuáles son sus diferencias, lo importante son los 180 días de clase, para que los padres puedan amontonar a sus hijos en ese hospicio en que se convierte la escuela, mientras ellos son explotados y oprimidos por los capitalistas.
Es hora de realizar un debate profundo sobre la educación y la calidad de educación, porque en ello se nos va el futuro de las próximas generaciones.
Hasta la próxima.
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