lunes, 20 de abril de 2015

Hartazgo.


No se siente harto de los políticos que diariamente dicen “¿los problemas de este país son sencillos de resolver, solo se necesita gestión?” y nunca le dicen que es gestión y mucho menos como resolver los problemas de este país, peor aun, ni siquiera dicen cuales son los problemas de este país que hay que resolver o enuncian seudos problemas para ocultar los reales. Esos mismos políticos que desde hace años, cuando están en la oposición son capaces de construir el mejor país, un verdadero paraíso para vivir y que cuando son gobierno nos sumergen en el peor de los infiernos. Porque convengamos que ningún político nos va a decir que si llega al gobierno nos va a rebajar los sueldos, va a aumentar las horas de trabajo, las tarifas y los impuestos, no dirá nada de recortar gastos sociales porque ello sería un sincericidio que lo llevaría a la extinción. Algunos, justo es reconocer, en su torpeza suelen tener actos fallidos, otros no resisten un archivo, otros son francamente ineptos hasta para mentir, pero igual los votamos, ¿Por qué? No se siente harto de los periodistas que han dejado de serlo para convertirse en saltimbanquis y mercachifles que diariamente intentan enroscarnos la víbora. Tratan de vendernos una “realidad” que solo existe en sus cabezas, mejor dicho, en la cabeza de su patrón, sea este Magneto, Fontevecchia, Mitre, Saguier o cualquier otro de los magnates dueños de los monopolios mediáticos asociados a la gran burguesía argentina. No se siente harto de escuchar como estos “periodistas” nos piden ser críticos, pontifican sobre la verdad, reclaman la honestidad, preconizan la solidaridad, “luchan” por la libertad y la igualdad mientras se venden al mejor postor, mienten según indican sus patrones, critican solo a quienes sus jefes les dicen que hay que criticar, solo piensan en como llenarse los bolsillos con las buenas retribuciones que les dan por sus alcahueterías y critican la libertad de los piqueteros de pedir por sus necesidades, convocan a limitar las libertades ciudadanas, luchan sin descanso contra lo que llaman “jueces sacapresos” porque dejan libres a “los delincuentes”, y nada dicen de los jueces que ocultan los delitos de sus patrones, los atildados burgueses que roban al fisco evadiendo impuestos, que se adueñaron compulsivamente de empresas o incluso que mandaron a atacar o hasta matar a personas porque denuncian sus negociados sucios. No se siente harto de que solo denuncien la corrupción del gobierno nacional, o mas precisamente de los kirschneristas y oculten la corrupción del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, de la ciudad de Tigre, y de los gobiernos “amigos”, o lo que es peor oculten la corrupción de los empresarios que pagan coimas, evaden impuestos, sacan ilegalmente los dólares del país, etc. No se siente harto de los que siempre saben de todo, que son expertos en todo, de los que aparecen en la pantalla chica en programas como “Intratables”, “Periodismo para todos”, “La cornisa”, etc., pero que casualmente no hablan de los sponsors políticos de sus canales o programas. La biblia junto al calefón decía Discépolo, un periodista de deportes hablando de la deuda externa, una periodista chimentera experta en el código civil, un “mediático” desarrollando teorías sexuales avanzadas, la biblia junto al calefón. Viejos periodistas comunistas como Salinas a los que solo les queda el autoritarismo estalinista defendiendo solapadamente a lo peor de la burguesía argentina, claro después de producir “El porteño” ahora produce ese Frankenstein que es periodismo para todos, de todo un poco, nada de nada, ni comedia ni periodismo, solo propaganda a favor de los medios concentrados, los políticos afines y sus propios negocios. No se siente harto de los intendentes que se acuerdan de que hay que mejorar las calles justo en las campañas electorales y que se preocupan por lo principal de las ciudades, la “estética” es decir hermosear las plazas, hacer un andarivel solo para los micros con bonitas estaciones sobre la avenida 9 de julio, pensar en construcciones carísimas como el “Palacio de la música” en Rosario, generar negocios inmobiliarios espectaculares como ocurre en las grandes ciudades del país, pero que nunca se les ocurre llevar a la práctica las necesidades reales de los mas vulnerables como hacerles cloacas, llevarle redes de agua domiciliaria, proveer de viviendas dignas a los que no tienen, hacer mas accesible la educación para todos, crear albergues dignos para los que están en situación de calle, proveer de planes de urbanización en la villas para que ningún argentino tenga que vivir bajo techos de cartones y chapas oxidadas. No se siente harto de los funcionarios que solo recorren las villas para sacarse la foto con el niño marginal, con la embarazada pobre, con el obrero inválido porque tuvo un accidente de trabajo y que después nunca más vuelven por allí……..bueno, hasta la próxima campaña. No se siente harto de los policías que declaran zonas liberadas, de los que reciben jugosas coimas de los narcos, de los que explotan a las meretrices que trabajan en la calle, los que solo pisan el acelerador de los patrulleros cuando van a buscar la pizza y la birra que no pagan porque es parte de las coimas que reciben, de los que miran para otro lado cuando están robando o violando a un ciudadano. En definitiva, no se siente harto de los políticos sin ideología, oportunistas sin programa, buscadores de empleos públicos en los que se gana mucho y no es necesario trabajar, juntadores de votos sin moral ni ética, vendedores de espejitos de colores que piensan que somos tan pelotudos que pueden decirnos cualquier cosa que total nos creemos todo, y si no les creemos, tienen los medios de comunicación amigos que están para taparles todos los chanchullos, por supuesto a cambio de jugosos favores cuando son gobierno. Le voy a decir una cosa, yo sí me siento harto y por eso quiero expresarlo, porque pienso que si todos los ciudadanos comenzamos a expresar el hartazgo que sentimos puede ocurrir algún “milagro“ como ocurrió en España y Grecia, donde millones de “indignados” (personas que como Ud. y yo se sentían hartos) ganaron la calle, crearon un partido de los ”hartos” (Podemos y Siryza) y hoy tratan de que las cosas cambien. Y hablando de cambio, también estoy harto de los que bastardean las palabras y hoy son los abanderados del cambio, para ellos (Carrió, Masa, Macri, Sanz) el cambio es volver a la república conservadora, desigual, elitista, inequitativa, represora, créame, estos personajes no planteaban el cambio cuando le lamían las botas a los milicos genocidas siendo sus empleados del mes o haciendo excelentes negocios con los bastardos que asesinaron a miles de argentinos. También me siento harto de los slogans de campaña con palabras como coraje, resulta que hoy todos tienen coraje, pero sería bueno que muchos nos dijeran si tenían el coraje de luchar contra las dictaduras, el coraje de denunciar a sus patrones cuando delinquen, el coraje de oponerse a este sistema corrupto que hambrea a las masas para sostener los intereses de una reducida elite de privilegiados. Creo que es hora que comencemos a expresarnos los que no tenemos voz, los que no tenemos partido, los que no tenemos poder de decisión, los que estamos en los márgenes de la sociedad. Es hora que comencemos a agruparnos, que no confiemos más en cómicos advenedizos, en políticos travestis, en empresarios camuflados de mesías, en policías delincuentes, en “periodistas” vendidos y que hagamos realidad la sociedad autónoma que soñó un verdadero paradigma del pensamiento crítico: Cornelius Castoriadis, una sociedad en la que las normas sean producto de la voluntad colectiva libremente ejercida, en que la gestión sea realmente una gestión de todos y con todos, una sociedad en la que nos reencontremos con una forma superadora del verdadero significado de la palabra democracia, palabra que para los griegos significaba el ejercicio de la voluntad ciudadana en la Ekklesía (asamblea pública de todos los ciudadanos) y que dejemos de confiar en los representantes, la representación es una forma bastarda de la verdadera democracia, la democracia directa, este es el primer punto de un programa revolucionario para producir el único y verdadero cambio social que nuestro país requiere. Hasta la próxima

martes, 7 de abril de 2015

Legalidad y legitimidad.


Es muy interesante analizar la relación entre estos dos términos ya que no siempre son coincidentes. Veamos en primer término que implica cada uno de ellos. La legalidad implica la existencia de un sistema de leyes que debe ser cumplido. Todas las sociedades se rigen de una u otra manera por leyes escritas o tácitas, aun las más primitivas. Legal es todo lo que se realiza dentro del marco de la ley escrita y que tenga como consecuencia supuesta el respeto por las pautas de vida y coexistencia de una sociedad dependiendo de lo que cada una de ellas entienda por tal concepto. Nuestra sociedad es heterónoma, es decir que los sujetos estamos supeditados a normas que en muchos casos no consensuamos, más aun, en no pocas oportunidades las leyes son dictadas antes de que nosotros vengamos al mundo, pero a las que debemos observar bajo amenaza de sufrir un castigo. Según Monedero, “el problema de la legitimidad encuentra su primera gran reflexión politológica vinculada a la continuidad de ciertos linajes reales (el legitimismo monárquico acuñado por Talleyrand y que actuó como uno de los ejes del Congreso de Viena), pero es a partir de la obra de Weber cuando pasa a formar parte de los conceptos fundamentales de la ciencia política, esencialmente entendida como "creencia" (Glaube) en la bondad del poder por parte de los ciudadanos, y como "pretensión" (Anspruch) por parte de los dominadores de obtener obediencia merced a la supuesta razón que les asiste para mandar y, por tanto, encontrar respuesta a sus mandatos. Es igualmente lugar común en el análisis profundo del concepto de legitimidad weberiano señalar sus inconsistencias y contradicciones que llevan a que sobre la base de una misma obra pueda constatarse la existencia de un weberianismo de derecha (Kilmansegg, que lo usa para contraponer la soberanía popular a la definición de legitimidad), otro reaccionario (Carl Schmitt, que encuentra apoyo en la obra de Weber para justificar su teoría del decisionismo y la equiparación de la legitimidad con la legalidad), uno "disolvente" (Luhmann, que negará la existencia de la legitimidad como problema real, limitándolo primero a procedimientos y en un segundo momento a mera cuestión de simpatía o antipatía hacia los gobernantes) o de un weberianismo de izquierdas (Habermas, quien insistirá en los factores culturales de la identidad y los factores negativos del desarrollo de la modernidad que conducen a deslegitimaciones, posibles crisis y agotamiento de las energías utópicas) (Heins, 1990)” (Monedero Univ. Complutense de Madrid). La legitimidad asume entonces el significado de consenso, algo es legítimo cuando existe un sentimiento compartido de la legalidad del evento, por eso Weber consideraba a la autoridad como el poder legítimo, el poder que inviste a una persona o institución y que emana del consenso que existe en una sociedad respecto al mismo, por ejemplo un presidente tiene el poder que le otorga el consenso común en los mecanismos de electividad de la primera magistratura. Pero el problema de la legitimidad agrega un nuevo punto de vista a la legalidad, ya que algo puede ser legal pero no legítimo. Por ejemplo en el derecho romano existía algo que se denominaba la res nullius o cosa de nadie, que por lo tanto era propiedad de quien la ocupaba, la Patagonia constituyó una res nullius y la conquista del desierto arrebató a los pueblos originarios sus tierras y las repartió entre los amigos de Roca. Cualquier persona que habita la argentina y tiene una propiedad (una casa, un campo) es legalmente propietario, pero no es el legítimo dueño ya que la misma es producto del robo que se realizó a los pueblos originarios mediante el derecho de conquista, es decir el conquistador puede apoderarse de todo lo que conquista, al mejor estilo romano. El concepto de legitimidad puede aplicarse a diferentes ámbitos de loa vida. Por ejemplo, la deuda externa que tiene nuestro país en el concierto internacional puede ser legal, por cuanto los prestamistas le prestaron dinero a la Argentina, pero en tanto, el préstamo fue tomado por un gobierno ilegítimo, que usurpaba el poder, al que había accedido mediante una operación delictiva (un golpe de estado) esa deuda es ilegítima. Un partido político que llega al gobierno con un determinado programa y luego toma decisiones opuestas a lo que prometió, se dice que continúa siendo legal, pero que perdió su legitimidad de origen en la medida en que rompió el mandato por el cual se lo votó. Desde mi punto de vista la legitimidad se relaciona con el concepto de autonomía de Castoriadis, según el cual, el mayor consenso social respecto a las normas es el que se logra cuando una sociedad o comunidad elabora sus propias normas y la vida social se regula por la decisión colectiva de los actores que participan de la misma, El sistema político actual; es un sistema heterónomo, en el cual no es la sociedad la que define por consenso las normas que regulan la vida social, sino que las mismas son tomadas por actores externos al colectivo social (los políticos), que además de ser una minoría social que decide en función de un mandato difuso que la sociedad le otorga con un voto, lo hace en función de normas pre establecidas (la constitución) por actores externos a la sociedad, no solo espacialmente, sino también temporalmente. Pero la sociedad burguesa tiene además otros reaseguros para evitar la irrupción de marcos normativos que rompan con los privilegios burgueses, si una determinada ley votada por el parlamento no es del gusto de un sector de la burguesía, esta tiene un sector aún más pequeño y elitista, los jueces, para abolir la legislación contraria a sus intereses. Si en un determinado momento histórico un sector de izquierda tuviera mayoría en el parlamento y accediera al gobierno no podría abolir la propiedad privada de los medios de producción por cuanto este derecho goza de jerarquía constitucional, y los jueces considerarían inconstitucional la norma. Este ejemplo muestra a las claras que legalidad y legitimidad no son sinónimos, un gobierno legítimo que cuenta con consenso popular, no puede tomar medidas que sean contrarias a la “legalidad”, es por eso que de Marx en adelante los revolucionarios consideraron que no es posible construir una sociedad igualitaria a partir de la legalidad burguesa y que una nueva sociedad solo podría ser el producto de un estado de excepción, como lo fueron la revolución francesa y la rusa, en el cuales el derecho burgués quedó abolido por imperio de la decisión de las masas movilizadas que asaltaron el poder. El problema de estos estados de excepción es que la cúpula dirigente asume que representa el interés colectivo, pero no necesariamente es así, por lo que en las grandes revoluciones de la historia ha imperado un régimen de terror que necesariamente llevó a quienes detentaron el poder a eliminar a sus rivales (ideológica y físicamente) tengan o no razón en sus argumentos. La revolución francesa primero y la rusa después se tragó en el proceso a los mejores pensadores abriendo paso a que se encaramen en el poder los oportunistas de turno como Napoleón, Stalin, etc.). Al final de estos procesos poco quedaba de la legitimidad de los movimientos y las mismas se transformaron en cascaras burocráticas que no solo no estuvieron a favor del pueblo, sino que gobernaron en contra de él, En nuestro país estamos bajo le supervisión de una “clase política” que realiza un simulacro de soberanía popular cada tantos años convocándonos a elegir cuál de los representantes burgueses deseamos que nos gobiernen, pero en ningún caso podemos elegir a un político que no sea un intelectual orgánico de la burguesía, y menos aún existe una democracia real que nos permita tomar por nosotros mismos las decisiones que atañen a nuestro futuro. Por ello creo que debiéramos discutir la necesidad de pasar de una democracia como procedimiento a una democracia sustancial, en la que, a la manera griega, sea la ekklesía (la reunión de todos los ciudadanos) la que por mayoría decida sobre nuestro presente y futuro. Mecanismos como la revocación de mandatos, el referéndum y el plebiscito, las asambleas populares, las autonomías municipales, son formas democráticas que nos acercan un poco más a una democracia sustancial, en el marco de la cual sea posible generar el consenso necesario para abolir el derecho burgués implantando un derecho de los explotados y oprimidos que posibilite construir pacíficamente una sociedad justa e igualitaria en la que los recursos no sean propiedad de unos pocos, sino que se repartan equitativamente entre todos los actores sociales.