lunes, 20 de junio de 2016

En defensa de la palabra.


En algunas oportunidades se me ha criticado mi estilo de escritura, se lo ha considerado como agresivo y con una cierta violencia verbal, Algunas personas que me quieren me han formulado la siguiente crítica: “Así no vas a convencer a nadie”. Durante algún tiempo estuve meditando sobre esta cuestión y porque me impresionó tanto esa crítica, tal vez por el afecto que le tengo a quienes la formularon, tal vez porque en algún momento de mi vida he querido convencer a las grandes masas. En los setenta, cuando participábamos de los grandes movimientos revolucionarios, cuando el mundo estaba convulsionado y la agresividad y violencia verbal eran tremendamente más implacables que la actual, se intentaba, a través de dos mecanismos de lucha política, convencer a los demás de lo acertado de la línea política del partido en el que participábamos. Las dos herramientas de trabajo de los militantes eran la agitación y la propaganda, en términos de un gran dirigente político de la izquierda, Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) la agitación consistía en formular pocas ideas para muchos, se expresaba a través de consignas concisas pero contundentes, por ejemplo, la consigna bolchevique “todo el poder a los soviets”. El agitador debía estimular emociones en la masa, agitar era tocar la fibra más sensible de los trabajadores y estimularlos a movilizarse contra el orden existente. En la medida en que los trabajadores se movilizaban iban ganando en conciencia respecto a la maldad del sistema capitalista, de manera tal que la movilización, motorizada por la agitación política, se constituía en la puerta de entrada a la conciencia socialista. Cuando el trabajador había hecho carne que algo de la sociedad estaba mal, que sus penurias no se debían al accionar de tal o cual gobierno, sino a las condiciones de explotación y represión a las que lo sometía el sistema capitalista, entraba a jugar la propaganda. La propaganda consistía en muchas ideas para pocos, era la tarea de profundización y construcción del militante revolucionario socialista, el trabajador que se había acercado intelectualmente a la organización revolucionaria a partir de una huelga, una toma de facultad, una movilización, ahora debía comenzar a consumir la literatura revolucionaria que lo hacía transitar el camino hacia su constitución en sujeto revolucionario. La literatura consistía fundamentalmente en la lectura (individual o colectiva) de la prensa revolucionaria, el diario del partido, los documentos de debate interno de la organización, y esporádicamente la lectura de los textos de los padres fundadores de la revolución socialista (Marx, Engels, Lenin, Trotsky, etc.). Lo interesante es que el novel integrante de la periferia del partido debía reconocerse como un revolucionario marxista (leninista, trotskista, castrista, guevarista, maoísta, etc., según la definición teórica de las diferentes sectas de izquierda) aun cuando nunca hubiera leído a Marx, la adscripción a una teoría era un acto de fe, tan de fe como la de un católico, o un musulmán. Los partidos tenían militantes y adherentes (o periferia). Los primeros eran los que agitaban la línea partidaria en nombre propio, los que supuestamente conocían las raíces del pensamiento de la organización, eran además de agitadores propagandistas, los segundos en cambio no podían hablar en nombre del partido, y ellos se encargaban de las tareas básicamente de agitación. Lo curioso es que unos y otros pregonaban ideas como la revolución armada, la insurrección, el socialismo, el gobierno obrero, obrero y popular, definían al país como dependiente del imperialismo, como semicolonia o colonia sin demasiado conocimiento teórico-práctico de los que significaban esas ideas, de las bases de sustentación de las mismas. Todos los partidos de izquierda se reconocían marxistas pero muy pocos de sus militantes habían leído siquiera algunas páginas de Marx, lo poco que conocían era a través de la transmisión oral de sus líderes o lo que se parafraseaba en la prensa partidaria. En aquella época, pretender realizar grupos de estudio para leer y debatir a los grandes pensadores revolucionarios era sancionado como teoricista e implacablemente perseguido. Las organizaciones de izquierda de los setenta, basadas en su funcionamiento interno en el llamado centralismo democrático, no debatían, la palabra del (o de los) líderes se imponía verticalmente, todas las decisiones eran tomadas por el comité central y los congresos partidarios que se realizaban de tiempo en tiempo (con una mayor participación de los miembros del partido) eran una parodia de la democracia. En estos congresos se votaba siempre la línea partidaria y quien se oponía a ella era generalmente expulsado de la organización. Como consecuencia de este rígido sistema de democracia interna, más cercana a la representación que a la autogestión se configuraban liderazgos muy fuertes y autoritarios en las organizaciones, y se producción frecuentes rupturas en las mismas, dado que en la medida en que en las cúpulas dirigentes existían diferencias de forma o contenido, siempre alguno tenía que irse y formar su propia secta. Es notable el pensamiento de Rosa de Luxemburgo quien en uno de sus trabajos critica de esta manera (cito de memoria) al centralismo democrático: “la dictadura del proletariado es la dictadura de una clase sobre la otra (del proletariado sobre la burguesía), y dentro del proletariado es la dictadura de un grupo social (el partido) sobre todo el proletariado, y dentro del partido es la dictadura de una fracción de este (el comité central) sobre el resto del partido, y dentro del comité central la dictadura de un hombre (Ud. camarada Lenin) sobre el resto del comité. Este modelo de funcionamiento fue extendido, cuando los bolcheviques tomaron el poder, a la gestión del supuesto estado obrero. Estamos frente a una concepción autoritaria que consideraba que el interés de la sociedad era determinado por el partido, de manera tal que el interés social era el interés partidario. No había lugar para la crítica, la dictadura del proletariado se transformó en una dictadura sin más aditamento y en nombre de ella se asesinó a millones de personas, entre ellos muchos de los que fueron dirigentes revolucionarios junto a Lenin (Kamenev, Sinoiev, Bujarin, Trotsky, y tantos otros fusilados o asesinados en nombre del socialismo. El socialismo implantado en la Unión Soviética desde sus comienzos no fue otra cosa que un capitalismo monopolista de estado en el que los miembros del partido constituían una capa burocrática que se beneficiaba del poder de manera corrupta, y donde los viejos burgueses se convertían en gerentes de las fábricas que les habían expropiados. El esto es cosa conocida, en la década de los ochenta los estados socialistas abrieron el camino a la usurpación de las empresas estatales por los miembros del partido y se retornó al capitalismo sin más, aunque en algunos países como China, Vietnam, Cuba se continuaron con un modelo de capitalismo monopolista de estado sostenido por dictaduras que oprimieron y oprimen a sus pueblos en beneficio de unos pocos, recreando burguesías nuevas que sostienen el sistema, que también se basa en la explotación y el dominio de las masas trabajadoras por los miembros de estas nuevas burguesías aliadas al capitalismo internacional y sostenidas por un estado autoritario y en algunos casos terrorista como en Camboya con los Khmer Rojos o en Corea del norte. Volviendo al comienzo, a las críticas bien intencionadas de aquellos que me quieren, luego de la reflexión llegué a la conclusión de que realmente escribo para expresar lo que siento, no para convencer a nadie. Con casi 67 años, una carrera profesional completa, al borde de mi jubilación, para la cual no necesito esperar nada, solo debo pedirla cuando lo desee, y sin ningún interés de participar en partido político alguno, sin ningún interés de tener cargo de gestión alguno, escribo para quien desee leerme, al que no le gusta lo que escribo, solo tiene que dejar de leerlo. Sin adscripción política alguna, puedo decir lo que pienso, lo que siento, lo que surge de muchos años de lecturas y experiencias y solo busco establecer una conexión en el debate de todos aquellos que, como yo, están dispuestos a discutir honestamente, sin dobleces o engaños, buscando nuevas ideas, sin la urgencia del cambio, con la certeza que el cambio rápido nunca es bueno, que trae más tragedias que felicidad, más destrucción que construcción. Tengo la íntima convicción que cada idea que se siembra, cada pensamiento que se formula, germinará regado por el tiempo, y será planta con el cuidado de aquellos que en esta y en las generaciones venideras sabrán cambiar de a poco la naturaleza voraz y destructiva del ser humano por una cultura de paz y confianza. Estoy convencido que no seré yo, ni mi generación los que convenciendo a otros construiremos el socialismo, eso llevará generaciones, pero con amor, con altruismo, con dedicación, con solidaridad, cada uno de nosotros puede agregar su granito de arena al gran edificio social que hará de nuestra especie algo nuevo, algo necesario que aporte a la construcción universal sin violencia, sin pobreza, sin sufrimiento. Hasta la próxima.

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