miércoles, 20 de abril de 2016

Los intelectuales y la política.


Es una interesante discusión la que remite al rol de los intelectuales en la política y la sociedad. No es lo mismo un intelectual que un político. El político es una fracción de la intelectualidad, pero no todos los intelectuales son políticos. Que es lo que constituye el elemento de diferenciación por el cual un intelectual se convierte en político y se constituye en un sector social diferenciado de los intelectuales. Gramcsi, en su artículo “La formación de los intelectuales” define que en sentido general todos los seres humanos son intelectuales, dado que todos poseen la capacidad de razonar, y poder, a través del pensamiento y la palabra, influir sobre los otros seres humanos. Ahora bien, una parte de los seres humanos que constituyen una sociedad determinada se diferencian del resto de los ciudadanos porque utilizan su intelecto como medio de vida (profesionales, periodistas, científicos, filósofos, etc.), a estos sujetos, en sentido general llamamos intelectuales, en la medida en que el trabajo intelectual, más allá de ser una parte de su vida, se constituye en su medio de subsistencia. Ahora bien, no todos los intelectuales son iguales, Bordieu, aporta un concepto interesante, la noción de campo, habla de la existencia en el seno de la sociedad de campos de poder y campos intelectuales, los intelectuales producen, y en la medida en que producen tienen una influencia específica sobre la sociedad. Dado que su principal ocupación es la producción intelectual y que esa producción no es ingenua, sino que está destinada a lograr una cierta influencia en los procesos sociales, los intelectuales, con su producción construyen un campo de poder. Según sea la influencia de ese campo de poder, mayor será la posibilidad de extender el campo mismo y por lo tanto la influencia social. Por ejemplo, algunos intelectuales muy reconocidos por su trayectoria y por la representación que la sociedad tiene de ellos, tienen mayores posibilidades de influir en los procesos sociales. Por ejemplo, no es lo mismo que un enunciado sea explicitado por Noam Chomsky que sea un humilde profesor de la Universidad quien lo haga. Evidentemente las opiniones de Chomsky son mas codiciadas por los grandes medios de comunicación y tiene acceso a los principales periódicos, revistas científicas, editoriales, lo que le permite ser el centro de un campo de poder bastísimo. Otro ejemplo, en el campo de la economía es el de Josep Stiglitz, premio nobel a la economía y cuya palabra es muy respetada y escuchada en temas de economía. Volviendo a Gramcsi, define que cuando una clase toma el poder realiza la cooptación de los intelectuales tradicionales en tanto desarrolla su propia capa de intelectuales orgánicos. La nueva clase en el poder requiere de todo un ejército de intelectuales destinados además de justificar su visión del mundo, a constituir las capas técnico-administradoras que le permiten desarrollar la producción. Este conjunto de intelectuales le da homogeneidad y conciencia de la propia función, no solo en el campo económico y social, sino también en el político, cultural e ideológico. Además de los técnicos y administradores, el capitalista crea los intelectuales que le dan forma a la nueva cultura, al nuevo derecho. En la compleja sociedad de la información se hizo necesario diversificar y complejizar la estructura del campo intelectual, desarrollar nuevos intelectuales orgánicos que permitieran garantizar el dominio de la clase hegemónica, la burguesía. A lo largo del siglo veinte, la apuesta de dominación estuvo centrada en el dominio por la fuerza, apoyada en los militares. Este proyecto fracasó, por como dijo Mao Tse Tung en una máxima interesante, con las bayonetas puede hacerse cualquier cosa, menos sentarse encima de ellas. Hacía referencia al hecho de que la clase burguesa no podía confiar su dominio solo a la estructura militar de ocupación, como lo pretendía el estado absolutista para sostener su dominio. En América Latina durante la primera mitad del siglo veinte y parte de la segunda, las burguesías nacionales pretendieron sostener un modelo de acumulación capitalista que fuera regenteado por un partido militar que accedía al poder mediante golpes de estados y se sostenía en él mediante diferentes formas de represión física a los trabajadores y sectores subordinados de la sociedad. Hoy existe un interés en denominar a las diferentes aventuras golpistas como golpes militares, escamoteando de la realidad el carácter cívico militar de esos golpes, ningún ejercito puede sostenerse en una asonada, si un sector de la sociedad no lo acompañaba en la aventura, y todos los golpes de estado en América Latina fueron de carácter cívico-militar. El fracaso de la estrategia de control social mediante el partido militar dio paso a la reformulación de la estrategia de control de la gran burguesía en nuestro subcontinente. Si el signo de los primeros 70´ u 80´ años del siglo XX (según las características de los procesos particulares de cada país) fueron las dictaduras cívico-militares, a partir de los 80´ comienza a modificarse esta estrategia, dando paso a procesos “democratizadores” en los que los gobernantes eran elegidos por el voto popular. Al sostenerse la democracia representativa y en un momento de intenso reflujo de la lucha de clases, comienza a establecerse en toda América Latina diversos gobiernos integrados por partidos centristas o centro derechistas (peronismo y radicalismo en Argentina, los partidos de la derecha liberal y el Partido del Movimiento Democrático Brasilero en Brasil, los gobiernos de los partidos Colorado y Blanco en Uruguay, la concertación y los restos del pinochetismo en Chile, etc. El nuevo milenio trae como nota la emergencia de una nueva representación política, los sectores menos concentrados de la burguesía, interesados en el mercado interno y en el desarrollo económico productivo diversificado comienzan a desarrollar un esquema de poder basado en postulados de distribución de la riqueza y ampliación de los derechos de los ciudadanos, es lo que se ha dado en llamar la Nueva Izquierda Latinoamericana (chavismo, kirchnerismo, frenteamplismo, peteismo, etc.) en el que nuevos liderazgos significan nuevas formas de enfrentar viejos problemas. Las nuevas categorías de intelectuales son ahora los comunicadores, todo un ejército de periodistas, politólogos, filósofos, economistas, abogados, etc., que debaten en el escenario de los medios masivos de comunicación tratando de lograr la hegemonía de uno u otro sector burgués. No son políticos, son intelectuales en el sentido que le hemos dado al término. No están vinculados a las empresas productivas, ni a los sectores del agro o la industria, no forman parte del aparato productivo, son comunicadores, “expertos” que construyen la realidad y se la brindan armada según los intereses del sector burgués al que están orgánicamente vinculados. Decimo y reiteramos, no son comunicadores, ni periodistas, ni informadores, no están interesados en la veracidad de la información que vierten, solo les interesa como adecuar los hechos a las necesidades del sector burgués al que sostienen. Generalmente no brindan información, sino que opinan y sus opiniones son recortes de las informaciones, agregados inexistentes a los hechos, o en muchos casos directamente falsedades. Recientemente en internet ha circulado un nuevo término que describe muy claramente a estos “comunicadores”, globotomía, que es el arte de convencer a los ciudadanos que todo lo bueno que les pasó se debe a una razón mala, y que todo lo malo que les pasa, se debe a una buena razón. Esta nueva capa de intelectuales son los creadores de la famosa grieta en la Argentina y que luego de crearla, se la adjudican a los kirchneristas, son los que justifican la violencia actual, pero que se escandalizaban y denunciaban supuesta falta de libertad antes, son los modifican la agenda que versa sobre lo que los argentinos necesitan, antes era la inseguridad, ahora no se habla de ello, son los que todo lo malo que ocurre, se lo adjudican a la pesada herencia, son los que señalan corruptos, pero solo de un lado, como si la corrupción fuera patrimonio de un solo color político o partido. Entre los diferentes grupos de intelectuales orgánicos que se alinean con uno u otro sector de la burguesía, están los intelectuales que no responden a ninguno de estos intereses, porque sencillamente no responden a la burguesía como clase, estos sectores intelectuales que no participan de ningún partido político, ejercen la crítica a uno y otro sector y guardan independencia intelectual de todos ellos. En el decir de Holloway, son los que no buscan ni estar en el poder, ni sentir el calor del poder, son los que pretenden cambiar el mundo sin tomar el poder, porque saben que cuando se participa en la lucha política, aunque no se esté adherido a ningún partido, se deben meter en el barro de la política y utilizar las mismas herramientas oscuras e inmorales que utilizan los políticos. Y hablando de los políticos, en general podríamos decir que los políticos (la llamada clase política, o en sentido general, aquellos que viven de la política) son intelectuales, pero son un sector segmentado de la intelectualidad, dado que ellos si participan del barro de la política y medran de esa participación. Son los que compiten por el voto ciudadano utilizando cualquier recurso para lograrlo, prometiendo lo que no van a hacer y haciendo cuando ganan lo que no prometieron, son los que cuando están en el gobierno pierden la capacidad crítica hacia el poder y que hacen renacer esa capacidad crítica cuando vuelven al llano. Los políticos están subordinados a la necesidad de participar de lo público como medio de vida, necesitan tener acceso a la gestión y desde allí generar prebendas a quienes los ayudaron a llegar (punteros) para poder sostenerse, son parte de la superestructura de dominación del estado burgués. El sector de los intelectuales críticos-reflexivos al que hacía referencia más arriba, no necesita ser políticamente correcto, porque ningún gobierno constituye un beneficio para su modo de vida, todos los gobiernos tienen, lo quieran o no, un nivel de corrupción, porque el error es pretender que la corrupción es patrimonio de una gestión, la corrupción está intrínsecamente ligada al sistema capitalista, porque este sistema nació y se desarrolló con la corrupción como un elemento estratégico de sobrevivencia. No solo ha habido corrupción en todos los gobiernos desde el reinicio de la democracia, sino que la misma se ha profundizado de gobierno en gobierno, el actual gobierno de Macri ya ha superado los niveles de corrupción del gobierno anterior solo que este gobierno tiene un escudo protector de los medios de comunicación que no ponen en las pantallas los grandes hechos de corrupción como lo hacían hasta el 2015. El otro sector orgánico de la intelectualidad burguesa es el que está formado por los miembros del sistema de justicia, que hoy se comporta de igual manera que como lo hacían los militares en los primeros dos tercios del siglo pasado. El llamado poder judicial es un sistema destinado a disciplinar a las masas y a generar la caída de los gobiernos que no son enteramente confiables para la gran burguesía. Poder judicial y poder mediático son las dos patas de la superestructura de dominación burguesa en el que anidan los intelectuales orgánicos destinados a garantizar la dominación de la burguesía como clase. Hasta la próxima.

sábado, 16 de abril de 2016

Clases sociales.


El concepto de clases sociales, si bien tiene un uso generalizado, no constituye, a mi entender un constructo ni homogéneo, ni unívoco y menos científicamente definido. Carlos Marx, que tanto aporto a la teoría social, nunca se dispuso a definir un constructo que atravesaba toda su obra. Para él, era mas importante, los análisis sobre la realidad socioeconómica con el fin de tener desarrollos que potenciaran la acción política, que detenerse a realizar desarrollos teórico-conceptuales. Tanto es así que, en su obra, solo en “El Capital”, al final del texto, se encuentra un apartado que lleva por titulo, “Clases”, en el cual comienza a trabajar este concepto, lamentablemente solo alcanza a escribir una página, ya que al final de la misma nos encontramos con un texto que dice: “aquí se interrumpe el manuscrito”. Por lo tanto, este monumental pensador, dejó a todos los que quisieron adentrarse en su obra y utilizar sus aportes para desarrollar análisis económicos y sociales, huérfanos de un concepto cardinal para el conocimiento de las sociedades tanto en sus aspectos sincrónicos como diacrónicos, Algunos autores han tratado llenar ese hueco, uno de ellos es el prestigioso profesor Erik Wright, quien abordó el tema en su tesis doctoral presentada en la Universidad de California y luego cuando estuvo a cargo de un programa de doctorado de la Universidad de Wisconsin titulado “Análisis de clase y cambio históricos”. Genéricamente y como manera de iniciar el debate podríamos considerar a las clases sociales como un producto de la estratificación social que se verifica en contextos socio-económicos: 1) grupos de individuos que se definen por una misma categorización de sus formas de relacionarse con los medios materiales de producción (particularmente la forma de obtención de sus rentas), o 2) una conciencia de clase entendida como la creencia en una comunidad de intereses entre un tipo específico de relaciones socioeconómicas. La doctrina marxista intenta descubrir la objetividad de la existencia de las clases (clasificaciones) socialmente relevantes a través de la formación de intereses subjetivos y yuxtapuestos y en contraposición a otros grupos de intereses comprendidos en forma similar. Las clases sociales aparecen entonces como dualidades antagónicas en un contexto histórico de conflicto, donde el método de análisis más eficiente es el materialismo histórico. De ese enfrentamiento, mediado por la historia, surge la lucha de clases que es la manifestación misma del conflicto de los intereses económicos de los individuos. Podemos denominar clases a grandes grupos de hombres que se diferencian por: 1. su lugar en el sistema históricamente determinado de la producción social 2. por su relación (en la mayoría de los casos confirmada por las leyes) hacia los medios de producción 3. por su papel en la organización social del trabajo y, por consiguiente, 4. por los medios de obtención y por el volumen de la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de hombres en los que unos pueden atribuirse el trabajo de otros gracias a la diferencia del lugar que ocupan en un determinado sistema de la economía social. Las clases sociales existen desde los albores de la historia, por lo menos de la historia escrita, diría Marx. Cuando el hombre abandona la vida nómade y sedentaria, fundamentalmente por el descubrimiento y desarrollo de la agricultura, comienza un proceso de acumulación que paulatinamente va a fragmentar la sociedad en diferentes grupos especializados, los militares, los agricultores, los burócratas, etc. En la media en que los clanes comienzan a tener excedentes productivos, surge la necesidad de determinar cómo se debe repartir ese excedente, no solo entre los actuales miembros del clan, también entre los descendientes de los miembros contemporáneos del mismo. El hombre recolector y cazador vivía en función del día a día, si había sequía, o no había caza, buscaba otros espacios en los que sí los hubiera. El hombre agricultor, al estar fijado a la tierra, debe realizar las previsiones necesarias para afrontar las contingencias de la naturaleza. La producción de excedentes con fines de ahorro lleva a la necesidad de cuidar de esos excedentes, la necesidad de invocar a los dioses para que den condiciones propicias al clan, la necesidad de administrar la producción y los derechos emergentes de la misma, las guerras con otros clanes a los que les resulta más fácil apropiarse de lo producido por otros, y conduce a una especialización creciente de la sociedades primitivas produciendo nuevos actores sociales especializados: el militar, el religioso, el administrador, el esclavo, etc. Marx afirma que en la historia reciente de la humanidad han existido algunos modos de producción típicos y dominantes, característicos de determinados momentos históricos. El comunismo primitivo donde todos los bienes son de propiedad común, el modo de producción asiático, caracterizado por la propiedad común de la tierra, pero que ya conlleva formas de apropiación particular de los excedentes, el modo de producción antiguo en el que el dato fundamental es la universalización de la esclavitud y el surgimiento de formas de propiedad privada, el modo de producción feudal caracterizado por la ruptura de las grandes formaciones estatales y un poder feudal diversificado con una figura clave de dominación el vasallaje, donde el siervo de la gleba es dueño de los medios de producción pero esclavo atado a la tierra y finalmente el modo de producción capitalista en el que las dos clases más importantes son la burguesía (heredera de los maestros de los gremios feudales y que se apropia de los medios de producción) y el proletariado (integrado por quienes, en general, provenientes de las zonas rurales comienzan a tener como único medio de subsistencia la venta de su fuerza de trabajo). El capitalismo es pues un sistema en el que la sociedad se encuentra dividida en dos clases sociales antagónicas desde la perspectiva de sus intereses estratégicos y complementarias en la subsistencia del sistema social y por lo tanto de las clases mismas. Como he afirmado en diversas entradas, el capitalismo es un sistema social que se forjó a lo largo de muchas generaciones, la burguesía como clase subordinada ya existía embrionariamente en el modo de producción antiguo, solo que, cuando el sistema económico hubo madurado, comenzaron a surgir una serie de revoluciones burguesas que fueron construyendo paulatinamente la hegemonía mundial de la burguesía como clase, y es la revolución francesa el momento en que la burguesía revolucionaría toma por asalto el poder y difunde sus intereses como intereses generales de la sociedad. Para poder desarrollarse la burguesía necesitaba fortalecer los estados nacionales, eliminar las barreras internas al comercio en el estado nación, conquistar nuevas áreas geográficas del planeta, fortalecer la idea del mercado como elemento regulador de la economía, determinar la riqueza de las naciones como un producto del trabajo y la producción, desarrollar los mecanismos de financiamiento de los emprendimientos productivos, tener como objeto de la producción el trabajo libre asalariado, determinar el costo de la fuerza de trabajo para ponderar sus ganancias, etc. La ciencia y la tecnología crecerán a pasos agigantados en las diferentes etapas del capitalismo, a saber, el capitalismo libre concurrencista en el cual los propietarios concurren en igualdad de oportunidades a un mercado e intercambian allí sus productos, el capitalismo monopólico que surge en la segunda mitad del siglo XIX y en el que algunas empresas se convierten en gigantes reguladores de las acciones del mercado y finalmente el capitalismo global en el que los estados nación pierden su fuerza reguladora y es el gran mercado mundial el encargado de fijar la reglas. En este proceso, conviven, surgen y se consolidan en la sociedad viejas clases sociales y nuevas clases y sectores de clase. En un comienzo, en la sociedad capitalista convivían las viejas clases oligárquicas provenientes del feudalismo y dueñas de la mayor parte de la propiedad territorial, el clero y los militares como parte de este conglomerado de clases parásitas propias de los anteriores regímenes y la nueva burguesía productora. Para poder contar con la mano de obra asalariada, la burguesía debió desatar las ataduras de los siervos a la tierra y empujarlos hacia las ciudades donde los alojó en condiciones de vida brutales (hacinamiento, indigencia, mortalidad infantil, trabajo infantil, etc.) y los convirtió en trabajadores asalariados. La burguesía paulatinamente se fue configurando como clase dominante en la que dos sectores muy importantes se disputaban el poder, la burguesía bancaria y la burguesía industrial, aunque en la época del capitalismo monopólico esta fracción dominante de la clase burguesa se unificó en lo que se denomina la burguesía financiera, que surge del casamiento de la industria y los bancos. Pero este no es el único sector burgués existente, en el capitalismo surgen otros sectores de la clase burguesa, comúnmente denominados sectores medios que agrupan a la mediana burguesía y a la burguesía pequeña y la pequeña burguesía. En la sociedad global, si bien toda la burguesía comparte un interés común de clase, la subsistencia de la propiedad individual de los medios de producción y el derecho a la explotación asalariada, tiene a su interior diversas contradicciones de clase. La gran burguesía (sobre todo en los países latinoamericanos) es propietaria terrateniente y controla los porcentajes casi totales de las tierras existentes, y es propietaria de los grandes bancos y grandes emprendimientos y comerciales fundamentalmente ligados al mercado global y a la exportación e importación. La burguesía media y la burguesía pequeña en cambio, por los volúmenes de producción industrial y por la escasa dimensión de sus propiedades territoriales, es fundamentalmente subsidiaria del mercado interno, depende del consumo de los trabajadores (en primer lugar) y del resto de la sociedad. Porqué decimos esto, pues porque sencillamente el trabajador es el único actor social que gasta el casi 100% de sus ingresos en el consumo (de alimentos en primer lugar, y de otros bienes y servicios luego). La burguesía media y pequeña es parte de la clase burguesa, pero tiene con la gran burguesía contradicciones no antagónicas, pero que, en determinados momentos se convierten en decisivas a la hora de poner en práctica sus proyectos de poder. Uno de esos momentos son las crisis sociales, momentos en los cuales, por su menor capacidad de acumulación, este sector burgués es mucho más sensible a los vaivenes de la economía y suele buscar alianza con los sectores trabajadores, el peronismo de 1945 a 1955 es un claro ejemplo de búsqueda de alianza con los trabajadores en el marco de un estado que se veía a sí mismo como bonapartista, es decir, por encima de los intereses de las clases sociales. Al depender del mercado interno este sector burgués tiende a desarrollar políticas económicas más cerca del keynesianismo, con eje en el aumento y diversificación del consumo, políticas de inclusión social, mejoramiento e la calidad de vida de los trabajadores, etc., que, a la puesta en práctica de políticas neoliberales con eje en la demanda, impulsadas generalmente por los sectores más concentrados de la burguesía fuertemente ligada a la actividad financiera y al mercado externo. Esto hace que para los trabajadores no sea lo mismo gobiernos neoliberales que populares. Mientras que bajo gobiernos neoliberales los trabajadores se empobrecen, se les recortan derechos sociales, económicos y democráticos, disminuye la asistencia social a los sectores más vulnerables de la sociedad, cae la calidad de los servicios sociales y previsionales que reciben, bajo los gobiernos populares asistimos a un escenario de mayor inclusión social, aumento de los derechos de los trabajadores en términos de mayor participación en el mercado de consumo, acceso a la vivienda, mejoramiento de la calidad educativa, servicios sanitarios más eficientes, aumento de la ampliación democrática, etc. El último peldaño antes de la clase más básica de la sociedad burguesa, los trabajadores, está la pequeña burguesía. Este sector integrado mayoritariamente por los profesionales, también incluye a pequeños comerciantes, propietarios rurales minifundistas, es decir aquellos que teniendo un medio de producción (un comercio, un título universitario, un pedazo de tierra cultivable) no pueden generar excedentes económicos, o tienen escasas posibilidades de afrontar los vaivenes de la economía en virtud del ahorro que pueden realizar. Este sector es muy vulnerable a los cambios de las políticas económicas y se ve fuertemente afectado por las mismas. Si bien los extractos más bajos de la burguesía tienen mayores intereses en común con los trabajadores, ellos a lo largo de la constitución de su conciencia de clase, han tendido a construir un imaginario social instituyente, según el cual se sienten más identificados con los explotadores que con los explotados, ello debido también a su particular inserción en la estructura económica, en la cual, de alguna manera comparten con la gran burguesía la propiedad de los medios de producción. Por dar una expresión gráfica que vi en una viñeta en Facebook hace poco, esta denominada clase media es un peón de ajedrez que frente a un espejo se ve rey. Aunque es un sector muy castigado por las políticas neoliberales (en Argentina hubieron varias épocas como la dictadura post peronista, el gobierno de Frondizi, las dos dictaduras militares posteriores -1966/73 y 1976/83-, el gobierno menemista, el gobierno de la Alianza, y actualmente el gobierno de Macri) tiende a confiar más en estas políticas, porque, aunque por lo general posee mayores herramientas intelectuales para analizar la realidad, es más fácilmente colonizable por la acción de los medios de comunicación hegemónicos, en virtud del imaginario social instituyente al que hacíamos referencia, imaginario que solo se fractura en épocas de extrema presión económica y social (ejemplo en el 2001 en Argentina) pero que, en la medida en que tiene una situación económica más desahogada, vuelve a reconstituirlo. En general es portadora de una vana ilusión, creer que puede asimilarse a los sectores más concentrados de la burguesía, así, este sector fue el que clamaba por la libertad de comprar dólares (cuestión que solo beneficia a los sectores más concentrados con capacidad de ahorro en dólares) cuando no tiene, o tiene una capacidad ínfima de ahorro en dólares. Finalmente, en la base de la sociedad están los trabajadores, que son los que no tienen ninguna propiedad de medios de producción y su única capacidad de subsistencia reside en la posibilidad de la venta de su fuerza de trabajo. Para ellos las políticas neoliberales son como el veneno de un alacrán, que invade todo su corpus social y que indefectiblemente tiende a arrebatarle los derechos conseguidos en épocas de bonanza. Ejemplo de ello son la reducción de salarios, el aumento de la edad jubilatoria, sistemas previsionales basados en la utilidad económica y no en la necesidad de los usuarios, perdida de las fuentes de trabajo, maltrato laboral que conduce a nuevas enfermedades laborales (moobing, burn out, acoso moral, acoso laboral, síndrome de desgaste por apego, workholic, etc.) y fundamentalmente hambre y miseria por la menor participación en la riqueza producida. En Latinoamérica, durante años de penetración ideológica, se ha constituido un imaginario social instituyente, que forma parte del imaginario de la burguesía y la asiste en su tarea de colonización y dominación de los extractos de clase más bajos (burguesía pequeña, pequeña burguesía y trabajadores) que es la idea de la pertenencia al llamado primer mundo. Para pertenecer al primer mundo hay que desarrollar políticas de control monetario, reducción del déficit fiscal, reducción de la inflación, equilibrio de la balanza de pago, políticas monetarias restrictivas que hacen uso del aumento de los tipos de interés, reducción de la carga impositiva a los más ricos, libertad absoluta de comercio con el mundo, levantamiento de las barreras importadoras y exportadoras, liberalización del tipo de cambio, regulación de la economía por el mercado, etc. Lo curioso es que nadie se pregunta sobre la aplicación de estas recetas en el llamado primer mundo donde por ejemplo existen políticas proteccionistas, barreras arancelarias, control del flujo de inversiones, control de cambios, control de las utilidades empresariales, impuestos progresivos a la renta etc., para sostener el nivel de vida de sus ciudadanos, y para lo cual contribuye la exacción a los países con menores índices de desarrollo. Un ejemplo de esto último es las grandes masas de fuga de capitales que se han verificado en América Latina en los últimos 100 años producto de los envíos de remesas de utilidades a las empresas matrices, especulación financiera, etc., lo que necesariamente, y por imperio de las ideas del Consenso de Washington y la Trilateral Comissión primero y del Fondo Monetario Internacional después (que no son otra cosa que las teorías del neoliberalismo económico enunciado con mayor claridad por la Escuela de Chicago), con el consiguiente empobrecimiento y abandono de los sectores más pobres de las sociedades latinoamericanas. Es un proceso que tiene matices parecidos al saqueo perpetrado por España, Inglaterra, Francia y demás potencias coloniales cuando se apropiaron de las riquezas de este continente en beneficio propio. En los últimos 100 años América Latina ha producido más riquezas que todo el mundo “desarrollado”, sin embargo, ha aumentado la pobreza, se han perjudicado las condiciones de vida de los más vulnerables y se ha reprimido ferozmente a todos los que se rebelaron contra la injusticia y la explotación. Hoy América Latina intenta ponerse de pie de la mano de gobiernos populares que constituyen un polisémico mosaico de partidos y organizaciones que se agrupan bajo el nombre genérico de “Nueva Izquierda Latinoamericana” y que buscan reivindicar a los más vulnerables, como es el caso de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Ignacio Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Michelle Bsachelet y Ricardo Lagos en Chile, Tabaré Vásquez y José Mujica en Uruguay, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén en El Salvador y Fernando Lugo en Paraguay y que mediante la implementación de políticas económicas heterodoxas y programas sociales de inclusión han logrado en los últimos 20 años disminuir la pobreza y mejorar las condiciones de vida . Lo curioso es que muchos de los sectores de la pequeña burguesía revolucionarista ve con desconfianza o rechaza a estos gobiernos (criticándolos como populistas) y apoya a los gobiernos de derecha como es el caso de muchos intelectuales que hasta hace poco se definían como progresistas o de izquierda y que hoy apoyan sin tapujos el brutal ajuste de Macri en Argentina, actitud solo explicable en términos de la mediatización que estos sectores tienen con la producción, de sus imaginario social instituyente y del odio o desconfianza hacia los movimientos populares y a los sectores más pobres de la sociedad. Repito lo que dije en mi anterior entrada, el capitalismo no es ni el mejor, ni el último sistema socioeconómico de la sociedad humana, es un sistema injusto que hay que tratar de derribar, pero que esa tarea tal vez lleve mucho tiempo, pero vale la pena intentarlo. Hasta la próxima

miércoles, 6 de abril de 2016

El hoy de aquellos jóvenes de ayer (La parábola del hombre blanco)


Los años setenta fueron pesados, muy pesados, un dato interesante es que la derecha del movimiento estudiantil la constituían los llamados partidos reformistas (el Partido Socialista Popular y el Partido Comunista) todo el resto del espectro universitario se reunía bajo lo que genéricamente se llamaba la izquierda revolucionaria. En los setenta, con las sucesivas rupturas de los partidos que participaban de este sector, surgieron una serie de agrupaciones de base fundamentalmente estudiantil (aunque en algunos casos con referentes obreros) que se agruparon bajo la designación de izquierda socialista), Las diferencias entre ambos sectores eran respecto al tipo de revolución (democrático burguesa o socialista), a la caracterización económica y política del país (estado capitalista con formaciones semi feudales que implicaban una fase de construcción burguesa o capitalismo que no implicaba más que la revolución socialista) y estado dependiente económica y políticamente del imperialismo o estado capitalista independiente en lo político con una dependencia económica y financiera. O sea, que el último sector en surgir era el más radicalizado. En él, participaban en Rosario, grupos como el Socialismo Revolucionario, el Grupo de Izquierda de Acción Revolucionaria, Alternativa Socialista y otros. Aquellos jóvenes de los setenta, no creían en la democracia que llamaban burguesa (representativa o de procedimientos) y preconizaban una democracia sustancial o directa. En algunos casos se tenía como objetivo la necesidad de lograr la máxima ampliación de la democracia burguesa, esos jóvenes eran profundamente anticapitalistas. En el marco de la dictadura que fue de 1966 a 1973 estos grupos se desarrollaron creciendo en número de militantes y en ideas, y en la medida en que crecían, se convertían en grupos más fundamentalistas. Con la llegada de la democracia en 1973 reaparecieron los llamados partidos burgueses que habían estado en el freezer durante la misma y coparon la arena política. Las elecciones de 1973 pusieron de manifiesto la supremacía de estos partidos y la incapacidad de la izquierda para responder a las nuevas condiciones políticas, algunos grupos hablaron de la trampa burguesa que llevaba a votar cada cuatro años al opresor de turno y tuvieron como estrategia la abstención, el voto en blanco o la impugnación del voto. Algunos grupos de la izquierda revolucionaria optaron en gran medida por participar, pero con magros resultados (rara vez superaron el 2 o 3% de los votos). Los grupos de la izquierda socialista que en un momento habían congregado a multitudes de miles de jóvenes en sus actos asamblearios se disgregaron, los militantes desertaron y hacia fines de 1975 poco y nada quedaba de ellos. La dictadura completó esta acción matando o desapareciendo a los militantes que quedaban u obligando al exilio (interno o externo) al resto. En 1984 los sobrevivientes de estas agrupaciones ya habían mutado, eran profesionales exilados que volvían con los oropeles conseguidos en Europa y sus sueños revolucionarios de los sesenta y los setenta se habían transformado en sueños socialdemócratas de búsqueda de una sociedad más justa. Alfonsín se convirtió en un líder que tuvo un efecto imán sobre estos jóvenes radicales de ayer, su discurso, sin llegar a ser socialista tenía un contenido democrático profundo, que recordaba a la experiencia de Illía. Por otra parte, el peronismo había elegido mostrar su cara más siniestra, copado claramente por la derecha del movimiento, lo representaban personajes como Luder y Herminio Iglesias entre otros. El alfonsinismo no defraudó las humildes expectativas de la izquierda que lo seguía, el juicio a las juntas, un programa económico keynesiano enunciado por el ministro Grispún, la democratización de la universidad, el Programa Alimentario Nacional, eran medidas que llevaban a pensar en una primavera capitalista luego del crudo invierno genocida del 76 al 83. Fuimos muchos los que en distintos niveles participamos en la estructura de gobierno del radicalismo alfonsinista. Algunos como Portantiero, Nun, Aricó y otros participaron en la estructuración del discurso democrático alfonsinista que tuvo su punto más alto de enunciación en el discurso de Parque Norte que elaborara el Grupo Esmeralda que contaba con la participación de Portantiero, Giussanni y otros. En la universidad, claramente gobernada por el sector más de izquierda del alfonsinismo, la Junta Coordinadora Nacional algunos veíamos como posible la transformación política y científica de la misma sobre la base de principios, de autonomía y cogobierno, que hacia 1986 se comenzaron a plasmar en decanos, rectores y consejos directivos elegidos por el voto democrático de docentes, estudiantes y graduados (en algunas universidades se incluiría a no docentes) Es curioso como algunos de los emigrados mantenían el discurso decimonónico de la izquierda y veían la participación en esferas de gobierno como un pecado de lesa humanidad y traición al socialismo, yo mismo conservo una carta de una militante que luego de solicitarme un trámite de aval que realicé me criticó por mi participación en la gestión de la universidad y dijo que conmigo no quería tener nada que ver, a pesar de haber sido amigos de cenar juntos. A algunos la palabra socialdemocracia nos producía cierto escozor, impregnados de la doctrina leninista de confrontación entre comunistas y socialdemócratas en Europa, veíamos a estos últimos como reformistas al servicio del mantenimiento del sistema capitalista. En la diáspora de la izquierda fuimos aislándonos y cada uno fue adhiriendo a un sector tradicional de la política argentina (peronismo, radicalismo, socialismo) y algunos nunca adherimos a ningún partido en particular. La izquierda revolucionaria continuó sosteniendo sus viejas estructuras e ideas porque gozaban de una mayor y más afianzada estructura organizacional que resistió a la dictadura en la clandestinidad y reapareció en la legalidad durante el alfonsinismo. Con el tiempo comencé a tener novedades de los viejos compañeros de ruta, algunos alfonsinistas, otros adhirieron al menemismo en sus inicios, pero muchos de ellos comenzaron a desarrollar su vida profesional ligados a grandes empresas o con importantes carreras profesionales. Muchos de los migrantes en democracia se insertaron en empresas europeas y tuvieron altos cargos de gestión en las mismas, otros llegaron a ser CEOs de corporaciones en Argentina, algunos desarrollaron estudios de arquitectura exitosos, otros participaron en ministerios de gobiernos socialistas, radicales o peronistas, socialistas o radicales, aun los más extremista mutaron y aceptaron la colaboración con las estructuras de gestión del capitalismo. La universidad fue un espacio de trabajo privilegiado para los sectores de la izquierda, ya que, si bien puede decirse que la democracia representativa burguesa funcionó con escasa represión y sin proscripción desde 1983, en la universidad es el espacio privilegiado de la libertad de expresión y de enseñanza. No creo recordar ningún caso de persecución por las ideas políticas o por las adscripciones ideológicas académicas en la universidad (por lo menos con una gran seguridad en la UNR y con menor conocimiento en otras universidades). Han existido hechos de violencia contra periodistas, manifestantes, sindicalistas (por dar algunos ejemplos el asesinato de Kotecky y Santillán, la muerte del periodista Cabezas, de Mariano Ferreyra, de Fuentealba, entre otros) pero no fue la represión indiscriminada el leiv motiv de estos años. Los militantes de izquierda como Jorge Altamira, Miryam Bregman, Silvia Vilches, Nicolás del Caño, Nestor Pitrola, Marcelo Ramal participaron sin censura en los programas de televisión y radio, la represión a manifestaciones obreras y piqueteras fue casi nula durante los años del kirchnerismo. En otras presentaciones he afirmado que el principal problema de la izquierda para participar en la política en épocas de democracia representativa reside en la falta de una teoría de la democracia y el estado adecuada a los tiempos post modernos, si uno observa las presentaciones televisivas de los integrantes de partidos marxistas puede constatar que los expositores solo proponen medidas declamativas o reivindicativas, pero que no aportan soluciones concretas a los problemas de los trabajadores hoy (desempleo, bajos salarios, trabajo informal, trabajo en negro, vivienda, educación, salud, etc.). No recuerdo que ningún partido de izquierda haya presentado en democracia un programa completo de transformación social en el marco del estado capitalista como ocurriera en Suecia y demás países nórdicos en las décadas del 30, 40, y fundamentalmente en la post guerra. En Alemania, el programa del partido socialdemócrata constaba de unas 50 páginas (lo conservo) en los 70 y abarcaba la acción del gobierno socialdemócrata en todas las áreas del estado. Mientras esto ocurre con los partidos marxistas de la corriente revolucionaria de los 70, los de la corriente socialista desaparecieron literalmente, y sus militantes, como afirme más arriba hoy son CEOs de empresas, Ministros, profesionales exitosos, algunos todavía interesados en la problemática de los más vulnerables, otros, migraron hacia corrientes más de derecha y hoy es común ver a viejos militantes de estas formaciones como militantes del PRO o defendiendo las posturas de este sector político. La amiga a la que me refería arriba y que cuestionara mi participación efímera en la gestión de la universidad alfonsinista hoy en Facebook afirma que: “En estos días de FB mi muro se ve inundado de insultos y descalificación contra el nuevo gobierno de Argentina, porque los ajustes incluyen devaluación, despidos, aumento de los precios de las tarifas, transportes, etc…….Porque a quien se le ocurre, que mientras todo el mundo mundial paga las tarifas a un precio estándar, los argentinos tienen que tenerlas subvencionadas……..Mientras que todo el mundo mundial tiene una tarea para diversificar lo que come (ya se sabe, la comida es un arma de dominación de las masas) los argentinos se vuelven agresivos porque no pueden pagar la carne (que se encuentra ahora mismo, después de los aumentos, a un precio que -desde hace generaciones—ningún europeo, estadunidense o asiático, ha tenido la suerte de pagar jamás……Y no entiendo como los argentinos no recuerdan que no hace ni 2 años también el gobierno de CF llevó a cabo una devaluación del 40% y nadie salió a la calle. No son las personas que dirigen el gobierno a las que hay que combatir (si han ganado por voto democrático y no han delinquido) sino sus políticas de corrupción institucionalizada y de fraude económicos………..El nuevo gobierno -sin que esto signifique mi aprobación, ni que todo lo que hace lo haga bien- hace lo que tiene que hacer en un mundo global, donde, las relaciones con el mundo son imprescindibles y las nacionalidades no tienen cabida, por lo menos de la forma sentimental que aman los argentinos….” Este discurso PRO es el mismo que enuncian los medios concentrados de comunicación, fundamentalmente los grupos Clarín y La Nación, igual al de Rajoy en España, Merkel en Alemania, Camerón en Gran Bretaña. Obama en EE.UU., es el discurso del hombre blanco que no entiende que en Latinoamérica un salario mínimo es de 50 a 100 dólares (en argentina es de 400 gracias a las políticas de consumo de los últimos 12 años) cuando en España, caso que conozco un poco es alrededor de 1000 Euros, unos 18.000 pesos argentinos, es decir el triple, no se entiende que en tres meses tuvimos una inflación reconocida por el gobierno de más del 20% (anualizada sería de más del 60%) y los salarios aun no aumentaron(o sea que el gobierno de derecha ya le comió gran parte de sus ingresos a los trabajadores por medio de la inflación), hubo una devaluación del 50% y eso impacta en toda la economía, las tarifas aumentaron entre un 300% y un 700% y eso impacta en los bolsillos de los más vulnerables, hay detenciones de líderes populares arbitrarias, represión violenta a manifestantes, tiroteos contra actos de la oposición, despidos masivos injustificados, persecución a medios y periodistas opositores al gobierno y todo eso en el marco de una serie de medidas que aumentan las ganancias de los más ricos como la baja de las retenciones al agro, a las exportadoras, a las mineras, a los grandes conglomerados industriales que viven del mercado externo, reducción de los impuestos a los autos de alta gama, en definitiva una gigantesca transferencia de recursos de los más pobres a los más ricos. Además, se beneficia con contratos jugosos de obras públicas a amigos del presidente como Caputo, al grupo Clarín, etc., a la vez que se clausuran programas como el de salud reproductiva, conectar igualdad, se da de baja a prestigiosos científicos en los centros tecnológicos como ARSAT, INTI, INTA, Atucha, se desmantela Tecnópolis, y la frutilla del postre es la aparición del nombre del presidente en Panamá papers, la investigación de un consorcio de periodistas de diferentes medios internacionales sobre el uso de empresas off shore para lavar dinero y evadir impuestos, donde Macri aparece como presidente o director al menos en tres empresas en Panamá que datan de la época en que él era ya jefe de gobierno de Bs. As. En el discurso del hombre blanco no hay lugar para sentimentalismos porque el sufrimiento de la gente no importa, como no importa que los intendentes del conurbano bonaerense tengan cada día más pedidos de copa de leche o útiles escolares, o que los comedores escolares comiencen a no dar abasto, cosa que no ocurría desde el 2001. El hombre blanco piensa que hay que pagar la luz a precio internacional, pero no medita que la mitad de los argentinos no la puede pagar porque el sueldo o los ingresos no les alcanza ni siquiera para comprar comida todo el mes. Poco importa que el gas se vaya por las nubes, que el transporte sea carísimo (el colectivo que tomo para ir de Roldán a Rosario, unos 13 km. Pasó de los 13 pesos en 2015 a los actuales 27 pesos, un poco más de 1,5 Euros y un ómnibus de Rosario a Bs As, 300 km, cuesta 370 pesos, unos 200 Euros) el hombre blanco reclama que debemos ingresar al mundo globalizado y si a los trabajadores no les alcanza para el bus, entonces que caminen, si no tienen para el gas que cocinen con ramitas, si no tienen para el alquiler existe toda una gama de villas de emergencia con hermosas casitas de cartón o chapas levantadas en el cirujeo donde se pueden ir a vivir. Poco le importa que haya cada vez más pobres durmiendo a la intemperie porque no tienen ni siquiera una casilla donde dormir o que cada vez se vean más revolviendo los conteiner en busca de desechos alimentarios u objetos para comerciar y así poder comer con lo que consiguen por su venta. Tampoco importa que se paren las obras que además de dar trabajo a millones garantizaban empezar a pensar en el saneamiento ambiental, en el control de las inundaciones, en la circulación. Si los trabajadores se quedan sin empleo es el costo de vivir en este paradisíaco mundo capitalista que constituye la única opción de organización social. Este pensamiento único olvida que ese mismo argumento lo tenían los esclavistas, los feudales y si no hubieran existido Espartaco, Cicerón, Sócrates, Rousseau. Voltaire, Smith, Ricardo, Marx, etc., hoy el hombre blanco diría, la sociedad es esclavista, si, el esclavismo es malo, sí, pero es lo mejor que hay, o es lo único que hay. Pero no todos los integrantes de la izquierda socialista devenimos en hombres blancos, algunos nos mantuvimos en nuestro pensamiento, por supuesto que no es el mismo de los setenta, que cambiamos, que pudimos cometer errores, pero seguimos pensando en una sociedad solidaria, igualitaria, fraternal y seguimos pensando que el capitalismo debe abolirse, que el trabajo asalariado no debe existir, que todos deben tener vivienda digna, luz, agua corriente, gas, vacaciones, educación, salud y todo ello custodiado por un estado al que le preocupa más su gente que el mundo global de los avariciosos y codiciosos capitalistas que solo piensan en acumular poder y dinero. Somos los que pensamos que la democracia burguesa representativa no es la única forma de organizar la política, que existen ya hoy formas de democracia directa y semidirecta, y de gestión colectiva del estado. Somos los que pensamos que la utopía es la guía de la ilusión y que no todos son iguales, hay algunos políticos que como un faro decidieron construir para su gente, aunque se haya equivocado, pueden haber errado el camino, pero ellos también aportaron al cambio social, y no los llamamos populistas, los llamamos populares. Yo no soy kirchnerista, mucho menos peronista, pero he aprendido a no odiar a los peronistas como me inculcaron durante los años de opresión y he aprendido a valorar lo que ellos hicieron por nosotros, como lo hizo Illía, Alfonsín y otros políticos burgueses, al fin y al cabo nuestros máximos íconos, los padres fundadores, San Martin, Belgrano, Alberdi, Sarmiento, y tantos otros eran también políticos burgueses, buscaban construir una sociedad capitalista y también se equivocaron, también a veces erraron el camino pero los queremos por lo que nos dieron, y señores, aunque sé que al hombre blanco no le va a gustar, don Néstor y Cristina en Argentina, como Chaves en Venezuela, Evo morales en Bolivia, Alan García en Perú, Rafael Correa en Ecuador, Ignacio Da Silva (Lula) y Dilma Rousseff en Brasil, Fernando Lugo en Paraguay, José Mujica y Tabaré Vázquez en Uruguay y Michelle Bachelet en Chile, América Latina creció y tuvo felicidad porque la gente tuvo lo que los europeos y americanos por siglos les negaron, y en Argentina conquistamos durante los doce años del kirchnerismo una multitud de derechos sociales y económicos. No todos somos iguales, y no estoy solo, todos los miércoles me reúno a comer con mi amigo Miguel (desde ahora lo llamaré los almuerzos de los sobrevivientes) y hablamos, como lo hacemos con muchos otros, de política, economía, sociedad, vida cotidiana, en fin de todo y tengo la alegría de encontrar un partener que como yo continúa sosteniendo los ideales de la juventud, que puede ser crítico y autocrítico, pero que nunca traicionó sus ideas y por eso lo valoro, por su coherencia, por su sensibilidad, por no aceptar ser el hombre blanco moderno, Resistimos porque no queremos ser como el hombre blanco de jóvenes incendiarios y de viejos bomberos. Hasta la próxima.