sábado, 31 de diciembre de 2016

El paraíso terrateniente.


A lo largo de nuestra historia como país independiente la burguesía argentina ha tenido en común un interés estratégico, el dominio del capital sobre el trabajo. En este canon coinciden todos los burgueses, la propiedad privada es sagrada, derecho que les garantiza usufructuar su posición de privilegio como dueños de los medios de producción. Mao sostenía que para analizar la estructura social de un determinado país y sus connotaciones políticas era necesario determinar dos tipos de contradicciones, la contradicción secundaria que es la que puede existir entre diferentes sectores de una misma clase social y que por lo tanto es resoluble en el marco del modo de producción y la contradicción principal que es la existente entre diferentes clases sociales y que solo es resoluble por medio de una revolución social, de un cambio copernicano que transforme las estructuras societarias. Hubo un momento muy importante en la historia argentina, que Milciades Peña, el conocido escritor e historiador trotskista, denomina el paraíso terrateniente. En este período, que genéricamente va desde la revolución de mayo hasta fines del siglo XIX, la burguesía argentina funcionó como un solo bloque en el que los terratenientes ganaderos eran hegemónicos. Si bien había otros sectores, como la burguesía comercial porteña, o algunos nodos de artesanos productores en el interior del país, estos no tenían ni la fuerza política ni económica para hacer frente a la gran burguesía terrateniente reunida en torno a la Sociedad Rural Argentina. Es un momento de gloria para este sector que hacía muy buenos negocios exportando carneas y productos primarios al mundo, especialmente a Gran Bretaña, esa burguesía, que Sarmiento denominó la oligarquía con olor a bosta de vacas, tenía un proyecto de país para unos pocos, en el que la industria no tenía ningún espacio. Los nombres arquetípicos son muy conocidos en la historia, Alzaga Unzúe, Patrón Costas, Menditeguy, Martínez de Hoz, Anchorena, Mitre, Pérez Compan, Menéndez Behety. Ocampo, etc. En el siglo XIX fueron los que tuvieron un poder omnímodo y basaron su patrón de acumulación en la explotación de los peones rurales, y en la persecución de los gauchos que, aunque con ingenuidad, se rebelaban a su poder. Es un momento en el que la burguesía cumple el rol de gerenciamiento de los intereses imperialistas, particularmente los británicos, como quedó demostrado en la guerra contra el Paraguay industrial y pujante. El Dr. Francia inició un proyecto industrialista que llevó al Paraguay a ser el primer país de América que producía hierro en altos horno. Este fue un proyecto de una burguesía inteligente que continuaron los sucesores de Francia. El Paraguay de los López era un pésimo ejemplo en América desde la óptica de los intereses británicos. Era un país rico, ordenado y próspero, se bastaba a sí mismo y no necesitaba productos manufacturados provenientes de Inglaterra. Abastecía de yerba y tabaco a toda la región y su madera en Europa cotizaba alto. Veinte años había durado la presidencia del padre, don Carlos Antonio López, hasta su muerte en 1862, al que continuó su hijo el Mariscal Francisco Solano López. Las oligarquías nativas sumisas al imperio inglés, no solo inventaron una guerra, la guerra de la triple alianza, sino que cuando entraron en Paraguay arrasaron el país que a partir de entonces quedó sumido en la más profunda de las miserias y atraso. Eran tiempos del fraude y la represión a cualquier intento de diferenciación política. Felipe Varela, el Chacho Peñaloza, caudillos del interior pagarán con su vida la rebelión contra el poder de la burguesía ganadera de Bs. As. Recién en el último cuarto de siglo comienzan a aparecer ideas diferentes enunciadas por intelectuales del propio riñón de la oligarquía. Sarmiento y Alberdi definirán un programa industrial en un país que no tenía industrias. Ambos visualizarán la necesidad de logran atraer a los obreros industriosos de norte de Europa para crear una masa crítica de trabajadores industriales. El problema fue el mismo que el que relata Marx cuando se refiere a Mr. Peel, industrial ingles que tuvo la idea de poner una fábrica sobre el río Swan, llevando obreros y máquinas, pero cuando llegaron al destino los obreros vieron las tierras libres y abandonaron a Peel y comenzaron a labrarlas. Marx dice pobre Mr. Peel no entendió que el obrero lo es porque está dentro de un sistema social en el que no puede poseer medios de producción, pero cuando los tiene a mano abandona esa condición. Los obreros que venían de Europa (fundamentalmente Italia, España) ante la inmensidad de la pampa se lanzaron a colonizar las tierras vírgenes. Un puñado de ellos, emparentados con las labores industriales comenzaron a fundar fábricas como, Cambaceres, Biecker, Terrabussi, Canale, Hergo, Franchini, Maderoff, etc., y que en 1887 fundan la Unión Industrial Argentina. La inmigración, el desarrollo de un sector profesional necesario para abastecer de cuadros de dirección a las nuevas empresas, la constitución de una masa de obreros industriales hace surgir nuevas clases en argentina, las que originariamente serán representadas políticamente por dos grandes partidos, la Unión Cívica Radical y el Partico Socialista Argentino. Surgen entre los sectores burgueses tradicionales agrupados en los partidos conservadores y la Sociedad Rural Argentina, y los nuevos sectores burgueses medios y pequeños burgueses contradicciones secundarias que no siempre serán resueltas por la vía pacífica, como ocurrió con la revolución del parque en 1890 y el levantamiento radical de 1905. El centenario encontró una Argentina tan convulsionada que los festejos fueron en el marco del estado de sitio. El siglo XX se caracterizó por el ascenso de las mal llamadas clases medias representadas primero por el radicalismo y luego por el peronismo. Estos movimientos de profunda raigambre popular concedieron nuevas libertades y derechos a los trabajadores sindicalizados y la argentina se convirtió en un país en el que el ascenso social era posible. Entre 1916 y el final de siglo XX se sucedieron períodos de democracia representativa burguesa y dictaduras militares o democracias tuteladas. Mientras en los primeros los sectores subordinados de la sociedad adquirían derechos en base a su conciencia “en si” (que son una clase social) motor de sus movilizaciones y luchas reivindicativas, los golpes y dictaduras militares abrogaban esas conquistas y volvían hacia atrás la rueda de la historia. Desde 1984 asistimos a un período inédito en la historia argentina de 32 años ininterrumpidos de gobiernos democráticos y representativos, algunos de los cuales, Alfonsín y Kirchner respondieron a las matrices radicales y peronistas de origen popular y democrático y otros como los de De La Rua y Menem fueron cooptados por la derecha conservadora. La novedad que se instaura en 2015 es la de un gobierno conservador en el que los empresarios ganan el poder por elecciones. Macri representa lo que en el decir popular se llama el país atendido por sus dueños. Por primera vez el poder real (económico) coincide con el poder formal (político) y se comienza a ensayar un programa de restauración conservadora con el que se pretende recomponer la gloria del paraíso terrateniente. No es casual que las primeras medidas del macrismo se orientaran a beneficiar a los terratenientes, al capital financiero, a las mineras y los exportadores, que constituyen la base económica de su gobierno, en detrimento de las conquistas obtenidas por los sectores trabajadores y profesionales durante los doce años de gobierno kirchnerista. Lo peligroso de esta restauración es que no se limita a una nueva redistribución de la riqueza, sino que ha cooptado al poder judicial y ha judicializado la política, poniendo en marcha un dispositivo de persecución contra los opositores políticos, que aunque originalmente revista el ropaje de persecución del kirchnerismo, en poco tiempo se mostrará como un amplio plan destinado a conculcar los derechos de los trabajadores y la libertad de expresión de aquellos que no aceptan el sometimiento a la gran burguesía conservadora en esta moderna alianza de los capitalistas terratenientes, exportadores y capitanes de la industria, que reúnen a la gran industria que hace negocios con el estado y la obra pública. Por primera vez en 32 años la argentina tiene presos políticos, se reprime ferozmente las protestas obreras, se persigue a opositores, se domestica al aparato de justicia para ponerlo al servicio del gobierno, y se busca eliminar conquistas históricas como paritarias, agremiación libre, generar contratos de trabajo basura, aumentar la precariedad laboral, etc. Este paraíso terrateniente lo es para unos pocos (menos del 10% de la población) o para aquellos que ingenuamente se identifican con sus verdugos y creen en el derrame de la riqueza concentrada en un bajo porcentaje de los ciudadanos. Los medios de comunicación se han monopolizado y en ellos solo se puede escuchar las voces de amanuenses o sicarios de la palabra al servicio de sus patrones y tapan los desaguisados del gobierno y los actos de corrupción generalizados que comenten los funcionarios estatales. En argentina tenemos un estado que se está corrompiendo hasta la médula en donde su presidente es evasor fiscal, contrabandista, coimero, etc. Esta corrupción generalizada ha llevado a aumentar la deuda externa a niveles preocupantes y el déficit fiscal producto del desmanejo e los fondos públicos para beneficiar a unos pocos creando una situación de dificultad crónica para. además de los habitantes actuales, a las generaciones futuras. Solo la movilización popular podrá derrumbar el paraíso terrateniente como ya lo hizo en otros momentos de nuestra historia. Hasta la próxima.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Gerardo y Milagro.


Desde hace unos días una duda recorría mis debilitadas neuronas, ¿Por qué Gerardo Morales odia tanto a Milagro Sala? Sería un error de análisis superficial considerar que la odia por ser su adversaria, menos aún por ser kirchnerista o peronista. Si fuera un odio político, más debiera odiar al “perro” Santillán que, por lo menos en un momento, fue comunista, y es sabido que la derecha odia y teme más a los comunistas que a los peronistas, con estos últimos puede hacer alianzas, como por ejemplo la que hizo con el Frente Renovador de Masa. El odio de Gerardo es mucho más profundo, discriminador y con una raigambre de clase. Por siglos los de su clase, bandoleros, contrabandistas, mercenarios, aventureros asolaron América a punta de pistolón y espada, mataron a los integrantes de los pueblos originarios que se les opusieron y esclavizaron a los que se sometieron. Curiosamente, esa esclavitud se basó en los preceptos de la iglesia, esclavizar era entonces sinónimo de cristianizar, y como hay, la oligarquía les ofrecía a los pueblos originarios un mundo extra terrenal en el gozarían de todo lo que estos bárbaros les arrebataban por la fuerza. La mita, el yanaconazgo, la encomienda eran parte de las herramientas jurídicas con las que los colonizadores sometieron a nuestros pueblos originarios. El tema de Gerardo me empezó a dar vueltas en la cabeza cuando volví a ver “Los santos inocentes”, esta película fantástica narra las condiciones de explotación y servidumbre a las que fueron sometidos los obreros rurales españoles hasta entrada la década del 60´. En uno de sus pasajes narra una reunión de burgueses agrarios donde una persona joven, dueño de un cortijo, afirma no entender a los jóvenes (explotados) de su época (entre las décadas del 50´ y el 60´ cuando España comenzaba a despertar de la larga pesadilla franquista). Estos jóvenes trabajadores rurales no respetaban las jerarquías y migraban a las grandes ciudades en busca de oportunidades. La sociedad es jerárquica, afirma el terrateniente, esto es el orden natural, como no lo pueden entender. Allí encontré la clave para comprender el odio enfermizo de Morales a Sala. No odia a Milagro, ella es tan solo un símbolo de una etnia que ya no está dispuesta a seguir siendo explotada por los señoritos que por siglos los humillaron. Milagro es una para Morales la representación del miedo que sienten estos sectores parásitos, que en su vida supieron lo que es trabajar, lo que es sentir el hambre de sus hijos, sentir como mueren de enfermedades prematuras o curables por falta de una medicina social al servicio de los más vulnerables y que hoy toman conciencia de sus derechos y dicen a voz de cuello, “no más”, que se movilizan para luchar por sus derechos, por la tierra que los oligarcas les robaron, por sus creencias, en definitiva por su dignidad humana, y los Morales temen, temen como teme el tirano que durante años usurpó el poder y siente que este se le está diluyendo de las manos como la arena seca. Morales no es Morales, es también una representación social de una clase que durante la colonia usufructuó derechos ilegítimamente obtenidos a punta de pistola y que después de la revolución de mayo sacralizó en la constitución, donde se preocuparon porque la misma respetara la santidad de la propiedad privada, el privilegio de las elites explotadoras y sus derechos omnímodos sobre las clases sometidas, en gran parte del norte argentino perteneciente a las etnias originarias. Morales odia que una “sucia india” como ellos mencionan a los pueblos originarios, se haya atrevido a pensar por sí misma, asumiendo conciencia de clase para sí, que salga a la arena política a disputarle el poder a los de su clase parásita. Y más aún, Milagro se atrevió no solo a discutir lo “natural” para Gerardo, la jerarquía social, la estructura piramidal en cuyo vértice están los que mandan y gozan de la riqueza y en la base los que obedecen y nada tienen. Cuando era joven se contaba en Gálvez, la ciudad mediterránea de Santa Fe en la que pasé mi infancia, que un día un peón de estancia fue a la casa de su patrón, un rico estanciero, y le solicitó humildemente un aumento de su salario, porque con la miseria que le pagaba no podía vivir, el estanciero, no dijo nada, entró a la casa, salió con una escopeta de dos caños, y le descerrajó dos balazos y lo mató en el acto. Por supuesto, como el estanciero sabía, estuvo muy poco tiempo detenido, que vale la vida de un obrero, que importa que haya muerto, importa que se atrevió a cuestionar, aunque mínimamente, el poder del estanciero y este en su “derecho natural”, lo mató. Esta es la matriz de pensamiento de una burguesía agraria atrasada y conservadora que perdura en el norte argentino, para ellos los trabajadores son nada y solo sirven para servirlos, pero cuando se organizan, forman un movimiento social, y más aún, demuestran ser excelentes gestores de los dineros públicos, en la primitiva conciencia de los conservadores, más que un avance, es una terrible afrenta. Como una “india” como Milagro se atrevió a construir viviendas dignas, escuelas para los suyos, piscinas, espacios recreativos, no se la podía dejar en libertad, si hasta se atrevió a ser electa diputada por el parlamento regional (el Parlasur), luego que pretendería, ser gobernadora, presidenta. Paremos la mano dijo Gerardo, se está subvirtiendo el orden natural, debemos encerrarla, pero no al cuerpo de Milagro, sino a sus ideas, Gerardo no comprendió que quiso decir Sarmiento cuando dijo “barbaros, las ideas no se matan” (ni se encierran agrego yo). Gerardo no comprendió que la democracia que el pretende instalar en Jujuy ya casi no existe en el mundo, y el mundo se volvió contra él, la ONU, la OEA, La Comisión Interamericana de Derechos humanos, Amnistía Internacional, constitucionalistas que supuestamente son de su palo como Roberto Gargarella, o periodistas adictos al neoliberalismo como Joaquín Morales Solá, reconocieron el error de Gerardo, pero como dicen en Jujuy, Gerardo además de conservador es psicótico, y un psicótico no puede leer la realidad, y cada organismo, cada medio de prensa, cada jurista que cuestiona el encarcelamiento arbitrario de Milagro, es kirchnerista o está influenciado por el kirchnerismo, el mundo al que Gerardo quiere abrirse, al que quiere ingresar de la mano de Cambiemos, es un mundo kirchnerista, pequeño delirio, solo cabe una pregunta, no hay psicólogos o psiquiatras que en acto de humanidad lo traten a Gerardo, porque en Alemania un psicótico con delirios de grandeza terminó asesinando a propios y extraños y provocó una catástrofe de proporciones en la historia del siglo XX. Entendemos que Gerardo no es Hitler, es tan solo un pequeño cabo con pretensiones de Führer, pero su delirio puede llevar a que haga un desastre y por qué no, se corre el riesgo de que asesine a alguien, en primer lugar, a Milagro, la ley de fugas fue ampliamente utilizada en un pasado reciente en Argentina por estos sectores de la burguesía conservadora. Los que nos oponemos a la barbarie radical en Jujuy debemos considerar dos cuestiones, en primer lugar que cuando cuestionamos a un psicótico no valen las palabras, en su delirio Gerardo cree que solo él tiene la razón, y a los terratenientes jujeños les conviene porque con él hacen pingues negocios, y por lo tanto, es tiempo que pasemos de las palabras a los hechos, debemos hacer una marcha federal inversa, de Argentina a Jujuy. Todas las organizaciones democráticas y sociales como la CONADU, la CONADU histórica, CTERA, las CTA, los organismos de derechos humanos, madres, abuelas, etc., partidos de izquierda, movimientos piqueteros tienen la capacidad de organizar una gran marcha sobre Jujuy para pedir la libertad de Milagro Sala, porque tanto Milagro como Gerardo son dos representaciones fuertes y antagónicas de la Argentina, Milagro de la Argentina democrática y libertaria, inclusiva y solidaria, de reivindicación de los humildes, de los desheredados de la tierra, Gerardo de la Argentina oligárquica e invasora, parásita y explotadora, heredera de la dictadura genocida, amante de la muerte y la inequidad, insensible, corrupta, venal. Hoy los argentinos debemos decidir cuál de las dos argentinas queremos, pero debemos hacerlo en las calles jujeñas, lograr liberar a Milagro es romper nuestras propias cadenas, esas que el conservadurismo de Cambiemos está anudando a nuestro derredor, y entonces el himno nacional será una realidad “oíd el ruido de rotas cadenas” librándonos para siempre de los parásitos oligárquicos. Hasta la próxima.

domingo, 4 de diciembre de 2016

La falacia democrática.


En primer lugar, quiero dejar claro que la democracia burguesa, como la que hay hoy en Argentina es mucho mejor que una dictadura militar como las que tuvimos en nuestro país. Pero la democracia burguesa, tal como está expresada en nuestra constitución, es una verdadera falacia democrática. Así como hemos afirmado que la democracia griega era una democracia limitada, en ella no podían participar los esclavos, los metecos, las mujeres, etc., en nuestra democracia encontramos también límites, y si algo tiene de universal, es el voto, el único derecho democrático del que gozan todos los ciudadanos. La democracia en Argentina ha virado a un escenario meramente mediático, en el que solo transitan actores reconocidos y donde el ciudadano común tiene vedado su paso. Pregúntese el lector cuantas veces ha concurrido a manifestar su opinión a un set de televisión, o cuantas veces ha visto ciudadanos (de a pie, como dice la expresión común) en esos set. El carnicero, el obrero, el intelectual, el maestro, etc., raramente son portadores de la palabra en los medios de comunicación. Lo grotesco es esos programas que incitan al ciudadano a participar, y esa participación se reduce a enviar un mensaje de texto o de voz, que por supuesto, son cuidadosamente seleccionados por la producción del programa, no vaya a ser que en el montón se cuele una opinión que le pueda costar un dolor de cabeza a los que hacen el programa. En los programas televisivos, cuando hay ciudadanos comunes, están en la tribuna, no tienen voz ni participación, salvo cuando se los incita a aplaudir. Rara vez un programa invita a ciudadanos con problemas para que expresen su opinión, y son una rareza los conductores que le otorgan la palabra a estos ciudadanos. Las entrevistas callejeras con intencionadas, el movilero por lo general determina con su interrogatorio la respuesta, casi siempre hace preguntas que tienen contenidas la respuesta esperada. Cuando uno mira los programas “políticos” ve siempre a los mismos invitados, los que se repiten hasta el cansancio y realizan los mismos enunciados todos los días. No existe debate, porque el debate es respetar al que habla, escucharlo con atención y refutar lo que no se acuerda, en general, en estos programas solo hay una vocinglería que aturde, pero de la que el espectador no puede llegar a entender nada porque los políticos y periodistas asistentes se tapan unos a otros. Uno puede saber la tendencia del programa por los invitados que asisten, por ejemplo, “Animales sueltos” tiene un elenco estable de conservadores reaccionarios como Feinmann, De Pablo, Zunino, Santoro, Berenstein y el conductor que es un conservador reaccionario al servicio de los mandatos del canal, Alejandro Fantino. Es un claro ejemplo de posicionamiento reaccionario y de derecha, donde las únicas opiniones son las de los defensores de las políticas conservadoras y neoliberales que asolaron al país. Lo interesante es que periodistas, diputados, funcionarios, cuando hablan siempre dicen que hay que escuchar la voz del pueblo, lo que el pueblo pide, lo que necesita, y la pregunta es: ¿han visto alguna vez a alguien integrante de esa categoría difusa? El sistema democrático de Argentina se basa en lo prescripto en la constitución que dice que el pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de sus representantes. Ahora bien, que grado de representación tienen los representantes, si no existe ninguna ley que los obligue a cumplir con sus promesas de campaña. En la actualidad gobierna un señor que hace exactamente lo opuesto a lo que prometió en campaña, lo votan diputados que ganaron por un sector político diametralmente opuesto al del que gobierna y que luego que asumieron su cargo se convirtieron en más oficialistas que los oficialistas. Esos diputados, senadores, funcionarios, nunca dan cuenta a sus electores de lo que deciden, jamás consultan con ellos, más aún toman la decisión que se les ocurre o que se corresponde con sus intereses personales. Y por añadidura, no son votados por la gente, porque salvo algunos cargos ejecutivos en los que se vota directamente a una persona (Presidente, gobernador, intendente) en general los ciudadanos votan listas completas en las que no conocen a los que están (por ejemplo en Santa Fe votamos en una lista a alguien que vive en una ciudad de la frontera norte o sur a la que no vimos nunca, no conocemos, no sabemos cómo piensa y que una vez instalado en la cámara votará como le indique el jefe de la bancada, el ejecutivo, o se saltará de partido sin más ni más y recibirá una jugosa compensación por su cambio. Aun en escenarios de organizaciones más pequeñas y acotadas como por ejemplo las facultades los sindicatos, etc., donde hay órganos colectivos decisión y en las que tenemos al “representante” a una distancia de un brazo, estos consejeros, dirigentes no consultan sobre las decisiones que toman. y acá no importa el color político, se puede ser de derecha, centro o izquierda, siempre se seguirá la lógica del representante-representado. Pertenezco a una pequeña facultad de la Universidad Nacional de Rosario, la Facultad de Psicología, me ha desempeñado en ella como profesor durante 33 años, sin embargo nunca, y ello es taxativo, fui consultado para tomar una decisión de la facultad, nunca a mis colegas o a mí, a los estudiantes, graduados, no docentes se les preguntó si estaban de acuerdo con lo que se resolvía, los veinte consejeros que integran el consejo directivo hacen lo que les conviene a sus intereses o su facción sin consultar a los interesados, a los que sufrirán esas consecuencias. Y esta conducta fue visible durante todas las gestiones, aun las de “izquierda” como la que dirige la facultad desde 2015. La Universidad debería ser un espacio de debate por excelencia, sin embargo, es el espacio de clientelismo político, de arbitrariedad en las decisiones, de discriminación por las ideas, y en ello reside una de las causas de su notable declive de los últimos cincuenta años. En las democracias modernas, aun de claro carácter burgués, existen mecanismos de debate y decisión sobre problemas centrales a la vida ciudadana, de clara participación colectiva. Por ejemplo, en Italia, hoy se está llevando a cabo un referéndum para reformar aspectos de la constitución, no lo deciden algunos diputados, son todos los ciudadanos (en Italia y en el exterior) los que deciden aceptar o rechazar la reforma propuesta. En Gran Bretaña se votó el Brexit en un referéndum (sea bueno o malo es lo que decidieron los ciudadanos). Un ejemplo más cercano, Uruguay, mientras Menem privatizaba las joyas de la corona con una decisión inconsulta y autoritaria, los uruguayos fueron a un referéndum para vender su compañía telefónica (y rechazaron la venta). En los niveles municipales sería posible discutir y decidir sobre las cuestiones barriales de manera asamblearia, sin embargo, los políticos se oponen porque ello les quitaría parte de su poder omnímodo de representación, y por lo tanto haría más delgados sus bolsillos carentes de coimas y prebendas a cambio de su voto. Existen formas de democracia participativa, que hasta han sido aplicadas en algunos lugares del mundo y aun de nuestro país como la revocatoria de los mandatos. Es decir, si algún representante (presidente, gobernador, intendente, jefe comunal o legislador nacional, provincia o municipal) no cumple con sus propuestas de campaña, que es un verdadero contrato con sus votantes, cualquier ciudadano, que reúna una cantidad de avales, podría iniciar una acción de destitución, aun cuando le falten años para terminar su mandato. Para ello sería necesario que las propuestas más importantes de los políticos fueran registradas bajo declaración jurada y en manos de un notario. Aumentar la participación implicaría que los candidatos que se votan se correspondieran a zonas acotadas de la geografía nacional o provincial, de manera que sus propuestas referirían a la problemática de la región de origen. Es tan desconocida la identidad y trayectoria de muchos representantes que en una ciudad como Rosario de un millón de habitantes no conocemos a los concejales y no son conocidas las decisiones que toman. Una democracia participativa requiere también de un proyecto educativo que forme para la ciudadanía participativa. En las escuelas se les da a los alumnos una formación para la subordinación, para obedecer, para aceptar ser dominados, no se favorece el espíritu crítico-reflexivo. Ese estudiante que obedece sin criticar a su maestro, luego obedecerá a su patrón, a un gobernante, etc., sin cuestionamientos y la base de la vida social implica como punto de partida el cuestionamiento, no dar por verdadero nada, poner todo en tela de juicio, aun aquello que nos parezca más evidente. Vivir en una democracia participativa es más difícil para los dirigentes y más transparente para los dirigidos, pero es un camino que nos lleva al verdadero cambio social, sin falsedades ni hipocresías. Hasta la próxima.