domingo, 14 de febrero de 2016

Estado de situación.


La Argentina se encuentra en uno de los momentos más difíciles de su historia, no porque este inmersa en una crisis terminal de su economía, sino porque este es un momento de encrucijada. En otras oportunidades he referido al término crisis desde su real perspectiva etimológica (del latín crisis, a su vez del griego κρίσις) constituye un momento de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable. Aunque los cambios que sobrevienen a una crisis pueden ser previsibles siempre conllevan algún grado de incertidumbre en lo referido a su reversibilidad o profundidad. Si los cambios son profundos, súbitos y violentos, y sobre todo traen consecuencias trascendentales, van más allá de una crisis y se pueden denominar revolución. Las crisis pueden sobrevenir por razones lógicas de desenvolvimiento de una estructura o ser la consecuencia de las decisiones tomadas por un grupo social. Es muy difícil determinar el origen de una crisis y sus causas en el momento en que ocurren, dado que las acciones tomadas no necesariamente se corresponden con los objetivos e intenciones de quienes las toman, y las motivaciones permanecen ocultas tras una parafernalia de escusas y teorizaciones que no tienen relación con lo que está pasando. Las crisis no son puntuales, a veces duran unos días, meses, años, y su resolución es el producto de un conjunto de factores que concurren en un determinado momento, a veces aun sin la intervención de los actores sociales, y más aún, a pesar de su intervención. La última gran crisis en argentina fue la de 2001, cuando la agenda neoliberal caducó por la acción de las fuerzas económicas desquiciadas que llevaron a una alta tasa de desempleo (según Clarín del 26/07/2002 en Argentina había 3.036.000 desempleados: el 21,5% de la población económicamente activa. Y la subocupación llegó al 18,6%, esto es 2.630.000 personas o sea 40,1% de trabajadores con problemas de empleo, 5.666.000 trabajadores), secuestro de los ahorros privados de las personas de parte del Estado (el afamado corralito), endeudamiento persistente con el fin de satisfacer gastos corrientes, festival de cuasi monedas (15 provincias emitían sus cuasi monedas por más de 5000 millones de dólares), aumento de la pobreza y la indigencia a niveles inimaginables (52,8 % de pobreza y 22% de indigencia), las reservas del banco central habían casi desaparecido (estaban cerca de los 10.000 millones de dólares) y los ciudadanos salieron a las calles a manifestar su disconformidad con el estado de situación y fueron ferozmente reprimidos por el gobierno radical de De La Rua con un saldo de muchos muertos y heridos en ciudades del interior del país, totalizando 39 muertos como consecuencia de la represión en los dos días (20 y 21 de diciembre de 2001). La Argentina declaró, a través de sus representantes en el congreso, su quiebra y default de la deuda externa. En este punto álgido de la crisis neoliberal iniciada en los finales del menemato (Menem gobernó entre 1989 y 1999 en base a políticas neoliberales que continuó De La Rua) destacamos algunos hechos políticos hoy olvidados, pero que tuvieron una gran significación. En primer lugar, las consignas encarnadas en el pueblo en aquellos días eran “piquetes cacerolas, la lucha es una sola” que definía el llamado de la pequeña burguesía que salió a las calles a batir cacerolas para manifestar su angustia y desagrado ante una política económica que en la bancarrota se apropiaba de sus ahorros, a unir fuerzas con los desamparados sociales integrados en organizaciones piqueteras que venían resistiendo al neoliberalismo desde comienzos de la democracia. El segundo hecho de relevancia y que va de la mano del “que se vayan todos” es la aparición de las asambleas populares que reunían a ciudadanos enfurecidos que habían decidido deliberar (debatir) por sí mismos la problemática de un país que afectaba profundamente sus condiciones de vida. Estas asambleas se extendieron a diversos puntos del país y si no constituyeron un punto de descarga de una nueva organización política diferente a las tradicionales, y si no prosperaron fue, entre otros factores, fundamentalmente por la acción irresponsable y sectaria de algunos grupos de izquierda que volcaron sus aparatos político-partidario para coparlas, dejando como resultado la rápida extinción de las mismas. Estos dos hechos pusieron de manifiesto la desconfianza de las masas en los políticos de los partidos tradicionales y la búsqueda de nuevas formas de democracia, fundamentalmente la democracia directa. Si los partidos burgueses tradicionales pudieron reconstituirse fue porque en argentina no existió nunca un partido revolucionario capaz de organizar la rebelión de las masas en una estructura de consolidación del poder popular y construcción social transformadora. En el decir de Lenin existían condiciones revolucionarias objetivas, es decir, que los de arriba no podían gobernar como lo hacían, que los de abajo no querían seguir viviendo como vivían, y la existencia de una crisis económica objetivamente comprobable, pero que no era posible que se cuestionara el poder burgués porque no estaba presente la cuarta condición dada por Lenin, la existencia de una conciencia revolucionaria en las masas que se expresara en un programa socialista de transformación de la sociedad. La izquierda no supo, no pudo o no quiso desarrollar un plan de acción unitario y las masas por sí solas no tenían el nivel de conciencia para enfrentar al poder burgués mas allá de la mera confrontación en las calles, en una rebelión condenada al fracaso desde sus inicios. La que sí tomó nota de lo peligroso de la situación existente fue la burguesía que, a partir de allí, consideró las consecuencias catastróficas de la aplicación del programa neoliberal y decidió realizar un cambio de rumbo diametralmente opuesto tomando como guía la propuesta neo keynesiana. Al igual que en la Suecia de 1930, el neo keynesianismo aportó las herramientas heterodoxas para salir de la crisis mediante el plan económico de Duhalde-Lavagna primero y de Kirchner-Lavagna después. Durante doce años la Argentina asistió a una poderosa recuperación económica que impulsó todas las variables hacia arriba con un saldo de un crecimiento (en algunos años) del 8% del PBI anual. A diferencia de las políticas neoliberales que privilegian las ganancias de los sectores más concentrados de la economía, poniendo el énfasis en la regulación del mercado (en la oferta) y la vana ilusión de las masas en la teoría del derrame, el gobierno kirchnerista apostó al mercado interno, al consumo (puso el eje en la demanda) y en una redistribución social que garantizara un cierto nivel de previsibilidad social en el marco de un capitalismo definido por él como “capitalismo con rostro humano”. No es necesario recordar todos los logros de una década de oro para los sectores más desfavorecidos de la economía (trabajadores, desempleados, marginales, vulnerables) como el aumento en términos reales de las jubilaciones y pensiones y universalización del sistema previsional (casi el 100 % de las personas con derecho a jubilarse obtuvieron ese beneficio), la re estatización de sectores claves de la economía como Aerolíneas Argentinas, AFJP (administrados de los fondos de pensión), de empresas de agua, planes de expansión ferroviaria, digitalización de los documentos de los ciudadanos, ampliación de derechos como el matrimonio igualitario, derecho a la identidad, juicio y castigo a los culpables de delitos de lesa humanidad, mejora de los derechos humanos, aumento de la libertad de expresión a niveles desconocidos en argentina con legislaciones innovadoras como la ley de medios, acceso a la tecnología con el plan conectar igualdad, desarrollo de la asistencia social con planes como la asignación universal por hijo, aumento en términos reales de los salarios de los trabajadores con instrumentos democráticos como las paritarias, disminución de la desocupación a niveles inéditos desde hacía décadas (la desocupación fue cercana al 5% en 2015), mayor acceso al crédito mediante planes como “ahora 12”, acceso a la vivienda y a la movilidad como los planes procrear y procreauto, movilidad de los haberes jubilatorios, recuperación de parte de algunos sectores del 82% móvil (por ejemplo en los gremios docentes) aumento del presupuesto educativo y de ciencia y tecnología que superaron el 6% del PBI, creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología y desarrollo de innovaciones tecnológicas como por ejemplo ARSAT-INVAP, en definitiva una agenda de transformaciones en el marco del sistema capitalista que impulsaron a la Argentina a niveles de vida y desarrollo cercanos a las décadas del 50/60 cuando los argentinos tuvimos el mayor nivel de vida de su historia. La gran burguesía (las patronales agrarias, el gran capital financiero, los exportadores y los capitanes de la industria entre otros), si bien se benefició con este proceso, estabilizada la situación económica comenzó a trabajar, de la mano de los monopolios concentrados de comunicación (Grupo Clarín, La Nación, Perfil) en un plan orientado a desalojar del poder a la burguesía media y pequeña interesada en el desarrollo del mercado interno, encarnada en el kirchnerismo. Para ello construyeron una agenda mediática de falsificación de la información, denuncias inconsistentes, ataques infundados, operaciones de prensa llevadas adelante por sus fuerzas de elite, “periodistas” otrora prestigiados como Lanata, Leuco, o simplemente empleados de los monopolios, otrora algunos colaboradores de la dictadura genocida, como Bonelli, Levinas, Longobardi, Van Der Koy, Blanc, Majul, Plager, Bilouta, Wiñazki, etc. Fueron años de socavamiento de las bases de legitimidad y confianza en un gobierno que en 2011 obtuvo el 54% propio de los votos (Macri obtuvo en primera vuelta un 25% de votos propios) y de la mano de la imposibilidad constitucional de la renovación de mandato de Cristina Fernández de Kirchner, que lograron imponer al candidato del ajuste Mauricio Macri. Un dato de relevancia, por primera vez en democracia la Argentina tiene un gobierno atendido por sus dueños, la derecha neoliberal llegó al poder mediante los votos y no por cooptación de algún líder populista. En solo 60 días el ajuste avanzó a caballo de los DNU (decretos de necesidad y urgencia). Se licuaron los salarios con un 50% de devaluación y una alta inflación, se despidieron más de 60.000 trabajadores (estatales y privados), se encarceló líderes populares (como Milagro Sala), se entronizó el clientelismo con contratos millonarios a amigos (como los contratos dados a Caputo), se mejoraron los rendimientos de las patronales agrarias, exportadores y mineras mediante la baja de las retenciones, se reprimió salvajemente a los trabajadores en conflicto (Cresta Roja, Municipales de La Plata, se realizaron allanamientos ilegales contra centros de cultura como el centro de La Cámpora en Olivos o la murga de la villa 1.11.14, se entregó el patrimonio nacional (arreglo leonino con fondos buitres, se pretende poner techo a las paritarias, se ocultó información (por ejemplo no se da más el índice de precios del INDEC), se pretendió nombrar jueces amigos del grupo Clarin (como Rosenkrantz) o de la gran burguesía (Rosatti) a la Corte Suprema de Justicia por decreto, se disparó la inflación (que venía bajando en los último año del anterior gobierno), en definitiva, todas las medidas tomadas por el actual gobierno constituyen una transferencia de ingresos de los sectores más pobres y vulnerables hacia los sectores más ricos de la sociedad, El gobierno goza de un resguardo mediático basado en el otorgamiento de grandes beneficios a los grupos concentrados de la prensa que ocultan gran parte de las medidas que atentan contra el nivel de vida de los trabajadores y a la vez ha echado o propiciado el despido de periodistas honestos que mantienen la ética profesional y denuncian los atropellos del macrismo como Víctor Hugo Morales, los periodistas de 678 o de Radio Nacional, etc., de manera de garantizar su impunidad informativa anulando las voces críticas. Estamos en los comienzos de la articulación de una política económica neoliberal de base antipopular. Para poder lograr ello el gobierno del PRO-RADICLISMO ha tejido una intrincada alianza con otros sectores de la política como Sergio Masa del Frente Renovador, sectores de la derecha kirchnerista como algunos gobernadores, políticos afines a la anterior gestión como Uturbey, Bossio, etc., con sectores de izquierda como Donda, Tumini, Santillán, Solanas, con sectores de la justicia como el presidente de la Corte Lorenzetti, y con sectores del sindicalismo como los viejos burócratas sindicales Moyano, Barrionuevo, Calo que rápidamente negociaron prebendas como el manejo de los fondos de las obras sociales a cambio de obediencia en las paritarias que se vienen y de garantizar el control de los obreros en lucha. Solo algunas centrales (en general vinculadas a los gremios estatales muy afectados por el plan de ajuste) se mantienen enfrentadas a Macri, las que extrañamente no fueron invitadas a la reunión del presidente con los gremialistas. Es decir, asistimos a una reorganización de la gran burguesía que está articulando un plan de ajuste orientado a maximizar sus ganancias a costa de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los argentinos y a la desarticulación de los sectores más atacados por el gobierno del PRO-RADICALISMO, que aún no han enhebrado una respuesta colectiva salvo acciones sectoriales como el paro general de la CTA, las reacciones políticas de sectores de la izquierda o vinculados al anterior gobierno, etc. Debemos ser conscientes que se instala esta reacción conservadora que pretende un modelo político como el de EE UU., en el que republicanos y conservadores se alternan en el gobierno, pero garantizando la misma base política neoliberal, y que en el caso de argentina sería algo así como la pretendida alternancia del macrismo con el masismo o peronistas de derecha como Uturbey o Bossio, la Argentina retrocederá varios casilleros con su consecuencia de hambre, desocupación, pobreza y represión. Hasta la próxima

viernes, 5 de febrero de 2016

La lucha democrática.


Una de las asignaturas pendientes de la izquierda es su posicionamiento frente a la democracia burguesa. La izquierda ha sido capaz de enfrentar las dictaduras y elaborar agendas para momentos de gran represión política y social, pero frente al desafío del juego de la democracia burguesa sus respuestas han sido, por lo general, inertes. Desde la mitad de la década del 60’ y comienzos de los 70’, los llamados años de plomo, la izquierda en todas sus variantes creció incorporando a miles de jóvenes a sus filas. Por aquella época existían tres grandes bloques de la izquierda que eran denominados izquierda tradicional (Partido Comunista, Partido Socialista Popular) que era el único sector que defendía el tránsito pacífico al socialismo y veía en la violencia un enemigo del propio pueblo trabajador. En una asamblea estudiantil de Rosario un conocido militante del P.C.R. descargo contra este sector una fuerte chicana “Marx dijo, la violencia es la partera de la historia, yo digo, el Partido Comunista los anticonceptivos”. La izquierda tenía una fuerte implantación en los sectores estudiantiles universitarios, donde las representaciones de los particos burgueses (fundamentalmente el radicalismo, como la Franja Morada y la Coordinadora que surgieron de la reunión de la Laguna Setúbal en noviembre de 1968, pero solo avanzada la primera mitad de la década del 70’ comenzarían a tener peso en el movimiento estudiantil las ) todavía no eran un actor político privilegiado en la Universidad. Existe una definición de Lenin en “Acerca de la Juventud” donde dice que la juventud es el sector más sensible de la intelectualidad y caja de resonancia de los conflictos sociales. La universidad de los 60´y los 70´sería el eco sonoro de la alta conflictividad social existente en la Argentina por aquellos años. Frente a la gran violencia institucional llevada adelante por el Estado en manos de dictaduras cívico militares que asolaron a la Argentina a partir del golpe septembrino de 1930 contra Irigoyen la izquierda comenzó a buscar nuevos caminos alternativos a la democracia burguesa que también fue reconvirtiéndose de acuerdo a los nuevos contextos mundiales. En el contexto de la post guerra, con los regímenes totalitarios arrasados y los nuevos vientos del estado de bienestar europeo, el peronismo se constituyó un régimen bonapartista que logró a lo largo de sus 12 años en el poder (1943-1955) realizar profundas reformas sociales que permitieron desarrollar un movimiento ascendente de las clases populares (fundamentalmente los trabajadores, profesionales y pequeños y medianos empresarios) que comenzaron a gozar de un mayor nivel de vida, el famoso fifti/fifti de Perón. Los primeros que se atrevieron a criticar la clásica denominación de fascista al régimen peronista y que adoptaron la categoría de régimen bonapartista fueron los sectores trotskistas (que comienzan a tener presencia en la política de izquierda en Argentina en la década del 40’ con intelectuales como Liborio Justo -Quebracho-, Milciades Peña, Hugo Bressano Capacete -Nahuel Moreno-, Homero Cristali -Juan Posadas-) que para desarrollar este análisis se apoyaron fundamentalmente en la crítica de Marx al régimen de Luis Bonaparte, quien desarrolló una política en la que el Estado pretendía ponerse por encima de los intereses de las diferentes clases sociales y actuar como mediador de los conflictos. Más allá de la polémica sobre el carácter del gobierno peronista, lo que está claro es que el peronismo fue siempre un movimiento policlasista, que bajo una dirección burguesa encaró la reforma del estado y la sociedad logrando importantes niveles de igualación social mediante la aplicación de las teorías keynesianas. Es indudable la simpatía inicial de Perón con el fascismo mussoliniano (estuvo estudiando la organización del estado y el sindicalismo bajo Mussolini en la década del 20’) pero luego de la derrota del nazi-fascismo, Perón viró en su imaginario de la sociedad burguesa y adopto muchos de los elementos que tenía el estado de bienestar que surgió en Europa desde la década del 30 en los países escandinavos y en casi toda Europa a partir del fin de la guerra y con la ayuda del plan Marshall. Si bien perón fue derrocado en 1955, sus políticas fueron continuadas por el desarrollismo de Arturo Frondizi (1958-1962) y también por el gobierno de Arturo Illía (1963/1966), siendo este período uno de los más altos en materia de distribución de la riqueza en Argentina (ver Bonantini C. (1996) Educación y sociedad. Tomo II. UNR Editora. Rosario). Si bien el período de inclusión y crecimiento de la clase media argentina se extiende hasta 1975 (retorno del neoliberalismo a través del ministro de Isabel Perón, Celestino Rodrigo) el lapso de tiempo que va de1955 a 1983 constituye uno de los períodos más ricos de la historia de la izquierda argentina, período caracterizado por la ruptura de numerosos partidos burgueses y de izquierda (peronismo, radicalismo, socialismo, comunismo) dando origen a la llamada izquierda revolucionaria. Del Partido Socialista Argentino que se rompe en mil pedazos surge el Grupo Vanguardia Comunista, y su versión estudiantil, la Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combatiente (TUPAC) de orientación maoísta. El Partido Comunista que perduró a lo largo del siglo XX, en 1967 sufre una escisión, fundamentalmente de los jóvenes de la llamada FEDE (Federación Juvenil Comunista, FJC) y se crea el P.C. (C.N.R.R), comité nacional de recuperación revolucionaria) cuya versión estudiantil era el FAUDI (Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda) de orientación inicial guevarista pero que luego sumó una orientación maoísta. Algunos partidos trotskistas se sumaron a esta designación de izquierda revolucionaria como Política Obrera dirigido por Jorge Altamira, el Partido Obrero Revolucionario de los Trabajadores (PORT) de Posadas que pretendía crear una nueva cuarta internacional. La izquierda revolucionaria estaba dividida en dos grupos por el eje de la violencia revolucionaria, mientras que los grupos anteriores preconizaban la organización de las masas en el camino a una insurrección popular contra el capitalismo, otros grupos optaron, bajo el influjo de la revolución cubana y la creación posterior de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) por emprender la lucha armada contra la dictadura de Onganía (continuando la tradición del Ejército Guerrillero Popular (EGP) liderado por el periodista Massetti (ex director de la agencia de noticias cubana Prensa Latina) y los Uturuncos (de filiación peronista) y buscaron crear organizaciones armadas para la toma del poder. Dentro del grupo genéricamente llamado izquierda revolucionaria, que postulaba la lucha armada a partir de guerrillas urbanas estaban algunas organizaciones peronistas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y Montoneros. Todos ellos desarrollaron diferentes formaciones especiales (guerrillas) reconociendo el liderazgo de Juan Perón. Otro Grupo Armado relevante era el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) el combatiente por el periódico que editaba fracción del Partido Revolucionario de los Trabajadores, la otra fracción de igual nombre dirigida por el trotskista Nahuel Moreno se reconocía por el periódico que editaba La Verdad inclinado a la lucha sindical para llegar en un futuro a la insurrección armada de los trabajadores. Finalmente, de la escisión de los grupos que formaban la izquierda revolucionaria surgieron los llamado grupos socialistas que buscaban instaurar el socialismo en argentina sin etapas intermedias (revolución democrática burguesa) mediante un gobierno obrero. La izquierda en todas sus versiones (tradicional, revolucionaria y socialista) tuvieron una presencia muy importante durante las dictaduras que van de 1955 a 1973, donde grupos como el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS) fueron capaces de organizar actos que convocaron a más de quince mil militantes, y las formaciones especiales del peronismo, FAR, FAP, Montoneros. llegaron a ser en 1973 organizaciones de masas, convocando una muchedumbre en Ezeiza con motivo de la vuelta de Perón el 20 de junio de 1973. La última dictadura arrasó mediante un régimen de terror con casi todos los objetores del régimen capitalista. Con el advenimiento de la democracia, la izquierda fue incapaz de enhebrar una propuesta creíble y a lo largo de estos más de treinta años (1983 en adelante) nunca constituyó una opción de poder. Es que su carácter espontaneista y movimientista no le permitió superar la etapa infantil de su pensamiento y quedó fijada en un imaginario contestatario incapaz de construir un programa alternativo de gobierno en el marco de la democracia burguesa, como lo hicieron los socialdemócratas escandinavos en la década del 30´. Las masas nunca acompañaron electoralmente a las organizaciones de izquierda durante estos 33 años de democracia representativa, siendo contadas las veces que los grupos de esa tendencia en conjunto superaron el 3 o 4 % de los votos. Las veces que representantes de la izquierda accedieron al parlamento no fueron capaces de hacer uso del mismo y en no pocas oportunidades se fraccionaron dentro del mismo por intereses mezquinos. Podrían desarrollarse muchas razones explicatorias para esta ausencia de representatividad en democracia de la izquierda, pero creo que una de las más importantes es la ausencia de una teoría revolucionaria que piense la lucha democrática, más allá del espontaneísmo de las masas. Pensar la lucha democrática no implica hacerlo solamente en clave política, supone incluir todas las dimensiones determinantes del imaginario democrático, la política, sí, pero también la economía, lo social, lo cultural y lo ideológico. Un sector de la izquierda genéricamente denominada socialista concibió la necesidad de desarrollar la lucha por la máxima ampliación de la democracia y en ese camino tratar de que las masas ganaran en organización y conciencia, pero fue incapaz de sobrevivir a sus propias contradicciones de clase. A mi entender, el problema reside en una concepción paternalista de la izquierda respecto a los trabajadores y sectores populares, es la izquierda la que pretende tomar el poder para dárselo a la clase obrera, de esta manera una vanguardia lúcida de pequeños burgueses organizados en sectas pretende ganar el interés de la clase obrera y tomar el poder mediante la movilización de masas, para una vez instalado en el control del estado comenzar la transformación revolucionaria de la sociedad. La dificultad de esta concepción es que siempre que la izquierda logró alcanzar el poder (Rusia 1917, China 1949, Cuba 1959, etc.) se constituyó en una capa burocrática que lejos de transformar la sociedad, asimiló todas las lacras del capitalismo y mediante luchas intestina se eliminaron unos a otros quedando un grupo enquistado en el poder que lo usó para beneficio propio. Así dieron origen a los llamados estados obreros burocratizados, donde se instalaron dictaduras violentas que conculcaron los derechos de la población y desarrollaron formas de capitalismo monopolista de estado. El esquema de estos “estados obreros burocratizados” naufragó a partir de la década del ochenta y hoy solo quedan en pie algunas dictaduras autoritarias como las de China, Viet Nam, o Cuba, donde un grupo de burócratas ejerce la tutela del pueblo y se mantiene en el poder mediante la represión y el consenso pasivo de la población. Ello no invalida logros alcanzados por este capitalismo monopolista de estado, pero de ninguna manera en ellos se abrogaron los privilegios y se terminó con las diferencias sociales, más aún, en casos como China las diferencias entre ricos y pobres crecieron y en casos como Camboya o Corea del Norte, se cometieron terribles genocidios en nombre de la revolución. Por el contrario, podemos observar que en determinados países capitalistas como los países bálticos la población en general alcanzó un alto nivel de vida en el marco de políticas de desarrollo capitalista y democracia. El problema fundamental de la izquierda, como lo ha demostrado la experiencia de Siriza en Grecia es no contar con una teoría económica alternativa al liberalismo. En los países bálticos se desarrollaron experiencias sinérgicas de administración socialista mediante la aplicación de programas de desarrollo basados en el keynesianismo. Esto permitió que algunos países alcanzaran altos estándares de vida en el marco del estado de bienestar, aunque, justo es reconocer, que no desaparecieron las diferencias sociales, sino que se atenuó la pirámide social. En otras oportunidades he sostenido que los cambios sociales no son producto ni de un líder, ni de un partido, ni siquiera de una generación, el capitalismo tuvo que madurar varios siglos para alcanzar el triunfo de la revolución democrática burguesa sobre el feudalismo y el ancien régimen. Por lo tanto, la búsqueda de un nuevo orden social todavía está en pañales y será necesario mucho tiempo hasta que se logre construir colectivamente una teoría de la transformación social. John Holloway en su libro “Cambiar el mundo sin tomar el poder” sostiene que el problema fundamental de la izquierda tradicional es que trata de cambiar el mundo en el marco de las propias reglas de dominación de la burguesía. La izquierda, sostiene el autor, pretende producir modificaciones en el marco de la política burguesa y ello la lleva a preconizar la lucha por la toma del poder, lo que en la práctica política significa pretender cambiar la sociedad con las mismas herramientas burguesas con las que el capitalismo se sostiene. El piensa en pasar, de la lucha del contra poder, es decir arrebatarle el poder a la burguesía por medios violentos o parlamentarios, a la lucha anti poder, es decir, la búsqueda de lograr visibilidad de los sectores sumergidos y reprimidos de la sociedad y desarrollar en la práctica social un debate entre todos los ciudadanos que lleve a modificar las condiciones estructurales de la conciencia y el imaginario burgués. El cree haber encontrado un ejemplo concreto de su teoría en el movimiento Ejército Zapatista de Liberación Nacional que se orientó más que a la toma del poder a la visibilización de la situación de opresión de los indígenas en Chiapas. En países como Argentina en los que el capitalismo ha logrado un nivel importante de desarrollo y autonomía política respecto a los centros capitalistas mundiales, las demandas de la población tienen una gran heterogeneidad y se corresponden a intereses muy diferentes. En nuestro país aún tenemos relaciones laborales de semi esclavitud (fundamentalmente en los grandes establecimientos agropecuarios explotados por los miembros de la Sociedad Rural Argentina (SRA). Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), CONINAGRO, etc., y una masa de trabajadores informales con bajos sueldos y sin protección previsional, junto a un importante número de trabajadores asalariados, emprendedores, etc., pero es un país en el que las relaciones capitalistas de producción constituyen el modo de explotación hegemónico, un país en el que conviven sectores en situación de vulnerabilidad y hacinamiento junto a nodos de alta tecnología que incluyen edificios inteligentes, alto uso de la informática, millones de celulares, etc. Pero nuestra dificultad es que vivimos en un país de bajo desarrollo democrático. Un sistema educativo obsoleto construye sujetos de la ideología burguesa y no es capaz de configurar una masa de ciudadanos críticos. No existe participación ciudadana en las decisiones colectivas, sino que se ha instituido una llamada “clase política” que funciona a la manera de sistema experto en la gestión del Estado con casi ninguna participación ciudadana en la toma de decisiones importantes para el futuro social. La casi única participación ciudadana se resume en el ejercicio del voto cada dos o cuatro años, luego los representantes hacen lo que se les ocurre sin consultar a los ciudadanos. En América Latina existen países con participación ciudadana como es el caso de Uruguay en el que los ciudadanos son consultados para tomar decisiones trascendentes (por ejemplo, Uruguay no pudo privatizar la empresa de telecomunicaciones porque en el referéndum para decidir el pueblo voto no). Tampoco se ha logrado un nivel de desarrollo del pensamiento crítico y reflexivo y la sociedad argentina se halla colonizada por modos de pensamiento primitivos que tienen que ver con lógicas binarias de amigo/enemigo, con el agravante de existir una fuerte monopolización de los medios de comunicación que repiquetean en la conciencia ciudadana tratando de imponer modelos de pensamiento acordes a los intereses de la gran burguesía. El sistema político es de carácter partidocrático, pero con el agravante de que en todos los partidos burgueses existe la impronta de liderazgos caudillescos que hacen que el programa no sea del partido sino del líder que eventualmente coloniza la organización y la pone a su disposición. Un ejemplo diferente de organización política lo constituye el partido socialdemócrata alemán que en los años setenta construyó un programa político que tenía más de cuarenta páginas, en el mismo se recorrían todas las áreas de gobierno y acción social, el primer ministro socialdemócrata era el líder del partido, pero con la responsabilidad de llevar adelante el programa partidario, no su propio programa acorde a sus intereses individuales o clientelares. En Argentina, salvo honrosas excepciones, el liderazgo es caudillista, alguien llega al poder y somete a las estructuras partidarias y gubernamentales mediante la inclusión en puestos claves de políticos de extrema confianza que a la vez seleccionan colaboradores de extrema confianza. La política tiene una construcción piramidal y verticalista que somete todas las decisiones al mandato del líder antes que al del pueblo. Esta construcción mesiánica de la política posibilita la emergencia de rasgos autoritarios y una corrupción estructural que se ha ido afianzando con el correr del tiempo democrático que se reinició en 1983. Si bien en los últimos doce años de gobierno kirchnerista se logró una notable ampliación de derechos tanto sociales, como culturales o económicos, ello no surgió de un debate profundo en el seno de la sociedad (salvo excepciones como por ejemplo la ley de medios, el matrimonio igualitario) sino por la acción generosa de un liderazgo progresista. El problema de este tipo de liderazgos excluyentes es que cuando desaparece el líder la derecha reaccionaria tiende a revertir los procesos de ampliación democrática que con tanto esfuerzo construyó la sociedad. Creo que debemos pensar en la ampliación democrática como una clave de la construcción social igualitaria, pero con ella sola no alcanza, es necesario realizar acciones enérgicas que involucren el cambio educativo, político y social para poder desarrollar una generación superadora a la actual en materia de autonomía del pensamiento. Ello supone que el cambio educativo, ni empieza en la escuela, ni dentro de ella supone el aumento de la calidad educativa, vista en términos de días corridos de clase. El desarrollo de la autonomía reflexiva y crítica comienza en la familia. En los primeros años de vida el niño desarrolla que Pavlov denominó el reflejo de investigación, la inquietud del infante por reconocer el mundo circundante en base a su propia experiencia exploratoria. Este reflejo es bloqueado por la acción de la familia primero, y de la escuela después, las que se encargarán de abortarlo para desarrollar un sujeto acrítico y consensual que obedezca a los padres, luego a los maestros y finalmente a los patrones sin cuestionar porque debe hacerlo. El ejercicio democrático, cuando va más allá de la mera representación, supone además de la participación ciudadana con el voto o con simulacros de presupuestos participativos que no son tales, la desaparición de la mal llamada clase política, y su reemplazo por el pueblo ejercitando soberanamente su derecho de definir las políticas sociales y económicas, pero para ello es necesario reformar la constitución de manera que el pueblo no delibere ni gobierne sino a través de sus representantes, por una fórmula que establezca que el pueblo no tiene representantes ya que es el quien delibera y gobierna. Es decir, llegar al paradigma griego de la democracia directa donde los ciudadanos ejercitan su poder sin representantes. Por supuesto que ello supone un cambio de conciencia que no se dará en un día, o un año, y que tal vez lleve mucho tiempo, por medio de un proceso en el que los ciudadanos se empoderen sobre la base del pensamiento crítico, cooperativo, solidario, igualitario y reflexivo. En ello la educación tiene mucho que ver, pero no como sistema reglado y graduado, dotado de jerarquías que reproducen las relaciones de poder dominantes que dividen a la sociedad entre opresores y oprimidos, sino un sistema donde el maestro sea tan solo un coordinador técnico de un proceso de apropiación del conocimiento realizado por un colectivo autónomo de alumnos. Si somos capaces de instituir nuevas relaciones sociales en un proceso de cambio instituyente que transforme las relaciones verticales de convivencia en un modelo transversal que involucre a todos los actores sociales estaremos asentando las bases de la sociedad futura. Sino la noche de los tiempos espera agazapada. Hasta la próxima.