sábado, 20 de agosto de 2016

La penosa libertar del ser.


Decía hace algún tiempo que Castoriadis analiza en “Psicogénesis en Esquilo y autocreación en Sófocles” como en 50 años cambio la manera en que los griegos concebían desde la producción mitológica el origen del hombre, y para ello usó el mito de Prometeo. El problema fundamental que aborda Castoriadis en este artículo es, a mi entender, el de la conciencia. Esos seres monstruosos, sin capacidad para la vida, sin conciencia de la finitud de la misma, se constituyen en hombres cuando desarrollan la capacidad de reconocer que su vida tiene límites físicos temporales. En una hermosa película, “Va, vis, et deviens” (Vete y vive) una madre cristiana trata de salvar a su hijo de la muerte por inanición mediante su ingreso al programa israelí realizado por el Moshad y llamado “Operación Moisés”. Los judíos etíopes llamados falashas eran descendientes de Salomón y de la reina de Saba y se morían de hambre en Etiopía y cuando se zanjó la controversia sobre su carácter judío, Israel y EE. UU. los trasladaron con aviones a Israel desde el país vecino a Etiopía, Sudan. Esta madre le pide a una judía que haga pasar a su hijo por judío. En el momento de despedirse de su madre el niño le pregunta cuándo volverá, y la madre le contesta “cuando seas digno de ser”, tremenda frase que horada la conciencia de este personaje a lo largo de su vida. Segundo dato, Marx tiene una frase famosa en el manifiesto comunista: “Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”, haciendo, a mi entender, alusión a la precariedad de las condiciones de existencia de los sujetos en la sociedad capitalista por la capacidad de la misma de disolver los vínculos sociales. Ultima referencia a Marx antes de la reflexión, la libertad es la conciencia de la necesidad. Somos libres en tanto podemos ser conscientes de nuestras necesidades, pero esa conciencia se ve nublada por la acción de lo social que tiende a determinar cómo nuestras, necesidades que pertenecen a la clase hegemónica. Es el efecto de velo de la ideología, que oculta la realidad a la conciencia y determina que la realidad percibida no sea la realidad sino aquello que el interés hegemónico de la clase dominante desea construir como realidad. Una referencia obligada, que ya he realizado en otras publicaciones es la de Sartre que pensaba que somos proyecto hacia la muerte, los hombres proyectan su propia muerte. El dato esencial de la vida que nos acompaña casi desde el nacimiento, es la finitud de nuestra existencia, este dato que debiéramos asumir como natural, como una vicisitud más de nuestra existencia se constituye en lo que en el título denomino la penosa libertad del ser. El esclavo no sufre por su muerte porque ella es una liberación de las tribulaciones de una vida sin libertad, al no tener libertad, al no poder elegir el esclavo naturaliza su existencia y no teme a la muerte, porque su existencia es de muerte. Como he afirmado en otras presentaciones, el hombre libre trata de huir de este sufrimiento por vía del delirio, a través de la producción delirante, que se constituye como creencia religiosa, se intenta sortear la insoportable angustia del existir. Si creo en otra vida, ya no tengo que sufrir. Más aun, la búsqueda de la muerte como purificación ha estado presente en diversos cultos y hoy podemos verla en los sectores islámicos más radicales, quienes se inmolan al servicio de Alá en la creencia que los espera una vida plena de felicidad después de la muerte. Se sabe que ha existido una etapa del desarrollo humano en el que las ideas religiosas no existieron, es lo que los expertos en el tema denominan la etapa pre religiosa de la humanidad, esta etapa coincidiría en ciertos rasgos con el mito griego de una existencia monstruosa, a la que la religión remite permanentemente, pero que no es más que el ser humano en estado químicamente puro. En la actualidad el peor pecado de los protestantes es la existencia sin Dios, el infierno es precisamente la negación del paraíso. En algún aspecto esta creencia tendría algo de razón, si no creemos en Dios, vivimos el infierno en la tierra, porque es muy difícil, porque implica un sufrimiento profundo la sensación que nos dice que en algún momento seremos nada. En la película “El extraño caso de Benjamin Button” se narra el camino inverso de la vida, es un hombre que nace viejo y comienza a rejuvenecer hasta su nacimiento, si bien la narración es inversa el resultado es el mismo, en el final desaparece, se convierte en célula y luego en nada. Nunca reflexionamos respecto a esta cuestión, venimos de la nada, cuando nos constituimos en la posibilidad de ser, en el preciso momento de la cópula entre dos seres humanos, comienza la aventura, pero hasta entonces éramos nada, o más precisamente “no éramos”. La pregunta que surge en este punto del análisis es: ¿Por qué no nos produce la misma sensación el no ser del comienzo que el no ser del final? Esto es así, el nacimiento es el extremo de la felicidad, la muerte el del sufrimiento, dos puntos extremos del mismo hilo, el hilo de la vida, pero tan diferentes en cuanto a las sensaciones que nos provocan. Trataré de hipotetizar estas circunstancias sin el afán de que mis hipótesis constituyan una respuesta al problema. El extremo inicial del hilo de la vida viene acompañado de la posibilidad de obrar, del hacer para ser, muchos han afirmado que somos lo que hacemos, somos nuestra obra. Por lo tanto, en la medida en que somos capaces de construir, somos capaces de construirnos y como nuestra propia construcción es siempre imperfecta, inacabada, es potencia que no mueve a nuevas obras. En ello consiste la afirmación que somos proyectos hacia la muerte, la existencia sin proyecto se transforma en vacuidad, y la vacuidad es sufrimiento disfrazado de felicidad. Pero existe un segundo ingrediente que diferencia la experiencia del nacimiento de la de la muerte, y es que los seres humanos somos memoria, no solo somos existencia, somos además memoria de la existencia y no solo de la existencia propia, sino de la de toda la especie. Podríamos contestar con facilidad que ocurrió mil años antes de nuestro nacimiento, mas es muy difícil que podamos afirmar con la misma certidumbre que es lo que va a ocurrir mil años después de nuestra muerte. La memoria extendida es memoria de la especie que se registra en textos, documentos, monumentos, mitos, fantasías, etc., por eso es imprecisa, tan imprecisa como lo es nuestra propia memoria, pero aun en su imprecisión constituye un bálsamo para la angustiante existencia del ser, nuestra conciencia del pasado, con sus errores, con sus defectos nos permite saber qué es lo que aconteció en el tiempo pretérito, el pasado es estático, está allí y no se puede cambiar, se lo puede reinterpretar, se lo puede reescribir pero siempre el pasado estará allí sólido como un muro. En cambio, el futuro es dinámico, siempre está en construcción, siempre estará en una nube de especulación. El aleteo de una mariposa en el Pacífico es capaz de producir un tornado en Nueva York afirma la teoría del caos, y creo que hasta el mínimo hecho puede modificar sustancialmente el rumbo de los acontecimientos. Ud. podría pensar que la sociedad de mañana será de determinada manera, pero es posible que ello no ocurra porque en un punto cercano o lejano de su presunción puede ocurrir algo que perturbe el desarrollo de los acontecimientos, vivimos una vida en la que el principal principio es el principio de la incertidumbre como traspolación de la teoría de Heinsemberg a las Ciencias Sociales. La modernidad, en palabras de Sygmunt Bauman es una modernidad líquida, con lo que hace referencia a la disolución de los vínculos sociales, la solides de los proyectos anteriores se disuelve en este nuevo continente de relaciones, y por lo tanto las certidumbres que teníamos tienen a desaparecer. En la política, buscábamos con nuestra acción construir un modelo social solidario e igualitario, teníamos la certidumbre que más tarde o más temprano el socialismo llegaría porque la sociedad capitalista era presa de sus propias contradicciones insalvables, desaparecida esa certidumbre que nos queda, cuales son las metas en la vida de cada uno de nosotros, porque vivir y por qué luchar. La política actual devino en proyectos personales de caudillos oportunistas que solo buscan asumir el poder para sus intereses y los de la banda que los acompaña. No existe proyecto de país, solo un difuso bosquejo de intereses a veces contrapuestos que concilian en aras de su beneficio. La izquierda de los años de plomo tenía un proyecto, buscaba construir una organización colectiva que actuara como sostén de ese proyecto, hoy vemos a los izquierdistas vernáculos debatiendo el proyecto de los diferentes partidos burgueses, incapaces de poder construir un nuevo proyecto colectivo acorde a la actual situación de la sociedad capitalista. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado decía Marx, referenciando a como el capitalismo intenta permear a los trabajadores impregnándolos con una cultura que no les es propia. Los trabajadores tienen necesidades diametralmente diferentes a las de los burgueses, y precisamente su libertad reside en este reconocimiento, en reconocer las necesidades que les son propias, como el trabajo, la solidaridad, la lucha por su dignidad. El ser trabajador es la necesidad de expresarlo en una obra que los construye como clase, que define un horizonte de necesidades a las que tal vez nunca se arribará pero que tiene la virtud de definirlos como un sector social diferenciado de la burguesía. La madre naturaleza nos impele a ser dignos de ser, el ser del trabajador es la lucha, como lo fue el ser de todas las clases sometidas en todas las sociedades humanas, solo así se puede superar la angustia del ser y liberarse de los mitos y creencias que nos atan a la ilusión de la fe, la que solo tiene por objeto ser ancla de nuestro vuelo hacia la libertad. La libertad es una potencia que nos permite elegir, pero la libertad no es posible sin una conciencia clara de lo que somos, de los que necesitamos, de los que buscamos. Esa conciencia, que de ninguna manera viene desde afuera de la clase como se pregonó durante mucho tiempo, sino que por el contrario es una construcción que nace en el interior de la propia clase, que es permanente, inacabada, necesaria, que se va moldeando en la acción, es la que permite rasgar el velo de la ideología burguesa y asumir el conocimiento verdadero que hay tras de ese velo. Esa conciencia no es actual, es histórica, posee una tradición de lucha, las luchas que nuestros ancestros llevaron adelante contra la explotación de clase, se fue forjando en la revolución francesa de 1789, en la comuna de París, en la bolchevique de 1917 y en tantos fogonazos que la clase obrera fue capaz de prender en su larga lucha por la emancipación. Es necesario transformar la pena y el sufrimiento en conciencia, y la conciencia es conciencia de lucha, solo así podremos superar el carácter penoso del ser. Porque solo así podremos ser capaces de elegir más allá de las trampas que a diario nos tienden los mass media. La conciencia revolucionaria es conciencia de los intereses revolucionarios de la clase trabajadora, ella no puede ser manchada por la corrupción, por el clientelismo, por el afán de poder o de lucro de los dirigentes, ellos, los dirigentes, solo son herramientas circunstanciales que la clase utiliza en su proceso redentor y por ende en el proceso redentor de toda la sociedad, ellos, los dirigentes, son solo gerentes de la acción de los trabajadores, pero no son indispensables, solo cumplen un papel al servicio de los intereses colectivos. Esto es lo que diferencia la política revolucionaria de la burguesa, no hay interés personal, solo interés colectivo, no es una persona la que libera, es la masa en acción, la clase obrera no necesita próceres, no necesita mitos como la burguesía, que una vez conquistado el poder, elevó a las alturas a los padres fundadores de la nacionalidad para convertirlos en santos y alejarlos de su verdadera existencia como hombres que luchaban junto a sus soldados por la libertad, con sus defectos y sus virtudes. Desde este lugar filosófico, desde este espacio de reflexión, la vida es tal vez mucho más dura, mucho más exigente, pero nos permite florecer en la primavera de los probos, de los hombres y mujeres dignos, de aquellos que no se venden por una sucia moneda, de los que nunca abandonan la lucha, de los que cuando mueren, quedan en el corazón y el recuerdo de los que los conocieron Y ello no es poco. Hasta la próxima.

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