miércoles, 29 de diciembre de 2010

La ira del ciudadano.

En este aporte quisiera, si me permiten presentarlo de esta manera, filosofar sobre la cuestión de la violencia.
En Argentina, estamos asistiendo a una serie de reclamos, de los más necesitados, que salen a las calles para pedir por cuestiones básicas que deberían estar resueltas para todos los ciudadanos, desde hace mucho tiempo, nos referimos al problema de la vivienda y el derecho a la alimentación.
En el último mes, han sucedido una serie de tomas de predios públicos o semipúblicos y presiones a las puertas de supermercados, el denominador común es la búsqueda de los actores más vulnerables de la sociedad de ser escuchados por algún medio.
Frente a estos reclamos asistimos a una curiosa paradoja, otro sector de la ciudadanía, con tal vez las mismas carencias o con un poco mas de holgura, salen a la calle a enfrentar a los pobres de solemnidad, exigiendo que sean reprimidos, expulsados, avasallados y acometen contra ellos con piedras, palos y armas de fuego inclusive.
Que es lo que ha llevado a este enfrentamiento de pobres contra pobres?
Analicemos algunos de los dichos que se han escuchado respecto de los “okupas”.
“Son delincuentes”, “son extranjeros que se vuelvan a su país”, “yo trabajé duro para hacerme una casita y a estos les regalan todo”, “no es justo que estos vagos sean premiados por cometer delitos”, etc., etc.
Es interesante escuchar esto de personas que son pobres o cuanto más, una clase media carenciada, y más desconcertante es que recurran a la acción directa contra sus hermanos de clase porque ocupan un predio público.
En primer lugar, debemos condenar toda forma de violencia, tanto de los que ocupan, como de los que agreden a los ocupantes.
En los setenta muchos jóvenes pensábamos que el camino a la construcción de una sociedad más igualitaria y justa pasaba por la violencia. Recordemos la famosa sentencia de Marx, “la violencia es la partera de la historia”, o  lo que decía un líder de la burguesía (Perón), “la violencia en manos de los humildes no es violencia, es justicia”,  Otra de las frases célebres es “a la violencia de los de arriba hay que responderle con la violencia de los de abajo”. El leiv motiv de los setenta era la violencia, y así la violencia en las calles dio paso a las organizaciones armadas, a los asesinatos cometidos en nombre del pueblo por grupos de iluminados que se creían los intérpretes de los intereses de la clase obrera, rol en el que la única autorización que tenían era la propia. Este espiral de violencia no nació desde abajo, justo es reconocerlo, sino que comienza con una burguesía retrógrada y autoritaria que fue capaz de dictar leyes como la Ley de Residencia, que realizó feroces y sanguinarias represiones como en la Semana Trágica y la Patagonia en 1919, que asesinó con juicios construidos a militantes anarquistas y socialistas, se continuó con esta respuesta desesperada de grupos pequeños burgueses que se concibieron como los nuevos mesías y reemplazaron la acción política por la lucha armada, retomando aquello de Von Klausevich, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y en este espiral tomando a la violencia revolucionaria como excusa la dictadura militar instaló el estado terrorista autoritario que masacro a más de treinta mil personas.
Es que cuando la violencia se desata ya nadie la controla, y cuando amaina, ya es tarde para los que perdieron la vida en el tiempo en que duró.
Mi pregunta es, vale la vida de Ferreyra, de los Tobas de Formosa y de tantos otros, una sociedad más justa, yo creo que la sociedad igualitaria no debe demandar ni una sola vida humana en su consecución, que ningún joven debe inmolarse para cambiar la sociedad porque la vida, si algo tiene de importante es vivirla de punta a punta, y no abortarla en nombre de una ideología o de un interés supremo.

El Mahatma Gandhi, lucho toda su vida por una sociedad más justa, pero siempre predicó la necesidad de la no violencia y la desobediencia civil como instrumento de esa lucha, él sabía que una vida que se trunca no se recupera jamás.

Y no se llame a engaño el lector, esto no implica dejar de oponerse a la injusticia del sistema capitalista, o reclamar por mejores condiciones de vida y de existencia, no supone conformarnos con esta democracia representativa defectuosa que tenemos, en la que políticos corruptos y mentirosos lucran haciendo favores a los empresarios o dilapidando los recursos del Estado ya sea por corrupción, ineficiencia o falta de ideas.

Por el contrario, frente al problema de las ocupaciones debemos solidarizarnos con los necesitados que carecen de viviendas, reclamando que se generen recursos para viviendas sociales provenientes de la aplicación de impuestos a las viviendas suntuosas (que son las que más se edificaron en los últimos años) a los capitales ociosos y especulativos, a las grandes fortunas, a las herencias, etc.

Lograr que los que más tienen financien la construcción de viviendas dignas para todos los que no las tienen, en lugar de acometer contra estos últimos como si fueran los villanos. Los villanos en la argentina actual son los que pagan salarios de hambre, los que contratan trabajadores en negro, las empresas parásitas que viven a costilla del estado (como los peajes, transportes, telefónicas, etc.), los que no cuidan de la salud y la seguridad de sus trabajadores y que además empujan a los pobres en operaciones de dudosa eficacia y baja moralidad a que ocupen para desestabilizar al gobierno.

En los setenta la izquierda creía que el poder estaba centralizado en el Estado, que éste era el gendarme de los propietarios, hoy, a partir de las enseñanzas de Foucault, sabemos que si bien una parte del poder está en el Estado, también ejercen poder las corporaciones mediáticas, los capitanes de la industria, los sindicatos patronales del agro (Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas, Federación agraria Argentina), la jerarquía eclesiástica, etc...

Pero también sabemos que cada uno de los ciudadanos tenemos un poder y que ese poder de juntarnos para reclamar, para denunciar, es muy fuerte.

El poder es un entramado reticular que se esparce en la sociedad, no es algo dado sino una construcción cotidiana, y el mayor poder es unirnos quienes estamos sojuzgados y oprimidos, en lugar de pelear unos contra otros para beneficio de los parásitos que nos oprimen y sojuzgan, todo ello con el más profundo respeto a la vida y al disenso, a la circulación de la palabra y a la negación de cualquier tipo de hegemonía en las ideas.

Hasta la próxima.


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