El concepto de clases sociales, si bien tiene un uso generalizado, no constituye, a mi entender un constructo ni homogéneo, ni unívoco y menos científicamente definido.
Carlos Marx, que tanto aporto a la teoría social, nunca se dispuso a definir un constructo que atravesaba toda su obra. Para él, era mas importante, los análisis sobre la realidad socioeconómica con el fin de tener desarrollos que potenciaran la acción política, que detenerse a realizar desarrollos teórico-conceptuales.
Tanto es así que, en su obra, solo en “El Capital”, al final del texto, se encuentra un apartado que lleva por titulo, “Clases”, en el cual comienza a trabajar este concepto, lamentablemente solo alcanza a escribir una página, ya que al final de la misma nos encontramos con un texto que dice: “aquí se interrumpe el manuscrito”.
Por lo tanto, este monumental pensador, dejó a todos los que quisieron adentrarse en su obra y utilizar sus aportes para desarrollar análisis económicos y sociales, huérfanos de un concepto cardinal para el conocimiento de las sociedades tanto en sus aspectos sincrónicos como diacrónicos,
Algunos autores han tratado llenar ese hueco, uno de ellos es el prestigioso profesor Erik Wright, quien abordó el tema en su tesis doctoral presentada en la Universidad de California y luego cuando estuvo a cargo de un programa de doctorado de la Universidad de Wisconsin titulado “Análisis de clase y cambio históricos”.
Genéricamente y como manera de iniciar el debate podríamos considerar a las clases sociales como un producto de la estratificación social que se verifica en contextos socio-económicos: 1) grupos de individuos que se definen por una misma categorización de sus formas de relacionarse con los medios materiales de producción (particularmente la forma de obtención de sus rentas), o 2) una conciencia de clase entendida como la creencia en una comunidad de intereses entre un tipo específico de relaciones socioeconómicas.
La doctrina marxista intenta descubrir la objetividad de la existencia de las clases (clasificaciones) socialmente relevantes a través de la formación de intereses subjetivos y yuxtapuestos y en contraposición a otros grupos de intereses comprendidos en forma similar. Las clases sociales aparecen entonces como dualidades antagónicas en un contexto histórico de conflicto, donde el método de análisis más eficiente es el materialismo histórico. De ese enfrentamiento, mediado por la historia, surge la lucha de clases que es la manifestación misma del conflicto de los intereses económicos de los individuos.
Podemos denominar clases a grandes grupos de hombres que se diferencian por:
1. su lugar en el sistema históricamente determinado de la producción social
2. por su relación (en la mayoría de los casos confirmada por las leyes) hacia los medios de producción
3. por su papel en la organización social del trabajo y, por consiguiente,
4. por los medios de obtención y por el volumen de la parte de riqueza social de que disponen.
Las clases son grupos de hombres en los que unos pueden atribuirse el trabajo de otros gracias a la diferencia del lugar que ocupan en un determinado sistema de la economía social.
Las clases sociales existen desde los albores de la historia, por lo menos de la historia escrita, diría Marx.
Cuando el hombre abandona la vida nómade y sedentaria, fundamentalmente por el descubrimiento y desarrollo de la agricultura, comienza un proceso de acumulación que paulatinamente va a fragmentar la sociedad en diferentes grupos especializados, los militares, los agricultores, los burócratas, etc.
En la media en que los clanes comienzan a tener excedentes productivos, surge la necesidad de determinar cómo se debe repartir ese excedente, no solo entre los actuales miembros del clan, también entre los descendientes de los miembros contemporáneos del mismo.
El hombre recolector y cazador vivía en función del día a día, si había sequía, o no había caza, buscaba otros espacios en los que sí los hubiera. El hombre agricultor, al estar fijado a la tierra, debe realizar las previsiones necesarias para afrontar las contingencias de la naturaleza.
La producción de excedentes con fines de ahorro lleva a la necesidad de cuidar de esos excedentes, la necesidad de invocar a los dioses para que den condiciones propicias al clan, la necesidad de administrar la producción y los derechos emergentes de la misma, las guerras con otros clanes a los que les resulta más fácil apropiarse de lo producido por otros, y conduce a una especialización creciente de la sociedades primitivas produciendo nuevos actores sociales especializados: el militar, el religioso, el administrador, el esclavo, etc.
Marx afirma que en la historia reciente de la humanidad han existido algunos modos de producción típicos y dominantes, característicos de determinados momentos históricos.
El comunismo primitivo donde todos los bienes son de propiedad común, el modo de producción asiático, caracterizado por la propiedad común de la tierra, pero que ya conlleva formas de apropiación particular de los excedentes, el modo de producción antiguo en el que el dato fundamental es la universalización de la esclavitud y el surgimiento de formas de propiedad privada, el modo de producción feudal caracterizado por la ruptura de las grandes formaciones estatales y un poder feudal diversificado con una figura clave de dominación el vasallaje, donde el siervo de la gleba es dueño de los medios de producción pero esclavo atado a la tierra y finalmente el modo de producción capitalista en el que las dos clases más importantes son la burguesía (heredera de los maestros de los gremios feudales y que se apropia de los medios de producción) y el proletariado (integrado por quienes, en general, provenientes de las zonas rurales comienzan a tener como único medio de subsistencia la venta de su fuerza de trabajo).
El capitalismo es pues un sistema en el que la sociedad se encuentra dividida en dos clases sociales antagónicas desde la perspectiva de sus intereses estratégicos y complementarias en la subsistencia del sistema social y por lo tanto de las clases mismas.
Como he afirmado en diversas entradas, el capitalismo es un sistema social que se forjó a lo largo de muchas generaciones, la burguesía como clase subordinada ya existía embrionariamente en el modo de producción antiguo, solo que, cuando el sistema económico hubo madurado, comenzaron a surgir una serie de revoluciones burguesas que fueron construyendo paulatinamente la hegemonía mundial de la burguesía como clase, y es la revolución francesa el momento en que la burguesía revolucionaría toma por asalto el poder y difunde sus intereses como intereses generales de la sociedad.
Para poder desarrollarse la burguesía necesitaba fortalecer los estados nacionales, eliminar las barreras internas al comercio en el estado nación, conquistar nuevas áreas geográficas del planeta, fortalecer la idea del mercado como elemento regulador de la economía, determinar la riqueza de las naciones como un producto del trabajo y la producción, desarrollar los mecanismos de financiamiento de los emprendimientos productivos, tener como objeto de la producción el trabajo libre asalariado, determinar el costo de la fuerza de trabajo para ponderar sus ganancias, etc.
La ciencia y la tecnología crecerán a pasos agigantados en las diferentes etapas del capitalismo, a saber, el capitalismo libre concurrencista en el cual los propietarios concurren en igualdad de oportunidades a un mercado e intercambian allí sus productos, el capitalismo monopólico que surge en la segunda mitad del siglo XIX y en el que algunas empresas se convierten en gigantes reguladores de las acciones del mercado y finalmente el capitalismo global en el que los estados nación pierden su fuerza reguladora y es el gran mercado mundial el encargado de fijar la reglas.
En este proceso, conviven, surgen y se consolidan en la sociedad viejas clases sociales y nuevas clases y sectores de clase.
En un comienzo, en la sociedad capitalista convivían las viejas clases oligárquicas provenientes del feudalismo y dueñas de la mayor parte de la propiedad territorial, el clero y los militares como parte de este conglomerado de clases parásitas propias de los anteriores regímenes y la nueva burguesía productora.
Para poder contar con la mano de obra asalariada, la burguesía debió desatar las ataduras de los siervos a la tierra y empujarlos hacia las ciudades donde los alojó en condiciones de vida brutales (hacinamiento, indigencia, mortalidad infantil, trabajo infantil, etc.) y los convirtió en trabajadores asalariados.
La burguesía paulatinamente se fue configurando como clase dominante en la que dos sectores muy importantes se disputaban el poder, la burguesía bancaria y la burguesía industrial, aunque en la época del capitalismo monopólico esta fracción dominante de la clase burguesa se unificó en lo que se denomina la burguesía financiera, que surge del casamiento de la industria y los bancos.
Pero este no es el único sector burgués existente, en el capitalismo surgen otros sectores de la clase burguesa, comúnmente denominados sectores medios que agrupan a la mediana burguesía y a la burguesía pequeña y la pequeña burguesía.
En la sociedad global, si bien toda la burguesía comparte un interés común de clase, la subsistencia de la propiedad individual de los medios de producción y el derecho a la explotación asalariada, tiene a su interior diversas contradicciones de clase.
La gran burguesía (sobre todo en los países latinoamericanos) es propietaria terrateniente y controla los porcentajes casi totales de las tierras existentes, y es propietaria de los grandes bancos y grandes emprendimientos y comerciales fundamentalmente ligados al mercado global y a la exportación e importación.
La burguesía media y la burguesía pequeña en cambio, por los volúmenes de producción industrial y por la escasa dimensión de sus propiedades territoriales, es fundamentalmente subsidiaria del mercado interno, depende del consumo de los trabajadores (en primer lugar) y del resto de la sociedad.
Porqué decimos esto, pues porque sencillamente el trabajador es el único actor social que gasta el casi 100% de sus ingresos en el consumo (de alimentos en primer lugar, y de otros bienes y servicios luego).
La burguesía media y pequeña es parte de la clase burguesa, pero tiene con la gran burguesía contradicciones no antagónicas, pero que, en determinados momentos se convierten en decisivas a la hora de poner en práctica sus proyectos de poder. Uno de esos momentos son las crisis sociales, momentos en los cuales, por su menor capacidad de acumulación, este sector burgués es mucho más sensible a los vaivenes de la economía y suele buscar alianza con los sectores trabajadores, el peronismo de 1945 a 1955 es un claro ejemplo de búsqueda de alianza con los trabajadores en el marco de un estado que se veía a sí mismo como bonapartista, es decir, por encima de los intereses de las clases sociales.
Al depender del mercado interno este sector burgués tiende a desarrollar políticas económicas más cerca del keynesianismo, con eje en el aumento y diversificación del consumo, políticas de inclusión social, mejoramiento e la calidad de vida de los trabajadores, etc., que, a la puesta en práctica de políticas neoliberales con eje en la demanda, impulsadas generalmente por los sectores más concentrados de la burguesía fuertemente ligada a la actividad financiera y al mercado externo.
Esto hace que para los trabajadores no sea lo mismo gobiernos neoliberales que populares. Mientras que bajo gobiernos neoliberales los trabajadores se empobrecen, se les recortan derechos sociales, económicos y democráticos, disminuye la asistencia social a los sectores más vulnerables de la sociedad, cae la calidad de los servicios sociales y previsionales que reciben, bajo los gobiernos populares asistimos a un escenario de mayor inclusión social, aumento de los derechos de los trabajadores en términos de mayor participación en el mercado de consumo, acceso a la vivienda, mejoramiento de la calidad educativa, servicios sanitarios más eficientes, aumento de la ampliación democrática, etc.
El último peldaño antes de la clase más básica de la sociedad burguesa, los trabajadores, está la pequeña burguesía. Este sector integrado mayoritariamente por los profesionales, también incluye a pequeños comerciantes, propietarios rurales minifundistas, es decir aquellos que teniendo un medio de producción (un comercio, un título universitario, un pedazo de tierra cultivable) no pueden generar excedentes económicos, o tienen escasas posibilidades de afrontar los vaivenes de la economía en virtud del ahorro que pueden realizar. Este sector es muy vulnerable a los cambios de las políticas económicas y se ve fuertemente afectado por las mismas.
Si bien los extractos más bajos de la burguesía tienen mayores intereses en común con los trabajadores, ellos a lo largo de la constitución de su conciencia de clase, han tendido a construir un imaginario social instituyente, según el cual se sienten más identificados con los explotadores que con los explotados, ello debido también a su particular inserción en la estructura económica, en la cual, de alguna manera comparten con la gran burguesía la propiedad de los medios de producción.
Por dar una expresión gráfica que vi en una viñeta en Facebook hace poco, esta denominada clase media es un peón de ajedrez que frente a un espejo se ve rey.
Aunque es un sector muy castigado por las políticas neoliberales (en Argentina hubieron varias épocas como la dictadura post peronista, el gobierno de Frondizi, las dos dictaduras militares posteriores -1966/73 y 1976/83-, el gobierno menemista, el gobierno de la Alianza, y actualmente el gobierno de Macri) tiende a confiar más en estas políticas, porque, aunque por lo general posee mayores herramientas intelectuales para analizar la realidad, es más fácilmente colonizable por la acción de los medios de comunicación hegemónicos, en virtud del imaginario social instituyente al que hacíamos referencia, imaginario que solo se fractura en épocas de extrema presión económica y social (ejemplo en el 2001 en Argentina) pero que, en la medida en que tiene una situación económica más desahogada, vuelve a reconstituirlo.
En general es portadora de una vana ilusión, creer que puede asimilarse a los sectores más concentrados de la burguesía, así, este sector fue el que clamaba por la libertad de comprar dólares (cuestión que solo beneficia a los sectores más concentrados con capacidad de ahorro en dólares) cuando no tiene, o tiene una capacidad ínfima de ahorro en dólares.
Finalmente, en la base de la sociedad están los trabajadores, que son los que no tienen ninguna propiedad de medios de producción y su única capacidad de subsistencia reside en la posibilidad de la venta de su fuerza de trabajo.
Para ellos las políticas neoliberales son como el veneno de un alacrán, que invade todo su corpus social y que indefectiblemente tiende a arrebatarle los derechos conseguidos en épocas de bonanza. Ejemplo de ello son la reducción de salarios, el aumento de la edad jubilatoria, sistemas previsionales basados en la utilidad económica y no en la necesidad de los usuarios, perdida de las fuentes de trabajo, maltrato laboral que conduce a nuevas enfermedades laborales (moobing, burn out, acoso moral, acoso laboral, síndrome de desgaste por apego, workholic, etc.) y fundamentalmente hambre y miseria por la menor participación en la riqueza producida.
En Latinoamérica, durante años de penetración ideológica, se ha constituido un imaginario social instituyente, que forma parte del imaginario de la burguesía y la asiste en su tarea de colonización y dominación de los extractos de clase más bajos (burguesía pequeña, pequeña burguesía y trabajadores) que es la idea de la pertenencia al llamado primer mundo.
Para pertenecer al primer mundo hay que desarrollar políticas de control monetario, reducción del déficit fiscal, reducción de la inflación, equilibrio de la balanza de pago, políticas monetarias restrictivas que hacen uso del aumento de los tipos de interés, reducción de la carga impositiva a los más ricos, libertad absoluta de comercio con el mundo, levantamiento de las barreras importadoras y exportadoras, liberalización del tipo de cambio, regulación de la economía por el mercado, etc.
Lo curioso es que nadie se pregunta sobre la aplicación de estas recetas en el llamado primer mundo donde por ejemplo existen políticas proteccionistas, barreras arancelarias, control del flujo de inversiones, control de cambios, control de las utilidades empresariales, impuestos progresivos a la renta etc., para sostener el nivel de vida de sus ciudadanos, y para lo cual contribuye la exacción a los países con menores índices de desarrollo.
Un ejemplo de esto último es las grandes masas de fuga de capitales que se han verificado en América Latina en los últimos 100 años producto de los envíos de remesas de utilidades a las empresas matrices, especulación financiera, etc., lo que necesariamente, y por imperio de las ideas del Consenso de Washington y la Trilateral Comissión primero y del Fondo Monetario Internacional después (que no son otra cosa que las teorías del neoliberalismo económico enunciado con mayor claridad por la Escuela de Chicago), con el consiguiente empobrecimiento y abandono de los sectores más pobres de las sociedades latinoamericanas.
Es un proceso que tiene matices parecidos al saqueo perpetrado por España, Inglaterra, Francia y demás potencias coloniales cuando se apropiaron de las riquezas de este continente en beneficio propio. En los últimos 100 años América Latina ha producido más riquezas que todo el mundo “desarrollado”, sin embargo, ha aumentado la pobreza, se han perjudicado las condiciones de vida de los más vulnerables y se ha reprimido ferozmente a todos los que se rebelaron contra la injusticia y la explotación.
Hoy América Latina intenta ponerse de pie de la mano de gobiernos populares que constituyen un polisémico mosaico de partidos y organizaciones que se agrupan bajo el nombre genérico de “Nueva Izquierda Latinoamericana” y que buscan reivindicar a los más vulnerables, como es el caso de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Ignacio Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Michelle Bsachelet y Ricardo Lagos en Chile, Tabaré Vásquez y José Mujica en Uruguay, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén en El Salvador y Fernando Lugo en Paraguay y que mediante la implementación de políticas económicas heterodoxas y programas sociales de inclusión han logrado en los últimos 20 años disminuir la pobreza y mejorar las condiciones de vida .
Lo curioso es que muchos de los sectores de la pequeña burguesía revolucionarista ve con desconfianza o rechaza a estos gobiernos (criticándolos como populistas) y apoya a los gobiernos de derecha como es el caso de muchos intelectuales que hasta hace poco se definían como progresistas o de izquierda y que hoy apoyan sin tapujos el brutal ajuste de Macri en Argentina, actitud solo explicable en términos de la mediatización que estos sectores tienen con la producción, de sus imaginario social instituyente y del odio o desconfianza hacia los movimientos populares y a los sectores más pobres de la sociedad.
Repito lo que dije en mi anterior entrada, el capitalismo no es ni el mejor, ni el último sistema socioeconómico de la sociedad humana, es un sistema injusto que hay que tratar de derribar, pero que esa tarea tal vez lleve mucho tiempo, pero vale la pena intentarlo.
Hasta la próxima
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