En estos días tuve oportunidad de leer un blog de mi amigo Raúl Cerliani, el mismo me impactó mucho, y no solo por lo bien escrito y lo interesante de la narrativa, sino porque me permitió ingresar al túnel del tiempo y recordar aquellos meses de la cárcel de encausados durante la dictadura de Lanusse (26/03/71 al 25/05/73).
El escrito me motivó a mantener una charla imaginaria con Raúl a manera de cooperación y agregar algunos datos escondidos por años en mi memoria.
Tal como lo hiciera en el libro Crónicas Marxianas, nunca publicado, me centraré más que en un relato épico, en la vida cotidiana en la cárcel de encausados.
La cárcel se hallaba en la manzana que conforman las calles Montevideo, Lagos, Richieri y Zeballos. Por aquella época, sobre la fachada de Montevideo había dos pabellones con celdas individuales y uno de ellos estaba reservado a los presos políticos.
Mi detención fue fortuita, joven de escasos 22 años, me ganaba la vida vendiendo libros puerta por puerta. El trabajo era muy libre y me permitía sufragar los gastos de una militancia full time en el P.R.T. (Partido Revolucionario de los trabajadores), siendo parte del frente estudiantil conformado por la T.A.R (Tendencia Antiimperialista Revolucionaria).
A las 7 de la mañana, medio dormido bajé del colectivo y me enfrenté con un retén del ejército, por aquellos días se habían comenzado a hacer operativos que consistían en cercar barrios populares y allanar casa por casa. El milico de consigna no tuvo inconvenientes en dejarme pasar, claro lo que no dejaban era salir. Yo vestía un vaquero negro, camisa del mismo color y calzaba borceguíes marrones, tenía pelo largo y barba.
Un tiempo antes me habían detenido en un allanamiento a mi departamento que realizaron los “buenos muchachos” de Coordinación Federal en el que incautaron documentos del Partido Revolucionario de los Trabajadores y otros materiales, pero extrañamente, me soltaron al día siguiente. Uno de los que me detuvo estaba parado en la puerta de la comisaria 15 y me reconoció; recuerdo que me dijo “¿hola tantita, porque vos sos el tanta no?, me detuvieron y como era costumbre recibí una paliza importante, solo me salvó de la tortura que necesariamente recibiría el hecho que, en los días anteriores, para rendir examen había tomado dexamin expansul 2, por eso tenía las pupilas dilatadas, cuando me pegaban en un momento fingí que me desesperaba por un vaso de agua y me tiré al suelo aparentando tener espasmos, los sicarios se asustaron y llamaron al médico del operativo, el que dijo que pararan porque estaba drogado.
Me llevaron en un celular a la alcaidía central que por entonces estaba en Santa Fe y San Lorenzo, junto a un muchacho Oviedo, al que le encontraron la colección del diario Nuestra Palabra órgano del Comité Central del Partido Comunista y al Procurador Lezcano, luego asesinado por las 3 A (Alianza Anticomunista Argentina), la organización parapolicial creada por López Rega en el gobierno de Isabelita, junto al abogado Rodríguez Araya, defensor de presos políticos.
Después de estar unas semanas en alcaidía, previo decreto de puesta a disposición del poder ejecutivo me pasaron a la Cárcel de Encausados, pabellón de presos políticos.
En la hospitalaria estadía me raparon y me dieron un traje azul que era como para un tipo mucho más grande que yo, me sobraban las mangas y el saco era tremendamente holgado, mi madre me contó tiempo después que cuando me vio sonrió, pero al salir a la calle abrazo a mi padre y se puso a llorar por la imagen lamentable que tenía. Creo que la ropa que nos daban era a propósito, como una suerte de tortura psíquica.
Mi hermana por esos días había estado en el comando del tercer cuerpo de ejército y ante su afirmación de la inocencia de su hermano le mostraron un voluminoso expediente en el que estaba registrada toda mi vida desde que llegué a Rosario en febrero de 1971.
El pabellón de presos políticos como bien señala Raúl contaba con celdas individuales, una celda por detenido, por lo general separados celda por medio para evitar que nos comunicaramos entre nosotros, con un patio central que tenía una especie de quincho que abarcaba casi todo el patio.
A los presos se nos permitía una salida de la celda por día unos quince minutos, el resto nos la pasábamos en nuestras celdas con solo una ventanita por la que podíamos asomar la cabeza, el castigo por no obedecer era cerrar la ventanita y dejarnos aislados.
Cada tanto pasaban una lista para que pidiéramos libros a biblioteca. En la lista aparecían libros insólitos para una cárcel en épocas de dictadura, yo escogí “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” de Federico Engels, al cual leí completo varias veces, por lo que recuerdo estaban también “El estado y la revolución” de Lenin, y otros libros de Marx.
En cada salida, mientras caminábamos, como de querusa intercambiábamos algunas palabras con los compañeros que estaban juntos en el infortunio, además de Raúl, estaban los hermanos Michelli, Daniel y Erberto, detenidos porque en una operación rastrillo encontraron en sus casas un uniforme de la marina, un zorro gris (inspector de tránsito), cuya detención se debió a una coincidencia más que patética, llevó su jeep a reparar a un taller y el tallerista olvidó de colocarle la patente, cuando allanaron a este último por sus vínculos con la izquierda, encontraron la patente y el zorro se comió casi un año de cárcel.
Otra curiosidad era un viejito cercano a los 70 años, excelente armero, que fabricaba armas para el P.R.T. y su recientemente creado E.R.P (surgió con el copamiento de la comisaría vigésima en septiembre de 1970). El mecanismo para guardar las armas era colocarlas en un tubo de oxiacetileno al cual había cortado y roscado la parte superior. Era imposible que descubrieran donde guardaba las armas que fabricaba.
Todos los días salía a dar su caminata de quince minutos y cuando pasaba frente a una celda escupía la puerta. Luego me enteré que quién estaba en esa celda era quien había cantado su participación en la fabricación de armas y donde las guardaba.
Entre los detenidos estaban algunos personajes muy conocidos del P.R.T. como Javier Cocoz, Emilio Hall y Lionel Mc Donald quien luego fuera el último comandante de la columna del monte Ramón Rosa Giménez, que encaró la guerrilla rural en Tucumán.
Un detalle curioso era la detención de algunos jóvenes. Entre ellos estaba Freidemberg, hijo del dueño de IMIR (una especie de sanatorio/obra social privada), que fuera detenido por robar armas en diferentes armerías. Lo curioso es que constituían una bandita de jóvenes que no participaba de ninguna organización de izquierda, solo robaban cosas, entre ellas armas, junto a él detuvieron a un tal Costa, un chico Ruggiero y otro Obeid.
El tal Obeid, en un rapto de insensatez, se presentó a la jefatura y dijo que se entregaba porque era parte de una banda armada, como en la jefatura lo tomaron por un loquito y lo echaron se cruzó al Comando del III Cuerpo de ejército y allí si le creyeron, Sin ideología política, ni instrucción guerrillera, la policía atrapó rápidamente a todo el grupo, el último en caer fue Freidemberg que lo atraparon en Paraná. En los interrogatorios tratando de parar la tortura dieron el nombre de Cacho De María, un militante peronista, al llegar la policía a su casa, Cacho contaba que le encontraron un afiche del Che Guevara y que por ello lo detuvieron, al salir le dijo a la madre "voy a salir un rato con los señores, enseguida vuelvo", creo que volvió un año después.
Una nota de color es el apodo que me pusieron allí adentro, Flash Gordon, por mi permanente enfrentamiento a los guardias a los que les discutía las condiciones de encierro, no por valentía, sino por ignorancia y por la temeridad propia de un joven de veintidós años, además al salir a caminar hacía flexiones de los palos del quincho y eso motivo el mote que me puso Daniel Michelli.
La dictadura de Onganía-Levingston-Lanusse fue, en comparación con lo que vino después del 75 una dictablanda, las condiciones de reclusión no eran tan severas y con el paso de los meses se relajaron, a tal punto que, para el 25 y el 31 de diciembre se colocaron tablones y se hizo una larga mesa para festejar las fiestas con todos los presos reunidos y en la que participaron también los guardias. De uno de ellos recuerdo su presunta simpatía y su carácter gracioso, todos los días al entrar nos contaba la cantidad de polvos echados la noche anterior, tres, cuatro decía riéndose.
El dos de enero nos despertamos con que desde la superioridad habían ordenado restringir nuestras pequeñas libertades, ya no podíamos hablar de ventanita a ventanita asomando las cabezas, se cerraron las pequeñas aberturas y todo volvió como al principio. Raúl relató el entretenimiento artístico de Rubén, al que justo es agregar que fue uno de los mayores responsables del Tucumán Arde, el audiovisual que contaba la heroica lucha de los obreros de la industria del azúcar. Con el tuve oportunidad de confraternizar en profundidad al ser secretario estudiantil de la Facultad de Humanidades, siendo Decano Fernando Prieto, el que lo nombró como director de la Escuela de Bellas Artes, además del profundo respeto que le tenía por su coherencia y defensa de los derechos humanos, debo decir que era un ser excepcional, tierno y sensible y era un gusto compartir con él. En una oportunidad puse un cartel “Prohibido estacionar las bicicletas en el hall de la facultad” y fui severamente cuestionado por Rubén porque me indicó que en democracia no se podía prohibir, tuve que sacarlo y poner otro “Por favor no estacionar las bicicletas en el hall de la facultad”
Hacia fines de febrero comenzaron a liberar a algunos detenidos a disposición del Poder Ejecutivo y yo obtuve mi libertad, aunque las condiciones en la cárcel se endurecieron más (según me contaron los compañeros que quedaron) cuando el E.R.P. ajustició al General Sánchez el 10 de abril de 1972.
La dictadura se endureció, y en agosto de 1972 asesinó a mansalva a 22 presos políticos que se intentaron fugar del penal de Trelew anticipando lo que sería el genocidio posterior, los militares ya no tendrían presos políticos, sino que a partir de la interpretación de la orden de Isabelita de exterminar la subversión, implementarían un plan de terrorismo de Estado y exterminio (hoy conocido por todos) con secuestros ilegales en chupaderos (campos clandestinos de detención) en los que podían torturar y matar impunemente y cuando quisieran a los detenidos-desaparecidos.
Espero que Raúl pueda leer estas líneas y que comparta el homenaje que significan sus palabras y las mías a los compañeros que ya no están.
Hasta la próxima.
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