sábado, 22 de enero de 2011

Economía y democracia.

Podría decirse que la gran revolución francesa de 1789 fue la que abrió las puertas al capitalismo democrático.
La principal consigna de la revolución era “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, pero al interior de la amplia coalición de clases que batalló contra el “ancien régimen” habían sectores muy contradictorios, por un lado la burguesía revolucionaria encarnada por La Fayette, Sieyes, Dantón, Robespierre, Marat, Saint Just, Desmoulins, etc., para los que la libertad era la parte más importante de la consigna y por el otro los sans culottes, los ciudadanos más pobres de París liderados por Roux, Herbert, Ducroquet, Lasumur, etc., que se ubicaban en el polo de la igualdad de la consigna.
A lo largos de estos siglos la sociedad burguesa ha sostenido esta tensión entre libertad e igualdad. Mientras los más ricos, los incluidos en el sistema reclamaban por las libertades individuales (libertad de expresión, libertad de tránsito, derecho a la propiedad, libertad de comercio), los más pobres, los excluidos, lo hacían por la igualdad, por iguales condiciones de vida, por la dignidad humana que implica estudiar, comer, tener un hogar decente.
En nuestros días, en argentina, asistimos a esta tensión que se expresa en que los indigentes, los oprimidos, los que no tienen nada, ocupan espacios públicos reclamando por aquello que la constitución les otorga, una vivienda, mientras la burguesía se horroriza porque le limitan la libertad de esparcimiento en esos parques o porque un piquete de quienes reclaman trabajo o comida les limita la libertad de tránsito.
Las libertades que el sistema democrático burgués instituye no son absolutas sino que relativas y dependen del posicionamiento socio-económico e histórico de quienes pretendan ejercerlas. Veamos algunos ejemplos. Para que le sirve tener libertad de tránsito al ciudadano que no puede ni pagar un pasaje urbano de colectivos. A quien sirve la libertad de expresión en una sociedad en la que los medios de difusión están en unas pocas manos, obviamente a los poseedores de esos medios, que de esa manera ejercen el control de la opinión pública y una verdadera tiranía mediática sobre la sociedad.
Los sectores más vulnerables de la sociedad si bien necesitan indispensablemente la libertad para poder ejercer la protesta y reclamar contra las injusticias y postergaciones a las que son sometidos por la arbitrariedad del mercado, fundamentalmente necesitan de un Estado que desarrolle políticas activas de promoción social que le permitan tener derechos iguales a gozar de su existencia como pueden hacerlo aquellos que han sido favorecidos por su cuna de nacimiento.
En este punto quiero retomar un viejo artículo de Przeworski y Wallerstein[1]en el que se analiza las características funcionales de la relación con la economía de los diferentes grupos sociales. Con mucha claridad los autores desarrollan la idea sobre que lo característico de las políticas económicas de derecha es que ponen el énfasis en la libertad del mercado y que serían claramente explicitadas poco después de ser publicado el artículo de referencia por el llamado Consenso de Washington[2] que básicamente implicaba
1.                 Disciplina fiscal
2.                 Reordenamiento de las prioridades del gasto público
3.                 Reforma Impositiva
4.                 Liberalización de los tipos de interés
5.                 Un tipo de cambio competitivo
6.                 Liberalización del comercio internacional (trade liberalization)
7.                 Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas
8.                 Privatización
9.                 Desregulación
10.             Derechos de propiedad
Estos puntos indican que las políticas que fueron a partir de allí impulsadas por el Fondo Monetario Internacional ( FMI), el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio (OMC), que funcionaban como verdaderos ministerios supranacionales, se colocarán en el polo del mercado, preconizando las libertades de mercados como elemento fundamental de la regulación de la economía y tratando de desactivar el marco asistencial que implico el Welfare State instituido a partir de las políticas keinesianas y neokeinesianas.
Estas políticas conocidas como el neoliberalismo tendrán efectos catastróficos sobre las economías de los países en vías de desarrollo, y dentro de ellos sobre los sectores más vulnerables de la sociedad.
El desempleo, el crecimiento de la pobreza y la indigencia, el desmantelamiento de los servicios esenciales que prestaba el Estado en materia de comunicaciones, transporte, salud, educación, etc., fueron algunas de las calamidades de esta política.
A partir de la aplicación de políticas impositivas regresivas que restaron tributación a los más ricos sobrecargando tributariamente a los más pobres por vía de los impuestos indirectos como el I.V.A , impuesto a los débitos bancarios, etc. y con la transferencia de servicios esenciales del Estado al ámbito privado como la Seguridad Social, o el desmantelamiento de medios de transportes masivos como el ferrocarril se llegó a marcas inéditas de desocupación, pobreza e indigencia en la Argentina[3], consiguiendo finalmente al quiebre del Estado con la incautación de los dineros privados (corralito de los depósitos bancarios) la rebelión popular de los sectores mas postergados impulsados por la necesidad y el hambre y de los sectores medios por la pérdida de sus ahorros con la consecuente caída del gobierno radical y la declaración del default.
La salida de la situación crítica de nuestro país fue de la mano de políticas activas orientadas al consumo. La devaluación asimétrica permitió bajar los costos internos e incrementar la producción. El Estado pasó de tener un papel ausente en el mercado a constituirse en un regulador social que atendió las necesidad de los más desprotegidos y se hizo cargo de sus funciones vitales como la previsión social y la salud.
Pero, si se introdujeron políticas proactivas que definieron un crecimiento del producto bruto interno, disminución de la indigencia y la pobreza, menor tasa de desocupación, atención a la niñez como por ejemplo el subsidio universal por hijo, la Argentina vive todavía una situación de fragmentación social e inequidad que está muy lejos del compromiso entre democracia y capitalismo que se define en el artículo de  Przeworski y Wallerstein. Estos autores refieren que para que exista la democracia en las sociedades capitalistas modernas debió existir un compromiso de clases sociales por el cual quienes no poseen los medios de producción consideran legítima la propiedad privada que sobre mismos tiene el capital y los capitalistas aceptan las instituciones políticas que permiten a los grupos sociales subalternos reclamar respecto a la asignación de recursos y distribución del ingreso que se realiza en la sociedad[4].
Es en virtud de este compromiso histórico entre las clases contendientes en la sociedad capitalista que se hace posible el surgimiento de la democracia moderna y su posterior desarrollo.
Los partidos socialistas de accidente adoptaron programas económicos que se orientaron a mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los sectores trabajadores, algunos de ellos, como en el caso de Suecia o Francia antes de la guerra y la gran mayoría después de la misma. La intervención del Estado regulando a través de herramientas impositivas las tasas de inversión del capital permitieron morigerar la renta del mismo en la Comunidad Económica Europea y países como Alemania, Francia, Suecia, Dinamarca, etc. Entraron en un período de crecimiento, que aunque tuvo crisis en los últimos 60 años ha permitido a los sectores trabajadores alcanzar estándares de vida muy interesantes.
El uso de la carga impositiva, a diferencia de lo que plantea el neo liberalismo económico que pivotea en la menor carga impositiva a los sectores más concentrados de la economía, se orienta a que quien más gana más pague, con alícuotas diferenciales a quienes más ganan[5].
Si estas herramientas se combinan con premios que impliquen desgravaciones impositivas a la inversión productiva, el Estado puede planificar programas de desarrollo productivo a largo alcance regulando la renta que obtienen las empresas capitalistas pero a la vez garantizándoles un mercado de consumo más extenso por la inclusión de los trabajadores con mayor capacidad de compra[6].
Los trabajadores y aquellos que se definen como intelectuales orgánicos de los mismos, que comparten el sueño de una sociedad más justa, solidaria y autónoma también tienen que poner en revisión sus presupuestos de acción. No se trata de un sacrificio vano en pos de la quimera de una sociedad distinta que será construida por nuestra generación. Los cambios sociales son muy lentos y ameritan mucho más que una generación para concretarse, como hemos dicho en otra parte, el capitalismo se fue construyendo a lo largo de más de diez siglos y no fue un iluminado el líder del cambio, ni un partido ni, ni una coalición de gobierno, fueron millones y millones de seres anónimos (empresarios, maestros de gremios, comerciantes, aprendices, trabajadores, campesinos, intelectuales, políticos, etc.) que a lo largo de ese tiempo aportaron cada uno su granito para transformar la sociedad feudal que estallaría en junio de 1789.
Hoy ya no es posible pensar en términos de pleno empleo, estas consignas son ineficaces porque el desempleo es una condición del desarrollo capitalista. Las empresas más débiles, mas obsoletas, en las que el capital no invierte o que su expertis se remite a tecnologías en desuso en el sociedad, tienen como destino la desaparición y sus trabajadores el desempleo, o en la competencia de mercado las organizaciones que tienen estrategias de penetración más inteligentes y eficaces que otras tienden a eliminar a las menos eficaces. Los trabajadores no pueden sostener tercamente la existencias de empresas que con su inviabilidad tienden a perjudicar la producción en su conjunto, sino véase el caso de la Ex Unión Soviética, donde una de las causas de su caída del régimen político residió en la obsolescencia e ineficiencia de muchas de sus empresas. Como sostienen Przeworski A y Wallerstein M en el capitalismo tardío además de no ser funcional luchar por el pleno empleo por los argumentos que anteceden y por ser una quimera irrealizable en el marco del mismo, es una contradicción, ya que si se considera al empelo como una esclavitud asalariada, no se lucharía por la esclavitud asalariada de todos los trabajadores.
De lo que se trata de de aportar al desarrollo de un Estado eficiente que profundice el desarrollo productivo y la re distribución de la riqueza por diferentes medios, un Estado con posibilidades de otorgar a todos sus ciudadanos un seguro de existencia económica básica para él y su familia durante el tiempo que esté desempleado, y que le brinde las herramientas formativas necesarias para que pueda desarrollar un nuevo expertis o profundizar el que tiene a fin de reinsertarse favorablemente en el mercado de trabajo.
Se trata de lograr que haya más trabajo pero de calidad, con menos horas en la empresa y con más horas para disfrutar, porque la consigna debe ser “trabajar para vivir antes que vivir para trabajar”.
Trabajo decente no solo implica ganar lo suficiente para nuestro sustento, sino que la sociedad otorgue a todos sus miembros tiempo libre y herramientas culturales e intelectuales para pensar nuestra existencia y a la sociedad misma, para poder tener un pensamiento autónomo antes que el pensamiento heterónomo y colonizado con el que los mass medias nos embrutecen día a día.
Hasta la próxima.



[1] Przeworski A y Wallerstein M (1989) El capitalismo democrático en la encrucijada. Punto de vista Nº 34. Año 12 Julio/septiembre. Bs. As.
[2] El Consenso de Washington fue formulado originalmente en un documento de trabajo presentado por John Williamson en noviembre de 1989 ("What Washington Means by Policy Reform") ante una conferencia organizada por el Institute for International Economics muy poco después del artículo de Przeworski A y Wallerstein M
[3] 23% de desocupación abierta, que paso el 40 % de población con problemas de empleo si se considera la sub ocupación y con cerca de la mitad de la población por debajod e la línea de pobreza y un cuarto por debajo de la indigencia entre fines de la década del 90 y comienzos de la primera década del milenio..
[4] Przeworski A y Wallerstein M (1989) El capitalismo democrático en la encrucijada. Punto de vista Nº 34. Año 12 Julio/septiembre. Bs. As.
[5] Por ejemplo si alguien gana 5000 Euros tendrá una alícuota del, digamos 10% pero si otra persona gana 100000 Euros su alícuota no será del 10% sino, digamos, del 20% y se incrementará cuanto mayor sean las ganancias del contribuyente.
[6] Sabido es que los trabajadores tienen baja capacidad de ahorro y que invierten casi todo lo que ganan en el consumo diario.

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