Estamos inmersos en una crisis generalizada del capitalismo mundial. Es tal vez la crisis más importante de los últimos 70 años.
El capitalismo pudo salir de la crisis del 30 mediante una combinación de recetas keynesianas y con la confrontación bélica que destruyó millones de vidas humanas y gran parte del aparato productivo de los países beligerantes.
En lo que va de 1945 a 2007 aun con las periódicas crisis sistémicas el capitalismo pudo tener índices de crecimientos importantes.
Esto se debió a que, en general, las crisis de los países más desarrollados se pagaron con el esfuerzo y sacrificio de las naciones más pobres del mundo. En este sentido se replicó a escala global lo que ocurre al interior de cada uno de los países capitalistas, las crisis afectan con mayor intensidad a los sectores más vulnerables, y son estos lo que deben sacrificar condiciones de vida para solventar el despilfarro de los capitalistas.
Ninguno de los economistas que aparecen en la pantalla, haciendo gala de un “supuesto saber económico”, desliza siquiera demagógicamente, la necesidad de estabilizar las economías con mayores esfuerzos de los capitalistas.
En todos los países del mundo, desde 2007 se le exigen esfuerzos cada vez más ingentes a los sectores de los niveles más bajos de la pirámide social, pero no se les pide ningún aporte a quienes son responsables de la situación de la economía mundial, a saber, los banqueros, los accionistas y directores de los grandes conglomerados empresariales.
Por el contrario, el Estado en los grandes países capitalistas, lo primero que hizo fue socorrer a los grandes bancos, que eran precisamente los responsables de la gestión financiera que llevó a la economía mundial a la situación en que se encuentra.
El capitalismo como sistema, desde que se consolidó en los siglos XVII y XVII ha mostrado dos características, por un lado una gran flexibilidad que le ha permitido adaptarse a las situaciones cambiantes de la sociedad, y por el otro se ha manifestado como un sistema de crisis periódicas en las que se destruyen grandes cantidades de medios de producción (ya sea por destrucción directa mediante guerras, o por destrucción indirecta por quiebras u obsolescencia de las empresas.
Marx afirmaba que el capitalismo a la vez que diariamente destruye en el mundo miles de empresas, crea nuevas oportunidades de negocios para otras miles. Permanentemente pequeñas y medianas empresas deben cerrar sus puertas porque no logran adaptarse los vertiginosos cambios del mercado mundial.
Sin embargo son las pequeñas y medianas empresas las que se constituyen en el capitalismo actual en el motor de desarrollo y sobrevivencia del sistema capitalista.
Estas empresas son las que ocupan la mayor franja de trabajadores que se encuentran en el mercado laboral, a pesar de la llamada globalización, su supervivencia está relacionada con las condiciones del mercado local, su mayor capital es el capital social, el que se diferencia del capital en sentido genérico, porque constituye una forma de capital que se basa en el aprovechamiento de las ventajas competitivas que tienen estas empresas por su emplazamiento territorial, por los vínculos que establecen con los actores de la comunidad de la que son tributarias, y por la fuerte flexibilidad que tienen al poseer estructuras de producción relativamente simples.
Las pequeñas y medianas empresas (PYMES) no requieren para su funcionamiento de las pesadas estructuras burocráticas que deben organizar las grandes empresas internacionales (Autopartistas, entidades financieras, grandes monopolios productivos, entidades de servicios globales, etc)
Las organizaciones como Adidas, Nike, Ford, General Motors, Bank of América, City Corp., etc., requieren de verdaderos ejércitos de colaboradores para afrontar la operatoria a nivel global, ellas diseñan estrategias de negocios generales que aplican localmente sus respectivas filiales, mientras que en una PYMES la estructura administrativa es muy sencilla, en general en manos de un empresario, que se ayuda de su familia o de algunos colaboradores técnicos.
Mientras que las grandes empresas transnacionales no dependen de los mercados internos y basan su expertis organizacional en sistemas de administración y logística que se diseñan en sus casas centrales y se aplican rigurosamente en los países en las que han penetrado, las PYMES, son extremadamente dependientes de los mercados internos y las normas de protección con que los diferentes Estados pretenden regular los mercados nacionales.
En Argentina, según datos del Ministerio de Industria, hay 603.000 PYMES que constituyen el 99% de las empresas existentes, ocupando el 60% de la mano de obra, tienen el 45% de las ventas realizadas, y solo en la última década fueron creadas 229.000 empresas.
La contrapartida es que estas empresas poseen un grado de mortalidad muy alto, según muestra un estudio de Rafael Regalado Hernández, de cada 100 empresas creadas 90 no llegan a los 2 años y se les dificulta la retención del capital intelectual que capturan para que colaboren con ellas.
Cuando un gobierno impulsa políticas basadas en el desarrollo del consumo, la expansión del crédito, programas de ocupabilidad de la mano de obra, políticas de sustitución de importaciones se constituye en un fuerte promotor de este sector empresarial.
En el capitalismo actual es falso que los Estados nacionales no tengan importancia en el desarrollo de la economía, por el contrario quienes se hacen cargo del Estado por un determinado período son los encargados de diseñar el modelo de acumulación económica que pretenden los integrantes de una determinada comunidad de ciudamos.
Cuidar y promover el mercado interno constituye una de las políticas de Estado más importantes para el desarrollo de relaciones más equitativas en una sociedad capitalista.
Las grandes empresas transnacionales no están interesadas en el crecimiento humano en las distintas sociedades, mientras que a las PYMES si les interesa el crecimiento del mercado interno porque allí se encuentran sus oportunidades de negocios. Cuanta menos desigualdad exista en una sociedad, mayores serán las posibilidades de desarrollar sus planes de expansión.
Existe una manera de medir la desigualdad, es el coeficiente de Gini, un economista italiano que elaboró una medida de la desigualdad, si este coeficiente se acerca a 0 habrá mucha igualdad y si se aproxima a 1 habrá mucha desigualdad. El coeficiente es más cercano a 0 en los países más desarrollados o con políticas de desarrollo del mercado interno como Canadá, Australia, Países Bajos, Alemania, Francia, etc.
Argentina pasee un coeficiente que oscila entre el 0,35 y o,39, lo que le permite estar en el lote de países con un nivel aceptable de igualdad, y esto se ha debido a las políticas de los últimos doce años orientadas a desarrollar el mercado interno, mediante la incentivación del consumo y las políticas de protección de las PYMES.
Quienes se oponen a esta estrategia de desarrollo son los representantes de las grandes corporaciones transnacionales, de los grandes conglomerados como el Grupo Clarín, los sectores más concentrados del capital financiero, o las grandes empresas transnacionales como Ford, General Motors, Nike, etc., precisamente quienes buscan oportunidades de negocios basados en los menores costes de la mano de obra, son los mismos que invierten en paraísos asiáticos en los que sobre-explotan a los trabajadores con salarios que en no pocas oportunidades son levemente superiores al dólar diario. Por supuesto que para lograr hacer negocios estos actores de la producción necesitan requieren de complejas operaciones de prensa, intelectuales a su servicio, políticos corruptos, etc.
En el próximo año en Argentina estaremos dirimiendo la pugna entre estos sectores, cuyas representaciones políticas son los Masa, los Macri, los Cobos, los Sanz, los Carrió, etc., que son los políticos al servicio de las recetas neoliberales que en los noventa saquearon el estado argentino y nos sumieron en el mayor default de nuestra historia. Son los adalides del ajuste que caerá pesadamente sobre los trabajadores argentinos para continuar garantizando la rentabilidad de los sectores más concentrados de la industria, el campo y las financieras de nuestro país.
Mucho es lo que falta para lograr que nuestro país sea un espacio de igualdad y crecimiento humano, es necesario que se forje una fuerza política auténticamente representativa del proyecto igualitario y solidario al que debemos aspirar, mientras tanto tenemos como socios privilegiados de esa construcción a quienes desde los albores del tercer mileño han demostrado tener una estrategia de crecimiento económico y humano que tiene como punto de partida la necesidad de reivindicar a los más humildes.
Recuérdelo a la hora de votar. Hasta el próximo año.
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