Mucho se debate en estos días alrededor de una palabra muy significativa en la historia humana: el proyecto.
Para cualquier actividad los seres humanos, antes de llevarla a cabo, realizamos un proyecto. Cuando planeamos nuestras vacaciones hacemos un proyecto que contiene una búsqueda de datos respecto a lugares posibles, costos, disponibilidades o comodidades, etc., luego organizamos esos datos para darle coherencia a la información, comparamos las distintas posibilidades y tomamos decisiones. Vacacionar es la puesta en acto de un proyecto que alguno o todos los miembros de un grupo realizan. Más aún a la vuelta de las vacaciones realizamos una evaluación de nuestras peripecias que supone analizar el cumplimiento del proyecto y los logros que el mismo posibilitó. Cuando vayamos al año siguiente a pensar nuestras vacaciones tendremos en cuenta nuestras experiencias anteriores y esos logros o fracasos tendrán peso en la elaboración de un nuevo proyecto.
Así como tomamos las vacaciones podríamos tomar distintos aspectos de nuestra vida familiar o social y efectuar el mismo análisis.
En docencia, en investigación, en la vida profesional, aparece el proyecto, más aún, hubo un gran pensador existencialista que decía que la vida es un proyecto hacia la muerte, los seres humanos hacemos de nuestra vida un proyecto cuyo límite es tan solo la finitud de la existencia.
Pero si existe un campo en el que el proyecto asume una particularidad importante es en el campo de la política. Todas las organizaciones tienen proyecto, mas aun organizar es proyectar, pero en esa gran organización que es una sociedad, es imprescindible la formulación de un proyecto.
Y en este punto aparece una serie de interrogantes de importancia. ¿Cuál o cuáles son los proyectos que existen en una sociedad?, ¿en que consiste o que es un proyecto de sociedad o país?, ¿Quién o quiénes son los que construyen un proyecto de sociedad?
Trataré de responder estas preguntas ordenadamente. Con respecto a la primer pregunta, en los años setenta la respuesta era obvia, se consideraba que existían dos proyectos de sociedad: el proyecto capitalista (con sus matices capitalismo desarrollado, semicolonial, neocolonial o colonial) y el proyecto socialista que se había plasmado en la sociedad soviética de 1917 a partir de la revolución bolchevique encabezada por Lenin y que luego aparecería en china en 1949 al final de la larga marcha de Mao Tse Tung, en Indochina entre 1954 y 1973 en lo que va de los franceses en Dien Bien Phu por el General Vo Nguyen Giap, al tratado de paz entre Viet Nam y EE.UU., en Cuba en 1959 con el régimen castrista y en una cantidad de caricaturas socialistas en África (Somalia, Etiopía, Angola, Mozambique).
El proyecto socialista fue de fracaso en fracaso, derivando lentamente a un capitalismo monopolista de estado de corte autoritario, con el cercenamiento de las libertades democráticas y con una alta ineficiencia de la economía, colapsando el 9 de noviembre de 1989 con la caída del Muro de Berlín y el sinceramiento de estas economías como capitalistas con una alta asimetría social.
En cuanto al proyecto capitalista no existe uno solo. Albert[1] analiza diversos modelos capitalistas pero centralmente ubicamos dos el modelo americano y el modelo renano.
Podemos establecer diferentes proyectos dentro de estos modelos (no es lo mismo el desarrollo alemán, que el sueco o el dinamarqués) pero se rescatan algunas diferencias importantes. El modelo americano implica una alta desigualdad social, una confianza plena en las fuerzas del mercado y una significativa consideración del individualismo lo que supone una explotación extensiva de la mano de obra, y un menor riesgo de desocupación, con un menor grado de eficiencia del trabajo. El modelo Renano y por extensión el capitalismo Europeo se desarrolló en sociedades más inclusivas que la americana, con un menor grado de desigualdad social, mayor respeto al Welfare State, que supone la existencia de mayores redes de contención social a los sectores más vulnerables de la sociedad. Implicó un mayor grado de incorporación tecnológica a la producción, la abolición de sistemas onerosos para la salud como por ejemplo el taylorismo, mayor productividad del trabajo pero con mayores riesgos de incremento de la desocupación.
Ambos sistemas de acumulación capitalista tienen sus panegíricos que ponen en evidencia las ventajas competitivas de las diferentes economías basadas en uno u otro sistema.
En el plano de las teorías económicas vemos que Europa ha sido más fiel al keynesianismo o neo keynesianismo que aporta la idea de la necesidad de una intervención directiva del Estado sobre la vida económica y social, mientras que el modelo americano ha sido colonizado por el pensamiento económico neoliberal que minimiza la acción reguladora del Estado y confía en la total regulación de las fuerzas del mercado.
Argentina y en general la América del sur ha tenido una tendencia a la vacilación en lo referente al modelo de proyecto de desarrollo que quiere implementar.
En los noventa nuestro país profundizó la tendencia iniciada con el rodrigazo en 1975 implementando un modelo de capitalismo salvaje, basado en el mercado y en el que grandes segmentos de la población excluidos de los mercados de trabajo eran condenados a la más profunda de las miserias.
La famosa teoría del derrame por la cual, cuando rebalsara la copa de la acumulación capitalista generada por la liberación de la vida económica, toda la población gozaría de las bonanza de una economía en crecimiento, nunca se cumplió y en 2001 estallo un sistema que había venido acumulando tensiones en su base y que mostraba números tremendos de un 40% de la población con problemas de empleo, un 75 % de pobreza y un 23 % de indigencia.
A partir del 2003 asumen el control del Estado los representantes de una burguesía industrial ligada al mercado interno que sostiene a un grupo concentrado de empresas prebendarías ligadas a las dádivas del aparato burocrático del Estado. Pero por esta ligazón con el mercado interno y por la necesidad de reflotar la competitividad de la economía argentina este sector lleva adelante un proyecto que se orienta a atender las necesidades de los sectores que se encontraban en mayor estado de vulnerabilidad, complementando sus políticas económicas con acciones orientadas a relegitimar las superestructura del Estado, fundamentalmente la justicia, tan vapuleada por el menemismo[2].
No son pocas las medidas que implementaron los Kirschner en estos años y que se orientaron a mejorar el nivel de vida de muchos sectores de la población excluidos por el menemismo. No haremos mención de estas acciones porque ya las desarrollamos en otros artículos de este blog.
Lo que si queremos señalar, como lo hiciera en un reportaje el dirigente de Autonomía y Libertad, Luis Zamora, que las medidas que se tomaron en los últimos 7 años se orientaron muchas de ellas en un sentido progresivo, beneficiando a grandes sectores de la población y facilitaron que muchos argentinos pudieran reprocesar la interpretación del mundo que día a día construían los grandes grupos monopólicos comunicacionales. El sepelio de Kirschner es una muestra de una nueva mentalidad reflexiva de grandes sectores de la población, especialmente los jóvenes, que vuelven a confiar en la política como herramienta de transformación y a pensar que la pobreza no es una cuestión natural, que la desigualdad no es un camino obligado, que es posible tener una vida digna en el marco de la dignificación social.
Es entonces que, volviendo a las preguntas iniciales, al interrogante ¿Quién o quiénes son los que construyen un proyecto de sociedad?, recuperando al viejo maestro Castoriadis podemos decir que el mismo no saldrá de una mente lúcida o de un conjunto de iluminados reunidos en un partido revolucionario, sino que el proyecto social es un resultado de la acción colectiva y autónoma de todos los actores sociales. Y no solo de los actores sociales contemporáneos, sino que un proyecto social eficiente en términos de desarrollo humano sustentable es un proyecto continuo que se construye por la acción solidaria y cooperativa de muchas generaciones que en el día a día van arrimando cada uno de ellos una piedra para cimentar ese utópico edificio social que hoy ni siquiera podemos imaginar.
Hasta la próxima
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